ARTICULOS DE LA SAGRADA BIBLIA Y LA VIDA CRISTIANA

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giovedì 5 marzo 2009

Reflexionar sobre nuestra propia vida

Reflexionar sobre nuestra propia vida

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Cipriano Sánchez LC



El tiempo de cuaresma, de una forma especial, nos urge a reflexionar sobre nuestra vida. Nos exige que cada uno de nosotros llegue al centro de sí mismo y se ponga a ver cuál es le recorrido de la propia vida. Porque cuando vemos la vida de otras gentes que caminan a nuestro lado, gente como nosotros, con defectos, debilidades, necesitadas, y en las que la gracia del Señor va dando plenitud a su existencia, la va fecundando, va haciendo de cada minuto de su vida un momento de fecundidad espiritual, deberíamos cuestionarnos muy seriamente sobre el modo en que debe realizarse en nosotros la acción de Dios. Es Dios quien realiza en nosotros el camino de transformación y de crecimiento; es Dios quien hace eficaz en nosotros la gracia.

La acción de Dios se realiza según la imagen del profeta Isaías: así como la lluvia y a la nieve bajan al cielo, empapan la tierra y después da haber hacho fecunda la tierra para poder sembrar suben otra vez al cielo.

La acción de Dios en al Cuaresma, de una forma muy particular, baja sobre todos los hombres para darnos a todos y a cada uno una muy especial ayuda de cara a la fecundidad personal.

La semilla que se siembra y el pan que se come, realmente es nuestro trabajo, lo que nosotros nos toca poner, pero necesita de la gracia de Dios. Esto es una verdad que no tenemos que olvidar: es Dios quien hace eficaz la semilla, de nada serviría la semilla o la tierra si no fuesen fecundadas, empapadas por la gracia de Dios.

Nosotros tenemos que llegar a entender esto y a no mirar tanto las semillas que nosotros tenemos, cuanto la gracia, la lluvia que las fecunda. No tenemos que mirar las semillas que tenemos en las manos, sino la fecundidad que viene de Dios Nuestro Señor. Es una ley fundamental de la Cuaresma el aprender a recibir en nuestro corazón la gracia de Dios, el esfuerzo que Dios está haciendo con cada uno de nosotros.

Jesucristo, en el Evangelio también nos da otro dinamismo muy importante de la Cuaresma, que es la respuesta de cada uno de nosotros a la gracia de Dios. No basta la acción de la gracia, porque la acción de la gracia no sustituye nuestra libertad, no sustituye el esfuerzo que tiene que brotar de uno mismo. Cristo nos pone guardia sobre la autosuficiencia, pero también sobre la pasividad. Nos dice que tenemos que aprender a vivir la recepción de la gracia en nosotros, sin autosuficiencia y pasividad.

Contra la autosuficiencia nos dice el Señor en el Evangelio: “No oréis como oran los paganos que piensan que con mucho hablar van a ser escuchados”. Jesús nos dice: “tienen que permitir que su corazón se abra, que tu corazón sea el que habla a Dios Nuestro Señor. Porque Él, antes de que pidas algo, ya sabe que es lo que necesitas”. Pero al mismo tiempo hay que cuidar la pasividad. A nosotros nos toca actuar, hacer las cosas, nos toca llevar las situaciones tal y como Dios nos lo va pidiendo. Esto es, quizá, un esfuerzo muy difícil, muy serio, pero nosotros tenemos que actuar a imitación de Dios Nuestro Señor. De Nuestro Padre que está en el Cielo. Este camino supone para todos nosotros la capacidad de ir trabajando apoyados en la oración.

Escuchábamos el Salmo que nos habla de dos tipos de personas: “ Los ojos del Señor cuidan al justo y a su clamor están atentos a sus oídos; contra el malvado, en cambio esta el Señor, para borrar de la tierra su recuerdo”. Si nosotros aprendiéramos a ver así todo el trabajo espiritual, del cual la Cuaresma es un momento muy privilegiado. Si aprendiéramos a ver todo esto como un trabajo que Dios va realizando en el alma y que al mismo tiempo va produciendo en nuestro interior un dinamismo de transformación, de confianza, de escucha de Dios, de camino de vida; un dinamismo de acercamiento a los demás, de perdón, de apertura del corazón. Si esto lo tuviésemos claro, también nosotros estaríamos realizando lo que dice el Salmo: “el Señor libra al justo de sus angustias”.

¿Cuántas veces la angustia que hay en el alma, proviene, por encima de todo, de que nosotros queremos ser quien realiza las cosas, las situaciones y nos olvidamos de que no somos nosotros, sino Dios? ¿Pero cuántas veces también, la angustia viene al alma porque queremos dejarle todo a Dios, cuando a nosotros nos toca poner mucho de nuestra parte? Incluso, cuando a nosotros nos toca poner algo que nos arriesga, que nos compromete; algo que nos hace decir: ¿será así o no será así?, y sin embargo yo sé que tengo que hacerlo. Es la semilla que hay que sembrar.

Cuando el sembrador, tiene una semilla y la pone en el campo, no sabe qué va a pasar con ella. Se fía de la lluvia y de la nieve que le va a hacer fecundar. ¿Cuántas veces a nosotros nos podría pasar que tenemos la semilla pero preferimos no enterrarla, preferimos no fiarnos de la lluvia, porque si falla, qué hacemos?

Sin embargo Dios vuelve a repetir: “ El Señor libra al justo de todas sus angustias” ¿Cuáles son las angustias? ¿De autosuficiencia? ¿De pasividad? ¿De miedo? Aprendamos en esta Cuaresma permitir que el Señor llegue a nuestro corazón y encuentre en él una tierra que es capaz de apoyarse plenamente en Dios, pero al mismo tiempo, capaz de arriesgarse por Dios Nuestro Señor.



Preguntas o comentarios al autor P. Cipriano Sánchez LC


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Conoce más acerca de la Cuaresma para vivirla mejor.









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Catholic.net

lunedì 23 febbraio 2009

La soledad compañera de la vida


La soledad compañera de la vida

Fuente: Catholic.net
Autor: Ma Esther De Ariño



La soledad es un sentimiento que nos llena el alma de un silencio frío y oscuro si no la sabemos encauzar. Hay rostros surcados de arrugas, de piel marchita, de labios sin frescura, de ojos empequeñecidos, turbios y apagados que nos hablan por si solos de la soledad. Si sus voces nos llegaran nos dirían de su cansancio, de su miedo, pero sobre todo de su soledad....

Pero no hace falta que seamos ancianos para que en la vida nos acompañe la soledad.

La soledad del sacerdote, aún los más jóvenes, con sus votos de obediencia, pobreza y castidad, pero a veces es más dura la soledad de su propio corazón, que aunque ayudado por la Gracia de Dios no deja de ser humano. Tienen que consolar a los seres que llegan hasta ellos con sus penas, con sus problemas pero su corazón no puede aferrarse a ninguna criatura de la tierra y a veces se sienten solos, muy solos, tan solo acompañados de una gran soledad

La soledad en la adolescencia, duele profundamente por nueva, por incomprensible...Los padres se están divorciando, se quiere a los dos, se necesita a los dos, pero para ellos parece que no existe ese ser que no acaba de comprender y que está muy solo. Ellos tienen sus pleitos, su mal humor. La mamá siempre llorando, el papá alzando la voz... para él nada... tal vez sientan hasta que haya nacido. Si se divorcian será un problema ¿Qué será de él?¡Qué gran soledad, qué amarga soledad!

Las monjas misioneras, los misioneros, lejos de sus seres queridos y en tierras extrañas.

Y la soledad en algunos matrimonios, esa soledad que ahoga, que asfixia...que como dice el poeta: "es más grande la soledad de dos en compañía". El hombre de grandes negocios, empresario importante, magnate en la sociedad que parece que lo tiene todo pero que en el fondo vive una gran soledad.

La soledad de las grandes luminarias siempre rodeadas de personas y siempre solas... Las esposas de los pilotos, de los marinos, de los médicos, saben de una gran soledad y ellos a su vez, en medio del cumplimiento del deber, también están solos. La soledad de las personas que han perdido al compañero o compañera de su vida, ese quedarse como partido en dos porque falta la otra mitad, ese no saber cómo vivir esas horas, ahora tan vacías, tan tristes, tan solas...

Si no convertimos esa soledad en compañía para otros seres quizá, más solos aún que nosotros mismos, si no llenamos ese vacío y esas horas con el fuego de nuestro amor para los que nos rodean y nos necesitan, esa soledad acabará por aniquilarnos, ahogándonos en el pozo de las más profunda depresión.

En realidad todos los seres humanos estamos solos. La soledad está en nuestras vidas pero hay que saber amarla. Si le tenemos miedo, si no la amamos y no aprendemos a vivir con ella, ella nos destruirá. Si le sabemos dar su verdadero sentido, ella nos enriquecerá y será la compañera perfecta para nuestro espíritu. Con ella podremos entrar en nuestra alma, con ella podremos hablar con nuestros más íntimos sentimientos.

Ella nos ayudará, ella, la soledad bien amada y deseada a veces, nos llevará al encuentro de nuestra propia identidad y luego al mejor conocimiento de Dios, que llenará nuestras vidas porque El es todo amor.





Preguntas o comentarios al autor Ma. Esther de Ariño









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Una hostia con Cristo. Esto es la vida del cristiano

61. Una hostia con Cristo. Esto es la vida del cristiano

Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misionero Claretiano


El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente.

En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano.


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Antes de acudir a San Pablo, hoy vamos a llegarnos al Antiguo Testamento para ver lo que era el culto de los judíos, y que el mismo Pablo, judío tan riguroso, había practicado con fidelidad edificante.

El culto judío se fundamentaba, ante todo, en los sacrificios, los cuales, según la Biblia, eran innumerables. Lo prescribía el mismo Dios, que había ordenado por Moisés: “Nadie se presentará delante de mí con las manos vacías” (Ex 23,15)

Obedecía esta ley a la costumbre social de los pueblos orientales. El inferior lo hacía con el superior para demostrarle su reconocimiento: el pobre con el rico, el inferior con el superior, el ciudadano con el rey. Mostraban con ello respeto y sumisión, a la vez que lo empleaban para conseguir favores.

Pues bien, los sacrificios en Israel eran múltiples y continuos: para alabar a Dios, para darle gracias, para implorar su perdón, para pedirle favores. Se le podían ofrecer a Dios objetos de oro y plata, otros bienes materiales, y más comúnmente los frutos del campo. Pero se le ofrecían sobre todo animales domésticos en cantidades ingentes.

Dios aceptaba el sacrificio complacido, según esas expresiones bíblicas: “como perfume agradable”, “en olor de suavidad” y otras semejantes.

Ahora bien, llegó un momento en el que los sacrificios desaparecieron. ¿Cuándo?...

Para Israel, cuando fue destruido definitivamente el Templo de Jerusalén con su altar, y se extinguió además el sacerdocio levítico.

Para los cristianos, antes todavía. Cuando Jesucristo se ofreció Él mismo en sacrificio sobre el altar de la cruz, de una vez para siempre, y acabó con todos los sacrificios de la Antigua Alianza.

Jesucristo dejó únicamente para su Iglesia el único sacrificio del Calvario renovado, actualizado, hecho presente en la Eucaristía, la cual es el mismo e idéntico sacrificio de la Última Cena y de la Cruz.

¿A qué viene todo esto, que parece una lección de Biblia? Sólo a comentar una palabra de San Pablo. Desaparecieron los sacrificios del pueblo judío.

Pero no desapareció lo que es el UNICO sacrificio de la Iglesia: la Eucaristía, el mismo sacrificio de Jesús en el Calvario, al cual se añade, mejor dicho, con el cual se ofrece el sacrificio de cada cristiano que se entrega a Dios junto con Jesucristo.

A Dios le agradaban los sacrificios de Israel, ofrecidos con piedad, como dice el salmo:
“Tus sacrificios los tengo siempre delante de mis ojos” (Sal 48,8)

Pero esos sacrificios no iban a durar para siempre, como dijo el profeta cuando empezó a degradarse el culto:

“No me gusta ni me agrada la oblación que me traen. De levante hasta poniente es gran-de mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrecerán a mi Nombre sacrificios y oblaciones puras, pues santo es mi Nombre entre las naciones, dice Yahvé Dios de los ejércitos” (Ml 1,10-11)


Pablo tenía muy presente el sacrificio de Jesús en la Cruz y su renovación en la Eucarist-ía, y viene ahora con una palabra preciosa para todo cristiano:

“Les exhorto a que se ofrezcan ustedes mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; tal será su culto espiritual” (Ro 12,1)

Pero al decir Pablo “ofrézcanse ustedes mismos”, ¿a qué se refiere? A todos los actos de la vida, que quedan convertidos en “buenos, agradables, perfectos”.

Unido al sacrificio de Jesucristo, renovado en el altar, el cristiano tiene conciencia de que lo suyo es del mismo Jesucristo, que forma una sola oblación, y que es, por lo mismo, ese “sacrificio espiritual agradable a Dios” de que habla San Pablo.

San Pablo parece que alude a esto cuando escribe a los de Corinto aquellas palabras refe-ridas a la vida de cada día: “Echen fuera la levadura vieja, el fermento de todo pecado. Sean masa nueva, panes ázimos, completamente puros” (1Co 5,7)

¿Para qué pensar en otros sacrificios? El de la propia persona es el que interesa.
Aquellos sacrificios antiguos de la Biblia en tanto eran agradables a Dios en cuanto eran de animales puros, es decir, sin defectos que los hicieran poco presentables. A nadie se le ocurría ir al altar con un cordero cojo o un becerro con el cuerno roto. El sacerdote de la Ley lo hubiera rechazado sin más y lo hubiera tomado como una inju-ria a Dios.

Por eso Pablo, al hablar de la vida cristiana como sacrificio espiritual y agradable a Dios, lo primero que exige es una conducta sin tacha:

“Miren su vida anterior, y quiten de ella todo lo que signifique hombre viejo, que se co-rrompe con las malas pasiones…

“Que desaparezca de ustedes toda amargura, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad, impureza y codicia, que ni deben mencionarse entre ustedes”…

Y pide, por el contrario, el pan ázimo de una vida intachable:

“Al revés, revístanse del Hombre Nuevo, hecho de justicia y santidad, siendo amables con todos, compasivos, generosos…
“Y vivan como Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros como hostia y víctima de suave aroma” (Ef 4, 22-23, 31-32; 5,2-3)

Esto es para Pablo ser una hostia con Cristo.Ninguna maldad que empañe la jornada. Toda obra buena en el proceder de cada día.

¿En qué se convierte la vida entonces? ¿En triste?... Solamente un desaprensivo podría decirlo.
El Espíritu Santo, que ha santificado esa hostia del cristiano -igual que santifica el pan y el vino que se ponen en el altar-, hace que la vida sea amor, alegría, paz… (Gal 5,22)

En todo sacrificio había una víctima que quedaba destrozada. Pero, quemada sobre el altar, se convertía en aroma suave, que llegaba a hacer las delicias de todo un Dios… Como las hace el cristiano y la cristiana cuando con Jesucristo se consumen en el Altar…



Puedes encontrar todas las reflexiones anteriores de San Pablo en esta dirección.
Y en www.evangelicemos.net


Preguntas o comentarios al autor P. Pedro García Cmf






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Catholic.net

martedì 6 gennaio 2009

La estrella de nuestra vida es Dios, si lo buscamos, nuestra vida siempre estará iluminada.












Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
Sigue la estrella que brilla para ti
La estrella de nuestra vida es Dios, si lo buscamos, nuestra vida siempre estará iluminada.



Todos hemos oído contar la leyenda del joven escalador, que aquel fin de semana se echó la mochila a la espalda y se fue a caminar, a caminar lejos... Sube a las alturas y descubre horizontes cada vez más vastos, más lejanos, y también más encantadores y maravillosos. ¡Adelante, adelante!, se dice a sí mismo. Llega ya el anochecer, y se encuentra en la cima de una montaña altísima. A sus pies, un abismo inmenso que le detenía los pasos.

¡Bueno! Me quedaré aquí. En esta altura pasaré la noche, y mañana veremos.
Desenrolla su tienda de campaña, y a dormir. De repente, al querer despedirse de las estrellas que van a velar su sueño, contempla en la lejanía una estrella de singular belleza. Nunca había visto una estrella semejante. Le pareció que había explotado una estrella novísima, y se dijo:
¡Esa estrella será mía! ¡Yo no me la pierdo! Voy a clavar allí mis pies, mejor que una bandera, y esa estrella no me la quita nadie. ¡Esa estrella será mía, será mía!...

Pero no podía esperar al día siguiente. El camino de una estrella sólo se puede seguir de noche. Y antes había contemplado el abismo inmenso que tenía a sus pies. ¿Quién lo podía saltar? Era un imposible. ¿Qué camino seguir para vadearlo? No se veía ninguno. Y la estrella seguía allí en el horizonte, donde se juntan casi el cielo y la tierra, llamándole como un desafío:
¡Ven! ¡Acércate hacia aquí! Y después, sube, sube...

Ante el imposible, el muchacho empieza a llorar calladito, como si se avergonzara de sus lágrimas. Cuando, de repente, ve a su lado un niño luminoso, que le pregunta:
¿Por qué lloras?

Porque quiero llegar hasta aquella estrella y no puedo, no puedo pasar este abismo y acercarme allí.

¡Si es muy fácil cruzar este abismo! Si quieres, te llevo yo.

¿Tú? ¿Tú, un niño tan pequeño, me llevas hasta aquella estrella? Pues, ¿quién eres tú?

Aquella estrella es Dios, y yo soy la oración ¿Quieres que te lleve yo en un instante?...

La leyenda hermosa no necesita explicación ninguna, porque es clarísima la lección que de ella se desprende.

Dios, ese Dios en quien pensamos como término de todas nuestras ilusiones, se nos presenta, igual que al joven escalador, como algo grande y deslumbrador, de hermosura singular y término de todas nuestras aspiraciones. ¡Dios tiene que ser mío! Hasta que descanse en Él, no estaré nunca en paz, nos decimos tantas veces. Pero, ¿está Dios tan lejos que no lo podremos alcanzar nunca?

Es cierto que entre Dios y nosotros existe un abismo insondable, porque Dios está sobre todas las cosas. Y, sin embargo, en nuestras manos tenemos el poder para agarrarlo, para asirnos a Él, para meternos en Él, para no soltarlo nunca.

La oración, que en nuestros días es un signo inequívoco de renovación en la Iglesia, es para nosotros algo ya tan familiar, que, gracias a Dios, pronto no vamos a saber prescindir de ella.

La oración, que nos puede salir del corazón y de los labios en cada momento, si nosotros queremos, nos une con nuestro Dios y nos hace vivir en Él más que en nosotros mismos.

La oración es la respiración de la vida cristiana. ¿Quién tiene mejor salud que quien respira bien, con unos pulmones siempre oxigenados, con una sangre siempre pura?

La oración es un consuelo singular en medio de las dificultades. ¿Quién triunfa en la vida como aquel que siempre cuenta con Dios?

La oración es unión con Dios. ¿Quién tiene más segura su salvación, que aquel que no hace más que hablar con Dios, y se sumerge de continuo en la vida divina?

La oración, por otra parte, no es privilegio de algunos nada más. La oración es de todos.

Es del niño, que le habla a Dios con candor de ángel.

Es de la persona adulta, que se siente tanto más pequeñita ante Dios cuanto más crece.

Es de esa persona santa, que no sabe vivir sin su Dios día y noche.

Es de esa persona que siente sobre sí toda la carga insoportable de la culpa, y descubre que Dios, y sólo Dios, es quien la comprende, la sigue amando y la quiere salvar.

La oración no es una ciencia misteriosa que necesite de muchas explicaciones. Lo sería, si Dios no la hubiera hecho tan fácil para nosotros. Y digo para nosotros, los cristianos, que desde nuestro Bautismo llevamos dentro el Espíritu Santo, cuya acción dentro del alma se manifiesta precisamente por la oración.

El Espíritu Santo es quien nos enseña a orar, a dirigirnos a Dios nuestro Padre, a clamar continuamente por el Señor Jesús. San Pablo lo dice con palabras que llegan a emocionar, cuando nos asegura que nosotros no sabríamos ciertamente cómo dirigirnos a Dios, pero el Espíritu Santo ora de continuo en lo más secreto del corazón con gemidos inenarrables...

Llevar una vida de oración es llevar una vida escondida en Dios.

Es hacerse con el Dios creador de las estrellas.

Y dirigir una oración a Dios cuesta menos, mucho menos, que escalar una alta montaña y vadear un abismo muy hondo.
Elevar una oracioncita a Dios no cuesta nada, nada.

Ahora mismo lo podemos hacer, y lo hacemos, cada uno de nosotros.

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