ARTICULOS DE LA SAGRADA BIBLIA Y LA VIDA CRISTIANA

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sabato 28 febbraio 2009

Dejar que Cristo entre en el corazón

Dejar que Cristo entre en el corazón

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Cipriano Sánchez LC


El tema del corazón contrito, de la conversión del corazón es el tema que debería de recorrer nuestra Cuaresma. Es el tema que debería recorrer toda nuestra preparación para la Pascua. La liturgia nos insiste que son importantes las formas externas, pero más importantes son los contenidos del corazón. La Iglesia nos pide en este tiempo de Cuaresma, que tengamos una serie de formas externas que manifiesten al mundo lo que hay en nuestro corazón, y nos pide que el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo hagamos ayuno, y que todos los viernes de Cuaresma sacrifiquemos el comer carne. Pero esta forma externa no puede ir sola, necesita para tener valor, ir acompañada con un corazón también pleno.

El profeta Isaías veía con mucha claridad: “¿es lo que Yo busco: que inclines tu cabeza como un junco, que te acuestes en fango y ceniza?” Dios Nuestro Señor lo que busca en cada uno de nosotros es la conversión interna, que cuando se realiza, se manifiesta en obras, que cuando se lleva a cabo, tiene que brillar hacia fuera; pero no es solamente lo externo. De qué poco serviría haber manchado nuestras cabezas de ceniza, si nuestro corazón no está también volviéndose ante Dios Nuestro Señor. De qué poco nos serviría que no tomásemos carne en todos los viernes de Cuaresma, si nuestro corazón está cerrado a Dios Nuestro Señor.

La dimensión interior, que el profeta reclama, Nuestro Señor la toma y la pone en una dimensión sumamente hermosa, cuando le preguntan: ¿Por qué ustedes no ayunan y sin embargo los discípulos de Juan y nosotros si ayunamos? Y Jesús responde usando una parábola: “¿Pueden los amigos del esposo ayunar mientras está el esposo con ellos?” Jesús lo que hace es ponerse a sí mismo como el esposo. En el fondo retoma el tema bíblico tan importante de Dios como esposo de Israel, el que espera el don total de Israel hacia Él.

Esta condición interior, el esfuerzo por que el pueblo de Israel penetre desde las formalidades externas a la dimensión interna, es lo que Nuestro Señor busca. El ayuno que Él busca es el del corazón, la conversión que Él busca es la del corazón y siempre que nos enfrentemos a esta dimensión de la conversión del corazón nos estamos enfrentando a algo muchas veces no se ve tan fácilmente; a algo que muchas veces no se puede medir, pero a algo que no podemos prescindir en nuestra vida. ¿Quién puede palpar el amor de un esposo a su esposa? ¿Quién puede medir el amor de un esposo a su esposa? ¿Cómo se palpa, cómo se mide? ¿Solamente por las formas externas? No. Hay una dimensión interior en el amor esponsal del cual Jesucristo se pone a sí mismo como el modelo. Hay una dimensión que no se puede tocar, pero que es también imprescindible en nuestra conversión del corazón. Tenemos que ser capaces de encontrar esa dimensión interior, una dimensión que nos lleva profundamente a descubrir si nuestra voluntad está o no entregada, ofrecida, dada como la esposa al esposo, como el esposo a la esposa, a Dios, Nuestro Señor.

La conversión no es simplemente obras de penitencia. La conversión es el cambio del corazón, es hacer que mi corazón, que hasta el momento pensaba, amaba, optaba, se decidía por unos valores, unos principios, unos criterios, empiece a optar y decidirse como primer principio, como primer criterio, por el esposo del alma que es Jesucristo.

Sólo cuando llega el corazón a tocar la dimensión interior se realiza, como dice el profeta, que “Tu luz surgirá como la aurora y cicatrizarán de prisa tus heridas, se abrirá camino la justicia y la gloria del Señor cerrará tu mancha”. Entonces, casi como quien ve el sol, casi como quien no es capaz de distinguir la fuente de luz que la origina, así será en nosotros la caridad, la humildad, la entrega, la conversión, la fidelidad y tantas y tantas cosas, porque van a brotar de un corazón que auténticamente se ha vuelto, se ha dirigido y mira al Señor.

Este es el corazón contrito, esto es lo que busca el Señor que cada uno de nosotros en esta Cuaresma, que seamos capaces en nuestro interior, en lo más profundo, de llegar a abrirnos a Dios, a ofrecernos a Dios, de no permitir que haya todavía cuartos cerrados, cuartos sellados a los cuales el Señor no puede entrar, porque es visita y no esposo, porque es huésped y no esposo. El esposo entra a todas partes. La esposa en la casa entra a todas partes. Solamente al huésped, a la visita se le impide entrar en ciertas recámaras, en ciertos lugares.

Esta es la conversión del corazón: dejar que realmente Él llegue a entrar en todos los lugares de nuestro corazón. Convertirse a Dios es volverse a Dios y descubrirlo como Él es. Convertirse a Dios es descubrir a Dios como esposo de la vida, como Aquél que se me da totalmente en infinito amor y como Aquél al cual yo tengo que darme totalmente también en amor total.

¿Es esto lo que hay en nuestro corazón al inicio de esta Cuaresma? ¿O quizá nuestra Cuaresma está todavía encerrada en formulismos, en estructuras que son necesarias, pero que por sí solas no valen nada? ¿O quizá nuestra Cuaresma está todavía encerrada en criterios que acaban entreteniendo al alma? Al huésped se le puede tener contento simplemente con traerle un café y unas galletas, pero al esposo o a la esposa no se le puede contentar simplemente con una formalidad. Al esposo o la esposa hay que darle el corazón.

Que la Eucaristía en nuestra alma sea la luz que examina, que escruta, que ve todos y cada uno de los rincones de nuestra alma, para que, junto con el esposo sea capaz de descubrir dónde todavía mi entrega es de huésped y no de esposo.

Pidamos esta gracia a Jesucristo para que nuestra Cuaresma sea una Cuaresma de encuentro, de cercanía de profundidad en la conversión de nuestro corazón.



Preguntas o comentarios al autor P. Cipriano Sánchez LC


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Conoce más acerca de la Cuaresma para vivirla mejor.












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Catholic.net

lunedì 23 febbraio 2009

El Cristo de la tolerancia


El Cristo de la tolerancia

Fuente: Carholic.net
Autor: Máximo Alvarez

Probablemente no hay ningún Cristo que lleve este nombre, pero si hay un “Cristo de los faroles” o “de los gitanos”... con mayor razón se puede hablar del “Cristo de la tolerancia”. Veamos:
El 1995 fue el Año Internacional de la Tolerancia, mucho nos tememos que pasó sin pena ni gloria, aunque, a decir verdad, en mucha gente hay cada vez mayor predisposición para esta importante virtud.

Desgraciadamente, a lo largo de los siglos, las diversas religiones en general no sólo no la han promovido, sino todo lo contrario. El afán de “imponer”, como sea, a los demás las propias creencias ha dado origen a muchos odios y guerras. Y no han faltado cristianos afectados por esta lacra. Afortunadamente nada tiene que ver esta conducta con la manera de actuar de Jesucristo, ni con el pensamiento de la Iglesia claramente expresado en el Concilio. Precisamente Juan Pablo II en su carta ante el Tercer Milenio ha dicho: “Otro capítulo doloroso sobre el que los hijos de la Iglesia deben volver con ánimo abierto al arrepentimiento está constituido por la aquiescencia manifestada con métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a la verdad”.

Pero si bien es cierto que hubo épocas pasadas en las que se llegó a hechos extremos (como la Inquisición), hay que reconocer que en cierta manera en bastantes cristianos aun permanece vivo cierto espíritu inquisitorial. Curiosamente entre personas que se creen muy religiosas se puede dar una especie de afán de meterse en la vida de los demás, en juzgar a la ligera su modo de actuar, en condenar no a la hoguera, pero sí con ese fuego destructor que a veces es la lengua, como si ellos tuvieran el monopolio de la verdad. Por supuesto que también en las filas de los no religiosos se da esta misma actitud respecto de los creyentes.

Por eso nos viene muy bien el mirar a Jesús, que nunca trataba de imponer sus ideas. Invitaba a que le siguieran, pero nunca coaccionaba a nadie. Cuando terminaba de hablar solía decir: “el que tenga oídos para oír, que oiga”. Más bien Él fue víctima de la intolerancia de los sacerdotes, escribas y fariseos, a quienes criticaba por estar demasiado aferrados a la letra de la ley. Mientras éstos todo lo arreglaban con el cumplimiento estricto de las normas, Jesús dice que no ha sido creado el hombre para la ley, sino la ley para el hombre. Y así Jesús “violaba el sábado”, curando enfermos en días en que la ley lo prohibía; era criticado porque a veces no cumplían ni él ni sus discípulos las normas del ayuno; aunque respetaba el templo, lo relativizó (Para orar enciérrate en tu cuarto, adora a Dios en espíritu y en verdad); consideró injusta la ley que castigaba a la adúltera, daba más importancia al amor al prójimo que a ciertas leyes rituales ( Véase la parábola del Buen Samaritano). Cuando algunos de sus discípulos se celaban de que otros expulsaran demonios en su nombre, Él les reprendió. Otro tanto ocurrió cuando le pidieron que mandase fuego del cielo y consumiera a aquellos que no les quisieron recibir en una aldea de Samaría.

Todos sabemos que muchos de los amigos de Jesús, de las personas que le acompañaban, no se distinguían precisamente por su buena fama, llámense, Mateo, Zaqueo, Magdalena o la Samaritana... Jesús, en este sentido, pasaba ampliamente de los comentarios y cuchicheos de la gente. Era una persona verdaderamente libre. Por eso mismo era tolerante. O en todo caso, si alguna vez sacó el genio, fue precisamente con los intolerantes. Porque, eso sí, Jesús nunca renunció a sus firmes convicciones y a su lucha contra la mentira, la injusticia y el pecado, como tampoco nosotros debemos renunciar.

Digamos para terminar que aunque todo esto ya lo sabemos no está de más que refresquemos la memoria, pues en la práctica no pocas veces lo olvidamos, cayendo con frecuencia en la tentación de juzgar, de condenar, de querer imponer nuestros criterios... de distinguir “alegremente” entre buenos y malos (los malos los demás, los buenos nosotros), de creernos poseedores absolutos de la verdad, de no saber comprender al otro “y sus circunstancias” de entrometernos en ese recinto sacro que es la conciencia de los demás.

Santo Cristo de la Tolerancia, ruega por nosotros.




Comentarios al autor P. Máximo Alvarez.







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Catholic.net

Una hostia con Cristo. Esto es la vida del cristiano

61. Una hostia con Cristo. Esto es la vida del cristiano

Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misionero Claretiano


El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente.

En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano.


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Antes de acudir a San Pablo, hoy vamos a llegarnos al Antiguo Testamento para ver lo que era el culto de los judíos, y que el mismo Pablo, judío tan riguroso, había practicado con fidelidad edificante.

El culto judío se fundamentaba, ante todo, en los sacrificios, los cuales, según la Biblia, eran innumerables. Lo prescribía el mismo Dios, que había ordenado por Moisés: “Nadie se presentará delante de mí con las manos vacías” (Ex 23,15)

Obedecía esta ley a la costumbre social de los pueblos orientales. El inferior lo hacía con el superior para demostrarle su reconocimiento: el pobre con el rico, el inferior con el superior, el ciudadano con el rey. Mostraban con ello respeto y sumisión, a la vez que lo empleaban para conseguir favores.

Pues bien, los sacrificios en Israel eran múltiples y continuos: para alabar a Dios, para darle gracias, para implorar su perdón, para pedirle favores. Se le podían ofrecer a Dios objetos de oro y plata, otros bienes materiales, y más comúnmente los frutos del campo. Pero se le ofrecían sobre todo animales domésticos en cantidades ingentes.

Dios aceptaba el sacrificio complacido, según esas expresiones bíblicas: “como perfume agradable”, “en olor de suavidad” y otras semejantes.

Ahora bien, llegó un momento en el que los sacrificios desaparecieron. ¿Cuándo?...

Para Israel, cuando fue destruido definitivamente el Templo de Jerusalén con su altar, y se extinguió además el sacerdocio levítico.

Para los cristianos, antes todavía. Cuando Jesucristo se ofreció Él mismo en sacrificio sobre el altar de la cruz, de una vez para siempre, y acabó con todos los sacrificios de la Antigua Alianza.

Jesucristo dejó únicamente para su Iglesia el único sacrificio del Calvario renovado, actualizado, hecho presente en la Eucaristía, la cual es el mismo e idéntico sacrificio de la Última Cena y de la Cruz.

¿A qué viene todo esto, que parece una lección de Biblia? Sólo a comentar una palabra de San Pablo. Desaparecieron los sacrificios del pueblo judío.

Pero no desapareció lo que es el UNICO sacrificio de la Iglesia: la Eucaristía, el mismo sacrificio de Jesús en el Calvario, al cual se añade, mejor dicho, con el cual se ofrece el sacrificio de cada cristiano que se entrega a Dios junto con Jesucristo.

A Dios le agradaban los sacrificios de Israel, ofrecidos con piedad, como dice el salmo:
“Tus sacrificios los tengo siempre delante de mis ojos” (Sal 48,8)

Pero esos sacrificios no iban a durar para siempre, como dijo el profeta cuando empezó a degradarse el culto:

“No me gusta ni me agrada la oblación que me traen. De levante hasta poniente es gran-de mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrecerán a mi Nombre sacrificios y oblaciones puras, pues santo es mi Nombre entre las naciones, dice Yahvé Dios de los ejércitos” (Ml 1,10-11)


Pablo tenía muy presente el sacrificio de Jesús en la Cruz y su renovación en la Eucarist-ía, y viene ahora con una palabra preciosa para todo cristiano:

“Les exhorto a que se ofrezcan ustedes mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; tal será su culto espiritual” (Ro 12,1)

Pero al decir Pablo “ofrézcanse ustedes mismos”, ¿a qué se refiere? A todos los actos de la vida, que quedan convertidos en “buenos, agradables, perfectos”.

Unido al sacrificio de Jesucristo, renovado en el altar, el cristiano tiene conciencia de que lo suyo es del mismo Jesucristo, que forma una sola oblación, y que es, por lo mismo, ese “sacrificio espiritual agradable a Dios” de que habla San Pablo.

San Pablo parece que alude a esto cuando escribe a los de Corinto aquellas palabras refe-ridas a la vida de cada día: “Echen fuera la levadura vieja, el fermento de todo pecado. Sean masa nueva, panes ázimos, completamente puros” (1Co 5,7)

¿Para qué pensar en otros sacrificios? El de la propia persona es el que interesa.
Aquellos sacrificios antiguos de la Biblia en tanto eran agradables a Dios en cuanto eran de animales puros, es decir, sin defectos que los hicieran poco presentables. A nadie se le ocurría ir al altar con un cordero cojo o un becerro con el cuerno roto. El sacerdote de la Ley lo hubiera rechazado sin más y lo hubiera tomado como una inju-ria a Dios.

Por eso Pablo, al hablar de la vida cristiana como sacrificio espiritual y agradable a Dios, lo primero que exige es una conducta sin tacha:

“Miren su vida anterior, y quiten de ella todo lo que signifique hombre viejo, que se co-rrompe con las malas pasiones…

“Que desaparezca de ustedes toda amargura, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad, impureza y codicia, que ni deben mencionarse entre ustedes”…

Y pide, por el contrario, el pan ázimo de una vida intachable:

“Al revés, revístanse del Hombre Nuevo, hecho de justicia y santidad, siendo amables con todos, compasivos, generosos…
“Y vivan como Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros como hostia y víctima de suave aroma” (Ef 4, 22-23, 31-32; 5,2-3)

Esto es para Pablo ser una hostia con Cristo.Ninguna maldad que empañe la jornada. Toda obra buena en el proceder de cada día.

¿En qué se convierte la vida entonces? ¿En triste?... Solamente un desaprensivo podría decirlo.
El Espíritu Santo, que ha santificado esa hostia del cristiano -igual que santifica el pan y el vino que se ponen en el altar-, hace que la vida sea amor, alegría, paz… (Gal 5,22)

En todo sacrificio había una víctima que quedaba destrozada. Pero, quemada sobre el altar, se convertía en aroma suave, que llegaba a hacer las delicias de todo un Dios… Como las hace el cristiano y la cristiana cuando con Jesucristo se consumen en el Altar…



Puedes encontrar todas las reflexiones anteriores de San Pablo en esta dirección.
Y en www.evangelicemos.net


Preguntas o comentarios al autor P. Pedro García Cmf






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