ARTICULOS DE LA SAGRADA BIBLIA Y LA VIDA CRISTIANA

sabato 28 febbraio 2009

En la temida Jerusalén. Lo que tenía que suceder…

65. En la temida Jerusalén. Lo que tenía que suceder…

Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misionero Claretiano

El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente.

En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano.

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Por fin, Pablo llegó a Jerusalén. Desecho. Con negros presentimientos. Y las cosas se le presentaron duras de verdad. Empezando por el recibimiento que le hicieron los hermanos, entusiasta el de unos, muy frío el de otros. (Hch 21,17-40; 22,1-23)

Los helenistas, los cristianos judíos venidos de la diáspora, se llenaron de alegría:
-¡Bienvenido, Pablo! Sabemos cuántas cosas ha hecho Dios por ti, y cuántos paganos han entrado en la Iglesia creyendo en el Señor Jesús. ¡Pablo, Dios te bendiga!…

A la par que estos cristianos helenistas, estaba la Iglesia de Jerusalén formada por cristianos judíos que no acababan de rendirse. Recibieron a Pablo fríamente y con formas muy diplomáticas, ya que no podían hacerle la guerra abiertamente, porque los apóstoles habían dicho su palabra definitiva en el Concilio de hacía diez años.

Reunidos los más notables de entre estos judeocristianos en casa de Santiago, Pablo les exponía punto por punto lo que había sido la evangelización entre los gentiles, cómo había crecido la Iglesia con tanto pagano convertido, y cómo se derramaba sobre ellos la gracia y los dones del Espíritu Santo.

Los oyentes no se entusiasmaban. La gran colecta que Pablo y sus compañeros traían era como para taparles la boca. Con ella podían comprobar la caridad y el amor de los cristianos venidos del paganismo para con los hermanos judíos pobres de Jerusalén. Pero no les conmovió gran cosa.


Y le contestaron como una réplica:

“Ya ves, hermano, cuántos miles y miles de entre los judíos han abrazado la fe, y todos son fervientes partidarios de la Ley.
“Pero han oído decir de ti que enseñas a todos los judíos que viven entre los gentiles que se aparten de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos ni observen las tradiciones. “¿Qué hacer, pues? Porque va a reunirse la muchedumbre al enterarse de tu venida”.

Será todo lo doloroso que queramos, pero así nos lo dice Lucas, testigo presencial.
Santiago, el apóstol tan judío, pero fiel a la doctrina del Concilio, quiso poner paz entre todos. Y bajo su dirección, aconsejaron a Pablo:

- Para que no puedan decir nada contra ti tantos hermanos fieles a la Ley y que aún siguen con la circuncisión, únete a los cuatro hermanos que han hecho un voto y ya se han rapado la cabeza; entra con ellos en el Templo, y todos verán que tú también eres un fiel cumplidor de la Ley.

El consejo no estaba mal, y Pablo aceptó. Sólo que, en vez de salir bien las cosas, se enredó todo de mala manera.
Unos judíos llegados de Asia por la fiesta de Pentecostés, reconocieron a Pablo en los atrios del Templo con los cuatro del voto, y empezaron a gritar furiosos a toda la multitud:

- ¡Auxilio, hombres de Israel! Este es el hombre que va enseñando a todos por todas partes contra el pueblo, contra la Ley y contra este Lugar bendito. Y hasta se ha atrevido a introducir a unos griegos en el Templo, profanando este lugar Santo.

Mentían, desde luego. Pero la ocasión era magnífica, y se dijeron:

- ¡Ahora este Pablo las va a pagar todas juntas!...

Se armó un griterío infernal.

Atestados los atrios del Templo con muchos habitantes de Jerusalén y con tantos peregrinos, todos se echaron sobre Pablo, lo arrastraron fuera del Templo, cerraron las puertas para que no pudiera volver.
Ya se disponían a matarlo igual que habían hecho hacía veinticinco años con Esteban.
Aunque Pablo se salvó de milagro, debido a la fuerza romana.

Durante las fiestas, las autoridades romanas distribuían a los soldados por la ciudad, especialmente en los alrededores del Templo. En este momento, un soldado subió rápido las escaleras de la Torre para dar el aviso:

-¡Tribuno! Toda Jerusalén está revuelta.

Y el tribuno, sin perder un momento, bajó con varios centuriones y fuerte grupo de soldados, se llegó hasta Pablo, lo mandó atar con cadenas, y preguntó para informarse:

-¿Quién es éste? ¿De quién se trata?...

Lucas lo dice bien:

- Pero no sacó nada en claro, porque “entre la gente unos gritaban una cosa, otros otra”.

Al fin, y para que la chusma no linche a Pablo, manda que lleven al detenido a la cárcel. Al llegar a las escaleras de la Torre Antonia, tiene que ser agarrado Pablo por los soldados y subido en hombros, mientras la multitud seguía vociferando:

-¡Mátalo! ¡Que lo maten!...

Pablo no pierde la serenidad, y ya en las escaleras entre los soldados, pide al tribuno:

-¿Me permites decirte una palabra?

- ¿Cómo? ¿Es que tú sabes el griego? ¿No eres tú el egipcio que días pasados armó aquella revuelta con cuatro mil terroristas, y que tuvo que huir al desierto después de haber perdido cuatrocientos muertos y doscientos capturados?

Pablo habla con una gran tranquilidad:

- No, yo no soy ningún guerrillero. “Yo soy un judío, de Tarso de Cilicia, una ciudad importante”. ¿Me permite hablar al pueblo?

El tribuno se da cuenta de que Pablo no es un cualquiera, y se lo autoriza. Las escaleras de la Torre Antonia eran un buen púlpito, y Pablo empezó a hablar:

- Hermanos y padres, escuchen la defensa que hago ante ustedes. Se hace un silencio sepulcral cuando todos sienten que les habla en arameo:

- Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad, a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la Ley de nuestros padres.

Con estas palabras pareciera que Pablo desarmaba al auditorio, entre el que se oye decir:

- ¿Cómo podemos ir contra un judío semejante?... Este Pablo, un discípulo nada menos que de Gamaliel… Este Pablo, un doctor de la Ley... Este Pablo, hasta un perseguidor de los cristianos, esa secta maldita…

Piensan así, porque Pablo les aseguraba:

- Yo perseguía a muerte a los seguidores de Jesús, encadenando y arrojando a la cárcel a hombres y mujeres, como puede atestiguarlo el sumo sacerdote y el consejo de ancianos.

Pablo pasó a narrar la aparición del Señor ante las puertas de Damasco, y todos escuchaban en medio de un silencio impresionante, hasta que llegó a las palabras tan comprometedoras:

- El Señor me dijo: Y ahora, ¿qué esperas? Marcha, porque quiero enviarte lejos, a los gentiles.

Aquí volvió a reanudarse el griterío infernal:

- ¡Quiten a ése de ahí, pues no merece vivir! ¡Que muera ese judío renegado!...

Cualquiera diría que estamos narrando una novela. Y no, estamos con la historia más verídica que nos narran los Hechos de los Apóstoles.

Nos falta acabar la aventura de Jerusalén, para ir después hasta Cesarea, donde Pablo va a pasar preso los dos años que vienen, y donde nosotros le vamos a acompañar con nuestra admiración, pasmados de su fortaleza y de su amor a Jesucristo.


Puedes encontrar todas las reflexiones anteriores de San Pablo en esta dirección.
Y en www.evangelicemos.net


Preguntas o comentarios al autor P. Pedro García Cmf










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Catholic.net

lunedì 23 febbraio 2009

Una hostia con Cristo. Esto es la vida del cristiano

Una Eucaristía en el viaje. Toda la noche en vela

64. Una Eucaristía en el viaje. Toda la noche en vela

Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misioneo Claretiano

El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente.

En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano.


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No hemos olvidado nuestra meditación anterior, aquella velada durante toda la noche en una casa grande y espaciosa de Tróade, cuando Pablo resucitó al muchacho Eutiques que se había estrellado contra el pavimento.

Los cristianos habían cambiado ya el descanso y la guarda religiosa del sábado por el primer día de la semana, el que va a ser ya en los siglos por venir el Domingo, el Día del Señor.

Con la relación de aquella cena adivinamos todo lo que era la celebración de las primeras misas cristianas. Todos escuchando la Palabra. Los apóstoles o presbíteros hablando de cosas del Señor. Y alargando la conversación sin cansarse…

No lo hemos olvidado, pero se nos quedó pendiente el hablar precisamente de aquella celebración de la Eucaristía durante el viaje de Pablo desde Éfeso hasta Jerusalén.
Es lo que vamos a hacer ahora. ¿Cómo fue aquella Eucaristía? ¿Cómo celebraban la Eucaristía los primeros cristianos? ¿Tenemos algún documento que nos lo atestigüe?...

Por fortuna, contamos con un librito precioso, la Didajé, un escrito del tiempo de los Apóstoles que no está en la Biblia, y que es anterior a varios libros del Nuevo Testamento. Ese documento impagable nos guía en todo lo que hoy podemos decir, como ayuda a lo que nos dicen los Hechos de los Apóstoles (20,7-12) y el mismo San Pablo (1Co 11, 17-27)

La reunión cristiana constaba de dos momentos:

El primero, un banquete fraterno, el ágape, con una comida en común que estrechaba los lazos del amor y de la amistad, acompañado todo con cantos y plegarias.

El segundo momento era propiamente “La Cena del Señor”.

Con todo, los dos actos constituían una sola celebración.

Para el banquete, y prescindiendo todavía de la Fracción del Pan, se seguía una costumbre judía, practicada por el mismo Jesús. Ante el pan que se había de comer, ante el vino y todos los alimentos, se hacía una plegaria de acción de gracias y otra al final después de haberlo comido todo.
Esa plegaria de acción de gracias se llamaba “eucaristía” con palabra griega, y de ahí ha venido el quedar el rito sagrado con la palabra Eucaristía.

Pues bien, en aquel banquete fraterno, se traía el pan, se partía, y se colocaba en la mesa juntamente con la copa de vino en frente de quien presidía la celebración.
En aquella noche de Tróade lo pusieron todo delante de Pablo. La reunión se tuvo en la sala superior de la casa, profusamente iluminada, vivo trasunto del Cenáculo de Jerusalén en la última cena del Señor. Todos reunidos, se oró, se cantó, se escuchó largamente la palabra de Pablo, que no se cansaba al hablar del Señor Jesús.

Y vino el momento solemne de hacerse presente el Cuerpo y la Sangre del Señor.
Pero, ¿qué se hacía antes de la consagración del pan y del vino? Lo primero de todo, pedir en la comunidad perdón de los pecados.

La Didajé nos lo dice así:

“Reúnanse cada día del Señor, rompan el pan y den gracias, después de haber confesado sus pecados, a fin de que su sacrificio sea puro…. Que nadie coma y beba de vuestra eucaristía, sino los bautizados en el nombre del Señor. Pues acerca de ello dijo el Señor: no den lo santo a los perros… Por eso, ¡todo el que es santo, que venga! ¡El que no lo es, que se convierta!”.

Como vemos, la Iglesia ha seguido hasta nuestros días la misma práctica: comenzamos la Santa Misa pidiendo el perdón de nuestras culpas con el cato penitencial. A la Comunión hay que acercarse con conciencia pura.

Pablo, aquella noche, había de repetir los gestos del Señor en la Ultima Cena. Pero antes estaba la oración que nos ha conservado la Didajé sobre el vino y sobre el pan, con este orden precisamente:

“Primero sobre la copa: -Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David tu siervo, la que nos diste a conocer por medio de Jesús. A ti sea la gloria por todos los siglos. Amén-.

“Luego sobre el pan partido: -Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento que nos manifestaste por medio de Jesús, tu siervo. A ti sea la gloria por los siglos amén-.

“Como este pan estaba disperso por los montes y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder por Jesucristo eternamente”.

Recitadas estas oraciones tan sentidas, tan bellas, tan profundas, Pablo, como siempre, pronunció sobre el pan y el vino las mismas palabras del Señor: “Esto es mi cuerpo… Este es el cáliz de mi sangre”. Y hecha la consagración, venía la acción de gracias con esta otra oración de la Didajé:

“Te damos gracias, Padre santo, por tu santo nombre, que has hecho habitar en nuestros corazones… ¡A ti gloria en los siglos!...
“Acuérdate, oh Señor, de tu Iglesia para librarla de todo mal y perfeccionarla en tu amor; reúnela de los cuatro vientos, una vez santificada, en el reino tuyo que preparaste para ella. ¡Porque tuyo es el poder y la gloria en los siglos!
¡Venga tu gracia y pase este mundo! ¡Hosanna al Dios de David! ¡Maran atha! ¡Ven, Señor!”

Si se rezaba la oración del Señor, el Padre nuestro, se le añadía al final la doxología o alabanza que la Didajé nos ha conservado y que nosotros recitamos también en cada Misa:

“Porque tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor”.
Nos emocionamos, sencillamente, al saber que repetimos las mismas palabras de aquellos primeros hermanos nuestros en la fe.

San Pablo nos mandó algo muy importante con estas palabras, escritas no mucho tiempo antes de esta Eucaristía de Tróade: “Cada vez que coman este pan y beban este cáliz, anuncien la muerte del Señor, hasta que venga” (1Co 11,26)
Si esto mandaba Pablo, esto hizo él también en esta noche, y exclamó:
-¡El Señor murió por nosotros! ¡El Señor que resucitó, y que un día ha de volver!...
Hoy seguimos diciendo lo mismo que aquellos cristianos de hace ya casi veinte siglos:
-Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!

Con todo esto, vemos que la Iglesia, cuanto más avanza, más se apega al principio, a sus orígenes, a los Apóstoles, al mismo Señor Jesús.
El Señor lo mandó en la Última Cena: “Hagan esto como memorial mío”.
Los Apóstoles cumplían el mandato del Señor: “Hagan esto como memorial mío”.
Y nosotros no cambiamos nada.

Con esta página de los Hechos vemos confirmada siempre la verdad que se nos enseña hoy con ahínco: Donde está la Iglesia hay Eucaristía, y donde se celebra la Eucaristía allí hay Iglesia.

¡Bendita sea la presencia del Señor Jesús entre nosotros!...





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Preguntas o comentarios al autor P. Pedro García Cmf






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El ayuno, don total de uno mismo a Dios


El ayuno, don total de uno mismo a Dios

Fuente: Catholic.net
Autor: SS Benedicto XVI




¡Queridos hermanos y hermanas!


Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino de preparación espiritual más intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor: la oración, el ayuno y la limosna, para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, "ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos" (Pregón pascual).

En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, este año deseo detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública. Leemos en el Evangelio: "Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mt 4,1-2). Al igual que Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley (cfr. Ex 34, 8), o que Elías antes de encontrar al Señor en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8), Jesús orando y ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador.

Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: "De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio" (Gn 2, 16-17). Comentando la orden divina, San Basilio observa que "el ayuno ya existía en el paraíso", y "la primera orden en este sentido fue dada a Adán". Por lo tanto, concluye: "El ‘no debes comer’ es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia" (cfr. Sermo de jejunio: PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar "para humillarnos ! dijo ! delante de nuestro Dios" (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y aseguró su favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: "A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos" (3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó.

En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que "ve en lo secreto y te recompensará" (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto, que "no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el "alimento verdadero", que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de "no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal", con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia.

La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21; 2Co 6,5). También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del "viejo Adán" y abrir en el corazón del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Escribe San Pedro Crisólogo: "El ayuno es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica" (Sermo 43: PL 52, 320, 332).

En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una "terapia" para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica Pænitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no "vivir para sí mismo, sino para aquél que lo amó y se entregó por él y a vivir también para los hermanos" (cfr. Cap. I). La Cuaresma podría ser una buena ocasión para retomar las normas contenidas en la citada Constitución apostólica, valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).

La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía "retorcidísima y enredadísima complicación de nudos" (Confesiones, II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno, escribía: "Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura" (Sermo 400, 3, 3: PL 40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.

Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: "Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?" (3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. encíclica Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15, 25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal.

Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico cuaresmal exhorta: "Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, / somno, iocis et arctius / perstemus in custodia - Usemos de manera más sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con mayor atención".

Queridos hermanos y hermanas, bien mirado el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios (cfr. encíclica Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma.

Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en "tabernáculo viviente de Dios". Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.

Mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma 2009







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No dejarse envenenar por el rencor

No dejarse envenenar por el rencor

Fuente: Catholic.net
Autor: SS Benedicto XVI



El Papa Benedicto XVI nos llama a la purificación, para no dejar que el alma quede envenenada por el rencor. A la necesidad de la purificación interior, como condición para vivir la comunión con Dios y con los hermanos:

A esto exhorta el Jueves Santo, a no dejar que el rencor hacia los demás se vuelva veneno del alma. Nos exhorta a purificar continuamente nuestra memoria, perdonándonos de corazón los unos a los otros, lavándonos los pies los unos a los otros, para poder dirigirnos todos juntos hacia el banquete de Dios».

Día tras día estamos como recubiertos de suciedad multiforme, de palabras vacías, de prejuicios, de sabiduría reducida y alterada; una multiplicidad de falsedades se filtra continuamente en nuestro ser más íntimo.

Todo esto ofusca y contamina nuestra alma, nos amenaza con la incapacidad ante la verdad o el bien. Si acogemos las palabras de Jesús con el corazón atento, éstas se revelan cómo verdadera limpieza, y purificación del alma.

Caridad y purificación son dos palabras que Jesucristo logró sintetizar con el gesto del lavatorio de los pies a sus discípulos.

Si acogemos las palabras de Jesús con el corazón atento, se convierten en auténticos lavatorios, purificaciones del alma, del hombre interior. A esto nos invita el Evangelio del lavatorio de los pies: a dejarnos siempre de nuevo lavar por esta agua pura, a ser capaces de la comunión con Dios y con los hermanos.

Pero del costado de Jesús, tras el golpe de la lanza del soldado, no sólo salió agua, sino también sangre. Jesús no sólo habló, no sólo nos dejó palabras. Se entrega a sí mismo. Nos lava con la potencia sagrada de su sangre, es decir, con su entrega "hasta el final", hasta la Cruz.

Su palabra es algo más que simplemente hablar; es carne y sangre "por la vida del mundo". En los santos sacramentos, el Señor se arrodilla nuevamente ante nuestros pies y nos purifica. Pidámosle que seamos cada vez más penetrados por el baño sagrado de su amor y de este modo quedemos verdaderamente purificados.

Tenemos necesidad del "lavatorio de los pies", el lavatorio de los pecados de cada día, y por este motivo necesitamos confesar los pecados».

Tenemos que reconocer que también en nuestra nueva identidad de bautizados pecamos. Tenemos necesidad de la confesión tal y como ha tomado forma en el sacramento de la reconciliación. En él, el Señor nos lava siempre de nuevo los pies sucios y nosotros podemos sentarnos a la mesa con Él.




En la misa en la Cena del Señor. 20 marzo 2008







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En la frente... una cruz de ceniza bendecida

En la frente... una cruz de ceniza bendecida

Fuente: Catholic.net
Autor: Ma esther De Ariño

Al comenzar la Cuaresma, tiempo penitencial para los católicos, vemos como infinidad de personas, quizá algunas que hace mucho tiempo no han acudido a la Iglesia, se forman en largas filas para que les marquen la frente con una cruz de ceniza bendecida.

Llegan, se forman en la fila, reciben la ceniza y se van... Personas buenas, almas cándidas quizá, que siguen una tradición que tienen carácter de ritual al que pudiera caber, en su entendimiento, algo mágico y que por nada del mundo dejarían pasar esta fecha sin llevar en su frente la huella de la ceniza.

Cosa buena es que esta tradición del Miércoles de Ceniza esté tan arraigada en el corazón de los fieles católicos.

Quizá todos los que estén en la fila sepan qué es lo que significa y que de ninguna manera es, ni obligación ni Sacramento.

Quizá todos vayan meditando -ya que de eso se trata- sobre el punto filosofal de que polvo somos y en polvo nos convertiremos.

Quizá todos deseemos empezar la Cuaresma con un acto de humildad y pidiendo perdón por nuestros pecados.

Tal vez, y esto esta muy bien, pero hay "algo" que no está bien.

Veamos: hemos entrado al Templo, estamos en la Iglesia, en la casa de Dios y no parecería posible entrar en esa casa y no saludar al Dueño, al Señor, al Dios Supremo Hacedor de todas las cosas, al Rey de Reyes, el Altísimo Señor, el Omnipotente que está en infinita humildad en el Sagrario en Cuerpo y Alma. Tan auténtico como cuando caminaba por las orillas del Jordán, tan real como cuando se sentó en el borde del pozo para pedirle agua a la samaritana, el mismo Dios, el mismo Cristo.

La puerta del Sagrario está cerrada, una luz roja parpadeante nos anuncia que está ahí el Señor, Dios nuestro.

Las personas están en la fila de la Ceniza... ¡ni una mirada, ni un saludo, ni una reverencia al Dios que está escondido en el Misterio de amor que es la Eucaristía!

¿Cómo es esto posible? ¿Será más importante llevar en la frente un signo de humildad que caer primero de rodillas ante el Sagrario y aunque no lo veamos con los ojos de la carne, decirle con los del alma: "Creo en Tí, Señor, y te amo", o simplemente con las palabras de Santo Tomás: "Señor mío y Dios mío" ?

Y ya que estamos en este tema diremos que ocurre lo mismo cuando algunas personas entran en la Iglesia y se van derechitas al Santo de su devoción. Se arrodillan, le piden quién sabe que cosa y se van. Tal vez no haya culpa, es falta de formación y de que no nos hayan dicho una y mil veces, hasta que nos cale, que al que tenemos que reverenciar y adorar es al Dios vivo que está presente con su Cuerpo, su Alma y su Divinidad en el Sagrario. Los grandes santos son intercesores de las gracias que pedimos ante Dios.

Tal vez también sea que creer en esto, es más difícil que creer en el poder del Santo. El culto a los Santos, - como nos dice en sus homilías Mons. George Chevort, no es obligatorio, sino facultativo." Pedirle a los Santos es como una etapa, como un escalón, no un término.

El objetivo de nuestra religión es la Santísima Trinidad que tiene derecho a nuestra adoración y de la cual proceden todos los bienes que necesitamos y el Mediador indispensable es Jesucristo, Hijo de Dios y hombre.

Glorifiquemos a Dios en sus Santos. Ahora bien, la primera de todos los Santos: no fuera de, sino en primer rango y un rango a parte, es la Bienaventurada Virgen María. La primera y aparte porque no solo es obra de Dios, sino que es la obra maestra de Dios. Es la Madre de Dios porque Ella difundió en el mundo la luz Eterna, Jesucristo Nuestro Señor.

¡Cuánta preparación y cuánta información sobre nuestra Fe nos hace falta para vivir y obrar como verdaderos cristianos!. Vivamos nuestra religión con orden y profundidad. Que seamos el ejemplo viviente para los que nos ven, que formándonos y estudiando podremos cumplir con los grandes misterios de nuestra religión tal y como nos lo enseña nuestra Santa Madre la Iglesia Católica y que imitando a los Santos entremos en esta Cuaresma con espíritu de oración y sacrificio.





Preguntas o comentarios al autor Ma. Esther de Ariño





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El Cristo de la tolerancia


El Cristo de la tolerancia

Fuente: Carholic.net
Autor: Máximo Alvarez

Probablemente no hay ningún Cristo que lleve este nombre, pero si hay un “Cristo de los faroles” o “de los gitanos”... con mayor razón se puede hablar del “Cristo de la tolerancia”. Veamos:
El 1995 fue el Año Internacional de la Tolerancia, mucho nos tememos que pasó sin pena ni gloria, aunque, a decir verdad, en mucha gente hay cada vez mayor predisposición para esta importante virtud.

Desgraciadamente, a lo largo de los siglos, las diversas religiones en general no sólo no la han promovido, sino todo lo contrario. El afán de “imponer”, como sea, a los demás las propias creencias ha dado origen a muchos odios y guerras. Y no han faltado cristianos afectados por esta lacra. Afortunadamente nada tiene que ver esta conducta con la manera de actuar de Jesucristo, ni con el pensamiento de la Iglesia claramente expresado en el Concilio. Precisamente Juan Pablo II en su carta ante el Tercer Milenio ha dicho: “Otro capítulo doloroso sobre el que los hijos de la Iglesia deben volver con ánimo abierto al arrepentimiento está constituido por la aquiescencia manifestada con métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a la verdad”.

Pero si bien es cierto que hubo épocas pasadas en las que se llegó a hechos extremos (como la Inquisición), hay que reconocer que en cierta manera en bastantes cristianos aun permanece vivo cierto espíritu inquisitorial. Curiosamente entre personas que se creen muy religiosas se puede dar una especie de afán de meterse en la vida de los demás, en juzgar a la ligera su modo de actuar, en condenar no a la hoguera, pero sí con ese fuego destructor que a veces es la lengua, como si ellos tuvieran el monopolio de la verdad. Por supuesto que también en las filas de los no religiosos se da esta misma actitud respecto de los creyentes.

Por eso nos viene muy bien el mirar a Jesús, que nunca trataba de imponer sus ideas. Invitaba a que le siguieran, pero nunca coaccionaba a nadie. Cuando terminaba de hablar solía decir: “el que tenga oídos para oír, que oiga”. Más bien Él fue víctima de la intolerancia de los sacerdotes, escribas y fariseos, a quienes criticaba por estar demasiado aferrados a la letra de la ley. Mientras éstos todo lo arreglaban con el cumplimiento estricto de las normas, Jesús dice que no ha sido creado el hombre para la ley, sino la ley para el hombre. Y así Jesús “violaba el sábado”, curando enfermos en días en que la ley lo prohibía; era criticado porque a veces no cumplían ni él ni sus discípulos las normas del ayuno; aunque respetaba el templo, lo relativizó (Para orar enciérrate en tu cuarto, adora a Dios en espíritu y en verdad); consideró injusta la ley que castigaba a la adúltera, daba más importancia al amor al prójimo que a ciertas leyes rituales ( Véase la parábola del Buen Samaritano). Cuando algunos de sus discípulos se celaban de que otros expulsaran demonios en su nombre, Él les reprendió. Otro tanto ocurrió cuando le pidieron que mandase fuego del cielo y consumiera a aquellos que no les quisieron recibir en una aldea de Samaría.

Todos sabemos que muchos de los amigos de Jesús, de las personas que le acompañaban, no se distinguían precisamente por su buena fama, llámense, Mateo, Zaqueo, Magdalena o la Samaritana... Jesús, en este sentido, pasaba ampliamente de los comentarios y cuchicheos de la gente. Era una persona verdaderamente libre. Por eso mismo era tolerante. O en todo caso, si alguna vez sacó el genio, fue precisamente con los intolerantes. Porque, eso sí, Jesús nunca renunció a sus firmes convicciones y a su lucha contra la mentira, la injusticia y el pecado, como tampoco nosotros debemos renunciar.

Digamos para terminar que aunque todo esto ya lo sabemos no está de más que refresquemos la memoria, pues en la práctica no pocas veces lo olvidamos, cayendo con frecuencia en la tentación de juzgar, de condenar, de querer imponer nuestros criterios... de distinguir “alegremente” entre buenos y malos (los malos los demás, los buenos nosotros), de creernos poseedores absolutos de la verdad, de no saber comprender al otro “y sus circunstancias” de entrometernos en ese recinto sacro que es la conciencia de los demás.

Santo Cristo de la Tolerancia, ruega por nosotros.




Comentarios al autor P. Máximo Alvarez.







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