ARTICULOS DE LA SAGRADA BIBLIA Y LA VIDA CRISTIANA

Visualizzazione post con etichetta maria. Mostra tutti i post
Visualizzazione post con etichetta maria. Mostra tutti i post

lunedì 9 febbraio 2009

María, la Virgen pura


María, la Virgen pura

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Marcelino de Andrés L.C




Siempre me ha hecho reflexionar mucho aquella bienaventuranza de Cristo:

Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios.

¿Qué tendrá que ver la pureza con la vista? Desde luego, con la vista corporal quizá no tenga que ver apenas nada. Pero seguramente mucho con la vista espiritual. Porque está claro que a Dios no se le puede ver con los ojos de la carne, pero sí con los del espíritu, con los del corazón, que son la fe y el amor. Sólo cuando el alma es pura y cristalina está en condiciones de poder ver y contemplar a Dios. Sólo en un corazón puro -escribía San Agustín- existen los ojos con que puede Dios ser visto.

Me imagino que Cristo al formular esta bienaventuranza tenía en mente a su Madre. Ella era la creatura más pura que jamás ha existido y existirá. El corazón de María era como un mar de gracia profundo, cristalino y transparente. Nadie como Ella de pura.

Bien lo dijo San Ambrosio: Quién es más noble que la madre de Dios? ¿Quién más espléndida que aquella que fue elegida por el mismo Esplendor? ¿Quién más pura que la que generó una creatura sin contacto físico alguno? Ella era virgen pura no sólo en el cuerpo, sino también en el alma.

Se ha dicho siempre que los ojos son las ventanas del alma. Es cierto. A través de ellos se puede mirar al interior de otra persona. Por eso, mirando a los ojos a María podremos ver y apreciar la pureza inmaculada de su alma.

Los ojos de María. ¡Quién pudiera haberlos visto realmente tan siquiera una vez, aunque fuera por un instante! Sólo a algunos privilegiados les tocó. Nosotros hemos de contentarnos con verlos desde la fe o con soltar un poco nuestra imaginación para hacernos una idea de cómo eran.

Los ojos de María.

Ojos hermosos, agradables, con esa belleza natural que no necesita de mejunjes ni postizos para ser encantadores.

Ojos sencillos, de esos que no saben mirar a los demás desde arriba.

Ojos bondadosos, que nunca se han desfigurado con guiños de ira o de odio.

Ojos sinceros, que no han aprendido a mentir; testigos de un interior sin sombra de doblez.

Ojos atentos a las necesidades ajenas y distraídos para fijarse y molestarse por sus defectos.

Ojos comprensivos y misericordiosos que, ante pecadores y malhechores, se transforman en manos abiertas que ofrecen la gracia a raudales.

Como los describen aquellos en versos de Pemán: A Tus ojos, luz de aurora / sobre el desierto frío. / Tu mirada, rocío / sobre la dura arcilla pecadora. Esos ojos cuya mirada Judas evitó al salir del cenáculo la noche de la traición... Esa misma mirada que a Dimas, en el Calvario, llevó a la conversión y al paraíso...

Ojos de mujer que reflejan nítidamente un alma preciosa, adornada de humildad, de bondad, se sinceridad, caridad, de comprensión y misericordia. Los ojos de María. Los ojos de un alma en gracia. Verdaderas ventanas al cielo. Porque cielo era toda su alma.

Ojos que pueden llorar y cuyas lágrimas al caer en la tierra, obran portentos también en el cielo. Bien comprendió esto aquel poeta que le rezaba a la Virgen: Tus lágrimas son las perlas / que compran mi salvación. / Jesús me perdona al verlas. / Son sangre del corazón / que se derrama al verterlas. Y es que de unos ojos así sólo pueden salir lágrimas cargadas de la omnipotencia del amor de quien es Madre de Dios y mediadora de toda gracia.

Los ojos de María, cuya penetrante y dulce mirada todo lo puede. Cuántos indiferentes se han visto interpelados por el brillo de pureza de esos ojos inocentes. Cuántos orgullosos han caído rendidos a sus plantas, desarmados por la mansedumbre que traslucen sus pupilas. Cuántos ánimos frágiles ante el mal se han armado de bravura y han vencido al tentador al recordar que Ella les miraba.

Cuántas veces la sola mirada de María fue sin duda bálsamo sobre el desgarrado corazón de algún vecino atribulado. Cuántas fue fuente de paz y consuelo que barrió de angustias el interior de algún contrariado pariente. Cuántas, esos luceros de su rostro, fueron luz cálida, manto que arropó de piedad e intercesión las almas atenazadas por el frío del pecado. Y cuántas siguen siendo aún todo eso y más para muchos de nosotros.

El ver las estrellas / me cause enojos, / pero vuestros ojos /más lucen que ellas, escribió con tino Lope de Vega. Es sumamente consolador saber que tendremos toda la eternidad para contemplar, sin cansancio ni aburrimiento, los hermosos ojos de María. Asomarse a ellos es asomarse a la maravilla más excelsa salida de las manos de Dios.

María fue su obra maestra. En Ella el Creador se lució. Ella es, en palabras de Pio IX, Aun inefable milagro de Dios; es más, es el más alto de todos los milagros y digna Madre de Dios. Pablo VI la describe como Ala mujer vestida de sol, en la que los rayos purísimos de la belleza humana se encuentran con los sobrehumanos, pero accesibles, de la belleza sobrenatural. Sin embargo, no hay que esperar a llegar al cielo para recrearnos en su contemplación.

Podemos desde ahora, con la fe, mirar sus ojos y sostener su mirada portentosa.
Pero me temo que muchos de nosotros somos incapaces de sostener una mirada tan luminosa. Nos molesta el chorro de luz que el alma pura de María despide a través de sus ojos y de todo su ser. Nuestras pupilas, tan acostumbradas quizá a las oscuridades de la impureza y del pecado, no soportan semejante claridad. A lo mejor no queremos que esa mirada materna desenmascare y purifique nuestra alma llena de barro. Porque no estamos dispuestos a dejar que en ella penetre la gracia de Dios y la limpie y la ordene y la santifique.

Todo eso cuesta mucho. El precio de la pureza es elevado, sólo las almas ricas pueden pagarlo. Ricas en amor, en generosidad, en desprendimiento de sí y de los placeres desordenados.

Sólo esas almas disfrutarán ya en la tierra del gozo espiritual incomparablemente más sublime, profundo y duradero que el más refinado placer corporal. Sólo ellas experimentarán la libertad interior del que no está encadenado por los instintos del cuerpo. Y sólo ellas gozarán de la bienaventuranza de la visión de Dios por toda la eternidad.

María ha sido la creatura más pura y por eso también la más auténticamente feliz y satisfecha, la más libre de espíritu, la mejor dispuesta para ver a Dios y saborear esa deliciosa visión con una intensidad inigualable.





--------------------------------------------------------------------------------
Catholic.net

lunedì 2 febbraio 2009

María presenta a su Hijo


María presenta a su Hijo

Fuente: Catholic.net
Autor: Catholic.net

Hoy celebramos una fiesta muy hermosa: la purificación de María y la presentación del Niño en el templo. En esta fiesta se dan la mano la humildad de María y el amor a la misión de Cristo. Ni María necesitaba ofrecerse al Padre, pues toda su vida no tenía otro sentido, otra finalidad distinta de la de hacer la voluntad de Dios. Ojalá aprendamos en este día estos dos aspectos tan bellos: la humildad y el sentido de la consagración, como ofrecimiento permanente a Dios ... Humildad que es actitud filial en manos de Dios, reconocimiento de nuestra pequeñez y miseria. Humildad que es mansedumbre en nuestras relaciones con el prójimo, que es servicialidad, que es desprendimiento propio.

María, como Cristo, quiso cumplir hasta la última tilde de la ley; por eso se acerca al templo para cumplir con todos las obligaciones que exigía la ley a la mujer que había dado a luz su primogénito.

Este misterio, como los demás de la vida de Cristo, entraña un significado salvífico y espiritual.

Desde los primeros siglos, la Iglesia ha enseñado que en el ofrecimiento de Cristo en el templo también estaba incluido el ofrecimiento de María. En esta fiesta de la purificación de María se confirma de nuevo su sí incondicional dado en la Anunciación: “fiat” y la aceptación del querer de Dios, así como la participación a la obra redentora de su hijo. Se puede, pues, afirmar que María ofreciendo al Hijo, se ofrece también a sí misma.

María hace este ofrecimiento con el mismo Espíritu de humildad con el que había prometido a Dios, desde el primer momento, cumplir su voluntad: “he aquí la esclava el Señor”.

Aunque la Iglesia, al recoger este ejemplo de María, lo refiere fundamentalmente a la donación de las almas consagradas, sin embargo, tiene también su aplicación para todo cristiano. El cristiano es, por el bautismo, un consagrado, un ofrecido a Dios. “Sois linaje escogido, sacerdocio regio y nación santa” (1Pe 2, 9). Más aún, la presencia de dios por la gracia nos convierte en templos de la Trinidad: pertenecemos a Dios.

La festividad debe recordarnos la decisión de cumplir la voluntad de Dios con Espíritu de humildad: somos creaturas de Dios y nuestra santificación depende de la perfección con que cumplamos su santa voluntad. (Cfr 1Ts 4, 3).

Conforme al mandato de la ley y a la narración del evangelio, pasados cuarenta días del nacimiento de Jesús, el Señor es presentado en el templo por sus padres. Están presentes en el templo una virgen y una madre, pero no de cualquier criatura, sino de Dios. Se presenta a un niño, lo establecido por la ley, pero no para purificarlo de una culpa, sino para anunciar abiertamente el misterio.

Todos los fieles saben que la madre del Redentor desde su nacimiento no había contraído mancha alguna por la que debiera de purificarse. No había concebido de modo carnal, sino de forma virginal....

El evangelista, al narrarnos el hecho, presenta a la Virgen como Madre obediente a la ley. Era comprensible y no nos debe de maravillar que la madre observara la ley, porque su hijo había venido no para abolir la ley, sino darle cumplimiento. Ella sabía muy bien cómo lo había engendrado y cómo lo había dado a luz y quien era el que lo había engendrado. Pero, observando la ley común, esperó el día de la purificación y así ocultó la dignidad del hijo.


¿Quién crees, oh Madre, que pueda describir tu particular sujeción? ¿Quién podrá describir tus sentimientos? Por una parte, contemplas a un niño pequeño que tu has engendrado y por otra descubres la inmensidad de Dios. Por una parte, contemplamos una criatura, por otra al Creador. (Ambrosio Autperto, siglo VIII, homilía en la purificación de Santa María).


¡Oh tú, Virgen María, que has subido al cielo y has entrado en lo más profundo del templo divino! Dígnate bendecir, oh Madre de Dios, toda la tierra. Concédenos, por tu intercesión un tiempo que sea saludable y pacífico y tranquilidad a tu Iglesia; concédenos pureza y firmeza en la fe; aparta a nuestros enemigos y protege a todo el pueblo cristiano. Amén. (Teodoro Estudita, siglo VIII)



Meditación del Papa Juan Pablo II Presentación de Jesús en el Templo Audiencia General del miércoles 20 de junio de de 1990








--------------------------------------------------------------------------------
Catholic.net

Que nunca nos falte María

Que nunca nos falte María

Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García, Misionero Claretiano


Una hermosa canción a la Virgen empieza con estas palabras:

Tú eres, María, la Madre de Dios; Tú eres la Madre que Cristo nos dio.

Palabras tan sencillas, que las dice un niño. Palabras tan profundas, que no las sobrepasa el mayor teólogo.

No se puede decir nada más de la Virgen, ni tampoco se puede decir menos. Esas palabras resumen y nos dan todo lo que se ha dicho, se dice y se puede decir de María. María es totalmente Madre: Madre de Dios y Madre nuestra.

En los designios de Dios, Jesucristo fue la primera idea que Dios tuvo en la creación. Todo lo hizo en orden a su Hijo, que un día se haría hombre.

Jesucristo, ¿sería hombre verdadero? ¿no iba a ser un engaño? ¿tenía que ser hermano nuestro?...

Entonces, tenía que tener nuestra misma naturaleza. Tenía que ser un descendiente de Adán. Tenía que nacer de una mujer. Y María fue la elegida para ser la Madre del Dios hecho hombre.

¡Y cómo se quiso lucir Dios en su Madre! ¡Cómo se la preparó! ¡Cómo la preservó de toda mancha de pecado! ¡Cómo la quiso siempre Virgen, para no compartir con nadie su paternidad divina! La hizo totalmente pura, totalmente hermosa, totalmente agraciada. La hizo --es palabra de Dios en el Evangelio-- la llena de gracia, la bendita entre todas las mujeres.

Pero Dios hizo algo más en María. Al hacerla Madre suya, María se convirtió también en Madre de todos los redimidos, en la Madre espiritual de todos los hombres. ¿Cómo es esto?...

Jesús, en el momento supremo de la Redención, en el Calvario, la proclama sin atenuantes Madre nuestra.
- Mujer, ahí tienes a tu hijo. Y tú, Juan, ahí tienes a tu madre.

Para entender el pensamiento de Jesús, vamos nosotros ahora a hacerle a hablar a Él desde la cruz en que está agonizando. Que nos explique su intención. Y oímos que dice a su Madre:
- ¡Mujer! ¡María! ¡Madre! Tú no tienes más que un hijo, yo, tu Jesús. Pero yo, tu Jesús, no soy una cabeza sin miembros. Soy un Jesús entero. Soy la cabeza y soy todos mis miembros. Estos miembros míos son la multitud de hombres y de mujeres que yo he conquistado con mi sangre. Si yo soy tu Hijo, tu Jesús, también tú eres entonces la Madre de todos ellos, porque yo y ellos no somos más que un Jesús, uno solo, el que tú concebiste en tus entrañas: a mí me llevaste físicamente; a ellos, espiritualmente, porque ellos y yo somos el único Jesús, tu Jesús.

La Iglesia de Jesucristo ha creído siempre esto, y esto es lo que sentimos nosotros. ¡Somos hijos de María, porque somos un solo Cristo con Jesús!... Y María, entonces, es intercesora nuestra ante Jesucristo y ante el Padre. Es Abogada nuestra. Porque nos ama con Corazón de Madre.

María, por otra parte, siendo Ella también una redimida por Jesucristo, aunque de una manera tan singular, ha sido ya glorificada plenamente en el Cielo, hecha por Dios el Modelo de la Iglesia en la peregrinación de la fe, e Imagen de nuestra glorificación final.

María va a ocupar un lugar muy distinguido en nuestros mensajes, nacidos del amor y que nos llevarán al amor de nuestra Madre, a la que decimos ya desde ahora:
- Quiero cantarte María, - como canta el ruiseñor. - Tú, adivina en cada nota - el latir del corazón.

Al fin y al cabo, no vamos a hacer sino cumplir la profecía y el encargo del Evangelio, de llamarla ¡Dichosa!, porque, como dijo Ella inspirada por el Espíritu, todas las gentes me llamarán bienaventurada.

La devoción a María ha sido considerada siempre en la Iglesia como una señal segura de salvación.
No se equivoca ciertamente la piedad cristiana cuando piensa así.

Porque nunca se pierde nadie que se ve estrechado por los brazos de la madre.

Eso de que Jesús nos entregara a María como hijos cuando Él pendía de la cruz, no era un gesto vacío de significado. Si Jesús nos la daba por Madre, ¿de qué nos iba a servir si no se empeñaba Ella en el negocio de nuestra salvación?

Convencidos de esta realidad, nosotros la veneramos, la invocamos, la obsequiamos, la amamos con todo el corazón. Así lo hemos hecho desde niños y así lo haremos siempre. Si María es nuestra Madre, no necesitamos razones para perdernos de amores por Ella...

¿Y cómo nos responde María?...
Corre por ahí el cuento de la princesa oriental, en la India misteriosa.

Junto a su castillo de oro se halla el hermoso jardín. Pero un día empezaron a marchitarse las flores, a secarse las plantas, a desaparecer el césped, a cubrirse de lodo las acequias, a cegarse las fuentes. Los pájaros ya no anidaban en los árboles ni cantaban por el cielo azul. Había desaparecido toda belleza. Y todo..., porque la hermosa princesa dejó de visitar el jardín. Los criados fueron a decirle acongojados:
- ¡El jardín se muere! ¿Por qué no regresas a él?...

La princesa linda volvió a pasear entre la maleza, la suciedad y el desorden, y el jardín recobró su antiguo esplendor y todos sus encantos.

Esto será María en nuestros mensajes. Porque hablar de María, rezar a María, cantar a María, estar con María, es hacer presente a la gentil Princesa en el jardín del corazón. ¡Y cómo se conserva lleno de poesía, si nunca se ausenta de él la Virgen y lo cuida con sus delicadas manos!....




Preguntas o comentarios al autor P. Pedro García Cmf








--------------------------------------------------------------------------------
Catholic.net

giovedì 1 gennaio 2009

Santa María Madre de Dios


01 Enero
--------------------------------------------------------------------------------



Santa María Madre de Dios




Es el mejor de los comienzos posibles para el santoral. Abrir el año con la solemnidad de la Maternidad divina de María es el mejor principio como es también el mejor colofón. Ella está a la cabeza de todos los santos, es la mayor, la llena de Gracia por la bondad, sabiduría, amor y poder de Dios; ella es la cumbre de toda posible fidelidad a Dios, amor humano en plenitud. No extraña el calificativo superlativo de "santísima" del pueblo entero cristiano y es que no hay en la lengua mayor potencia de expresión. Madre de Dios y también nuestra... y siempre atendida su oración.


Los evangelios hablan de ella una quincena de veces, depende del cómputo que se haga dentro de un mismo pasaje, señalando una vez o más.


El resumen de su vida entre nosotros es breve y humilde: vive en Nazaret, allá en Galilea, donde concibió por obra del Espíritu Santo a Jesús y se desposó con José.


Visita a su parienta Isabel, la madre del futuro Precursor, cuando está embarazada de modo imprevisto y milagroso de seis meses; con ella convive, ayudando, e intercambiando diálogos místicos agradecidos la temporada que va hasta el nacimiento de Juan.


Por el edicto del César, se traslada a Belén la cuna de los mayores, para empadronarse y estar incluida en el censo junto con su esposo. La Providencia hizo que en ese entonces naciera el Salvador, dándolo a luz a las afueras del pueblo en la soledad, pobreza, y desconocimiento de los hombres. Su hijo es el Verbo encarnado, la Segunda Persona de Dios que ha tomado carne y alma humana.


Después vino la Presentación y la Purificación en el Templo.


También la huída a Egipto para buscar refugio, porque Herodes pretendía matar al Niño después de la visita de los magos.


Vuelta la normalidad con la muerte de Herodes, se produce el regreso; la familia se instala en Nazaret donde ya no hay nada extraordinario, excepción hecha de la peregrinación a Jerusalén en la que se pierde Jesús, cuando tenía doce años, hasta que José y María le encontraron entre los doctores, al cabo de tres días de angustiosa búsqueda.


Ya, en la etapa de la "vida pública" de Jesús, María aparece siguiendo los movimientos de su hijo con frecuencia: en Caná, saca el primer milagro; alguna vez no se le puede aproximar por la muchedumbre o gentío.


En el Calvario, al llegar la hora impresionante de la redención por medio del cruentísimo sufrimiento, está presente junto a la cruz donde padece, se entrega y muere el universal salvador que es su hijo y su Dios.


Finalmente, está con sus nuevos hijos _que estuvieron presentes en la Ascensión_ en el "piso de arriba" donde se hizo presente el Espíritu Santo enviado, el Paráclito prometido, en la fiesta de Pentecostés.


Con la lógica desprendida del evangelio y avalada por la tradición, vivió luego con Juan, el discípulo más joven, hasta que murió o no murió, en Éfeso o en Jerusalén, y pasó al Cielo de modo perfecto, definitivo y cabal por el querer justo de Dios que quiso glorificarla.


Dio a su hijo lo que cualquier madre da: el cuerpo, que en su caso era por concepción milagrosa y virginal. El alma humana, espiritual e inmortal, la crea y da Dios en cada concepción para que el hombre engendrado sea distinto y más que el animal. La divinidad, lógico, no nace por su eternidad.


Al tiempo que es Dios, es hombre. Alta teología clasifica lo irrepetible de su ser, afirmando dos naturalezas en única personalidad. El Dios infinito, invisible, inmenso, omnipotente en su naturaleza es ahora pequeño, visible, tan limitado que necesita atención. Lo invisible de Dios se hace visible en Jesús, lo eterno de Dios entra con Jesús en la temporalidad, lo inaccesible de Dios es ya próximo en la humanidad, la infinitud de Dios se hace limitación en la pequeñez, la sabiduría sin límite de Dios es torpeza en el gemido humano del bebé Jesús y la omnipotencia es ahora necesidad.


María es madre, amor, servicio, fidelidad, alegría, santidad, pureza. La Madre de Dios contempla en sus brazos la belleza, la bondad, la verdad con gozoso asombro y en la certeza del impenetrable misterio.







--------------------------------------------------------------------------------

oremos





Santa María Madre de Dios

Himno

Lucero del alba,
Aurora estremecida,
Luz de mi alma,
Santa María.

Hija del Padre,
Doncella en gracia concebida,
Virgen y madre,
Santa María.

Flor del Espíritu,
Ave, blancura, caricia,
Madre del Hijo,
Santa María.

Llena de ternura,
Bendita entre las benditas,
Madre de todos los hombres,
Santa María. Amén


Oración

Señor Dios, que por la maternidad virginal de María, has dado a los hombres los tesoros de la salvación, haz que sintamos la intercesión de la Virgen Madre, de quién hemos recibido al autor de la vida, Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro. Que vive y reina contigo.-


Nota:
1 de enero (Santa María Madre de Dios): "Jornada por la Paz": Jornada
mundial (pontificia). Celebración de la liturgia del día; alusión en la
monición de entrada y en la homilía; intención en la Oración de los
Fieles.

FIN DE LA OCTAVA DE NAVIDAD

En Occidente el 1 de enero es un día para felicitarse: es el inicio
del año civil. Los fieles están envueltos en el clima festivo del comienzo
del año y se intercambian, con todos, los deseos de "feliz año".

Sin embargo, deben saber dar a esta costumbre un sentido cristiano
y hacer de ella casi una expresión de piedad. Los fieles saben que "el
año nuevo" está bajo el señorío de Cristo y por eso, al intercambiarse
las felicitaciones y deseos, lo ponen, inplícita o explícitamente, bajo el
dominio de Cristo, a quien pertenecen los días y los siglos eternos
(cf. Ap 1,8; 22,13).
(Directorio, n. 116)

En algunos lugares, sobre todo en comunidades monásticas y
en asociaciones laicales marcadamente eucarísticas, la noche del
31 de diciembre tiene lugar una vigilia de oración que se suele concluir
con la celebración de la Eucaristía.

Se debe alentar esta vigilia,
y su celebración tiene que estar en armonía con los contenidos
litúrgicos de la octava de la Navidad, vivida no sólo como una reacción
justificada ante la despreocupación y disipación con la que la
sociedad vive el paso de un año a otro, sino como ofrenda vigilante
al Señor de las primicias del nuevo año.
(Directorio, n. 114)
Jornadas especiales: Jornada mundial de la paz
Día de precepto


http://www.evangeliodeldia.org/www/main.php?language=SP&localTime=01/01/2009#

La más tierna de las madres y la más poderosa de las reinas

La más tierna de las madres y la más poderosa de las reinas


Fuente: Catholic.net
Autor: P. Sergio Córdova LC



El sacerdote y escritor español José Luis Martín Descalzo narra en una de sus obras: «Recuerdo que hace ya muchos años, me encontraba desayunando en la cafetería de un hotel de Roma. Se me acercó una chica japonesa, y me preguntó si yo era sacerdote. Le respondí que sí, y entonces me dijo a bocajarro:

–“¿Podría usted explicarme quién es la Virgen María?”. Sus palabras me sorprendieron tanto que sólo supe responder: –“¿Por qué me hace esa pregunta?”. Y aún recuerdo sus ojos tan conmovidos cuando me explicó: –“Es que ayer oí rezar por primera vez el Avemaría, y no sé por qué me he pasado toda la noche llorando”. Y entonces tuve que explicarle que también yo necesitaría pasarme muchas noches llorando para poder responder a esa pregunta....».

Y para ti, querido amigo, ¿quién es la Virgen María?... La solemnidad del día de hoy nos da una respuesta, que corresponde a uno de los muchos títulos de María Santísima:

1) María es la Madre de Dios.

¡Tantas veces lo hemos escuchado y lo rezamos cada día que tal vez ya nos hemos acostumbrado! Debido a nuestra educación y al ambiente en el que vivimos, tal vez ya no nos impresiona ni nos dice nada –como sucede, tristemente, con tantas otras verdades y misterios de nuestra fe—. A fuerza de repetir las cosas, nos hemos arrutinado e insensibilizado.

Pero no era así para los cristianos de los primeros siglos de la Iglesia. Les parecía algo increíble, inaudito y –si me permiten la expresión— algo apoteósico. ¿Cómo era posible que una criatura humana pudiera ser la madre del Dios infinito y omnipotente? Eso sólo cabía en los mitos paganos y en los círculos heréticos de la religión politeísta. Y tanto era así que insignes teólogos de entonces se opusieron rotundamente a esta afirmación. Y cuando no aceptaron la doctrina de la Iglesia, se convirtieron en “herejes”: Arrio, Nestorio y otros.

¡María Santísima es realmente la Madre de Dios! Así lo había revelado Dios mismo en la Sagrada Escritura y lo ratificaban los Santos Padres y los Concilios de la Iglesia. Fue en Éfeso, el año 431, cuando se proclamó solemnemente a María como la “Theotókos”, la que engendró a Dios. Y después de once siglos exactos, el año 1531, María de Guadalupe se aparecía en México al indio Juan Diego, diciéndole: “Juanito, el más pequeño de mis hijos, sabe y ten entendido que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive”.

María ha engendrado al Hijo de Dios y Dios ha nacido de las entrañas purísimas de María porque Él así lo ha querido. El Verbo se hizo carne en María y así pudo habitar entre nosotros, para redimirnos y realizar el plan de salvación. Gracias a ella, Dios ha podido hacer nuevas todas las cosas.

Como afirma bellamente san Anselmo: “Dios, a su Hijo, el único engendrado de su seno igual a sí, al que amaba como a sí mismo, lo dio a María; y de María se hizo un hijo, no distinto, sino el mismo, de suerte que por naturaleza fuese el mismo y único Hijo de Dios y de María.

Toda la naturaleza ha sido creada por Dios, y Dios ha nacido de María. Dios lo creó todo, y María engendró a Dios. Dios, que hizo todas las cosas, se hizo a sí mismo de María; y así rehizo todo lo que había hecho. El que pudo hacer todas las cosas de la nada, una vez profanadas, no quiso rehacerlas sin María. Por eso, Dios es padre de las cosas creadas y María es madre de las cosas recreadas. Dios es padre de la creación y María es madre de la universal restauración”.

2) Y María, por ser la Madre de Dios, es también todopoderosa como Medianera.

San Bernardo y los Santos Padres solían llamarla “Omnipotentia supplex”, la Omnipotencia suplicante. Porque es la más poderosa de las reinas y la más eficaz de las intercesoras. En Caná arrancó a su Hijo el primer milagro “cuando aún no había llegado su hora”. Y puede hacer siempre lo mismo, si acudimos a ella con fe, con confianza y amor filiales, pues una madre no niega nada a un hijo.

Los siglos XV y XVI fueron una gravísima amenaza para la cristiandad. Los turcos arrasaban Europa con la pretensión de conquistarla para el Islam (hoy también se cierne un peligro no muy diferente). Y entonces el Papa Pío V armó a la Iglesia con el santo Rosario para la defensa de la civilización cristiana. El 7 de octubre de 1571 la flota cristiana presentó batalla a los turcos en Lepanto. La victoria fue clamorosa. Por eso el sultán Solimán decía: "Le tengo más miedo a las oraciones del Papa que a los ejércitos europeos". ¡A las oraciones a María Santísima!

Fátima, Lourdes, persecución de la Iglesia en el siglo XX y XXI... Las cosas no han cambiado demasiado. Y María sigue siendo hoy y siempre el “Auxilio de los cristianos”.

3) María es también mi Madre.

Entonces, con María, ¡estamos seguros, somos poderosos! San Estanislao de Kotska solía repetir, lleno de ternura y emoción: “¡La Madre de Dios es también mi madre!”. Y en esta expresión encerraba toda su relación íntima, personal y afectiva con María Santísima. Un amor mutuo que enlazaba ambos corazones y en él se sentía acogido y protegido.

“Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sobra? ¿No estás por ventura, en mi regazo?”… Ya sabemos de quién son estas palabras. ¡Todos necesitamos de una madre, necesitamos de María! Sobre todo en los momentos difíciles de la vida, en la aflicción, en la soledad, en la tribulación. Ella nos consolará, nos confortará, nos acompañará en el camino de la vida hasta llegar al cielo, a la presencia adorable de su bendito Hijo.

Por eso, en este día en que iniciamos el Año nuevo y en el que celebramos la solemnidad de la Madre de Dios, acudamos a nuestra Madre santísima, postrémonos ante ella, acojámonos en su regazo maternal y, con todo el afecto de nuestro corazón, consagrémosle todo nuestro ser.

¡Ella es la más tierna de las madres y la más poderosa de las reinas! Con ella todo lo podemos. Pidámosle con todas las veras de nuestra alma lo que traigamos en lo más íntimo de nuestro corazón y ella nos lo concederá. Y ojalá que nosotros también podamos decir, como el Papa Juan Pablo II: “Totus tuus, Maria, ego sum!”, “Todo tuyo, María, yo soy!”.




Preguntas o comentarios al autor P. Sergio Cordova LC



--------------------------------------------------------------------------------
Catholic.net