ARTICULOS DE LA SAGRADA BIBLIA Y LA VIDA CRISTIANA

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mercoledì 15 aprile 2009

Año del Apóstol San Pablo-El amor fraterno. Insistencia continua


73. El amor fraterno. Insistencia continua

Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misionero Caretiano.

El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente.

En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano.

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La carta de Pablo a los Filipenses -encantadora de principio a fin-, tiene un párrafo sobre el amor como encontraremos pocos en toda la Biblia del Nuevo Testamento.

Pablo está preso en Roma. Y a pesar de sus cadenas, puede escribir como en años atrás a los de Corinto: “Sobreabundo de gozo en medio de todas mis tribulaciones” (2Co 7,4) Lo demuestra palpablemente esta carta a los de Filipos.

Sin embargo, algo le falta a Pablo para que su alegría sea total, y es el estar seguro de que sus queridos filipenses se aman ardientemente unos a otros. Y así, les escribe:

“Si me pueden dar algún consuelo en Cristo, si algún refrigerio de amor, si alguna comunicación del Espíritu, si alguna ternura y misericordia, colmen mi alegría” (Flp 2,1)

Leída esta introducción, pudieron prensar los lectores de la carta cuando la recibieron:

- ¿A dónde irá Pablo con estas palabras? ¿Qué nos querrá pedir? Acabamos de enviarle dinero para que se alivie. ¿Qué más necesitará, y que no se atreve a decirlo?

Se les aclara el misterio cuando siguen leyendo:

“Quieren de veras colmar mi alegría? Pues, cólmenla teniendo un mismo sentir, un mismo amor, un mismo ánimo, y buscando todos lo mismo. No busquen el propio interés, sino el de los demás” (2,2-4)

Los filipenses pudieron exclamar:

- ¡Al fin se descuelga Pablo, y vemos adónde va! A lo de siempre, a que nos amemos los unos a los otros. Por algo nos ha dicho unas líneas antes:

“Le pido a Dios en mis oraciones que ese amor que ya se tienen crezca cada vez más en conocimiento y en toda experiencia”, siendo cada vez más efectivo (1,9)

Los lectores habían escuchado al principio cómo Pablo les amaba a ellos entrañablemente, pues les decía:

“Testigo me es Dios de cuánto los quiero a todos ustedes, con afecto entrañable en Cristo Jesús” (1,8)

Sin embargo, a Pablo le faltaba decir algo más:
- No me tomen a mí como el mejor modelo, pues hay alguien que me gana con mucho. ¿Quieren amarse entre ustedes tan entrañablemente como los amo yo? Piensen en el Señor Jesús. Y para eso les digo: “Tengan en ustedes los mismos sentimientos que Cristo” (2,5)

Era la última palabra que Pablo podía decir sobre el amor. Amar con el mismo amor de Cristo, y con los mismos sentimientos con que Cristo ama a todos, es fundamentar el amor en un terreno inamovible.

Aunque Pablo tampoco se inventaba nada nuevo, pues mucho antes que él lo había dicho el mismo Jesús en aquella sobremesa inolvidable:
“Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15,12) En el amor y los sentimientos de Cristo está la norma suprema del amor cristiano.

Cuando escribió Pablo todo esto a los de Filipos, hacía varios años ya que había escrito aquel himno insuperable a la caridad del capítulo trece en la primera a los de Corinto. Esto nos hace ver que el amor entre los hermanos es no sólo importante en el cristianismo, sino que toca la misma esencia de nuestra fe.

Quien ama, es cristiano.
Quien no ama, de cristiano verdadero no tiene nada.

A lo largo de todas sus cartas -de todas sin excepción-, Pablo va sembrando semillas que hacen germinar el amor en todas las Iglesias. Unas veces se mete en doctrina profunda, como la del Cuerpo Místico de Cristo.

Otras veces baja a detalles concretos de la vida, al parecer mínimos, pero que hacen de la caridad algo vivo -“existencial”, que decimos hoy-, de modo que nadie pueda llevarse a ilusiones tontas. Al considerar esos detalles, uno se llega a decir lo del refrán: “Realmente, que obras son amores, y no buenas razones”.

Entre los principios doctrinales del amor fraterno señalados por Pablo, cabe citar como primero la paternidad de Dios.
-¿Es Dios nuestro Padre? ¿Es Padre de todos?

Indudable, pues escribe Pablo:
“No tenemos más que un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos” (Ef 4,6)

Con Padre semejante, es inconcebible que sus hijos, hermanos todos, no se tengan amor, pues destrozarían el corazón del Padre y sería imposible formar la familia de Dios. Luego todos nos tenemos que amar.

Jesucristo, por otra parte, ha formado con todos los bautizados su Cuerpo Místico. Cristo es la Cabeza, y todos los cristianos sus miembros, hasta poder escribir Pablo:
“Todos los bautizados en Cristo, ustedes, ya no son sino uno en Cristo Jesús”, “pues todos somos miembros los unos de los otros” (Gal 3,27-28. Ef 4,25)

Siendo el Espíritu Santo el alma del Cuerpo Místico, al amarnos colaboramos con el Espíritu a la formación de todo el Cuerpo; si dejáramos de amarnos, destruiríamos la obra del Espíritu.

En lógica rigurosa, mirando a Padre, a Jesucristo, y al Espíritu Santo, quien no ama a un hermano deja de amar a Cristo, y deja de amarse a sí mismo.
Sin amor fraterno, por riguroso que parezca, no puede haber ni salvación.
Por el contrario, quien ama está y estará siempre en el seno y en el corazón de Dios.

Pablo no se cansa de cantar bellezas incomparables del amor:

“¡Dios mismo les ha enseñado a amarse mutuamente!”, dice a los de Tesalónica (1ª,4,9)
“¡Caminen siempre en el amor, igual que Cristo nos ha amado a todos!”, encarga a los de Éfeso (5,2)
“¡Vivan el amor, que es fruto del Espíritu!” (Gal 5, 22)

“¡Ámense hondamente los unos a los otros!”, les insiste a los de Roma. “Con ello habrán cumplido toda la ley” (12,10; 13.8)

Aunque lo mayor del amor nos lo dijo Pablo de aquella manera inolvidable al acabar el sin igual capítulo trece de los Corintios:

Todo pasará. Lo único que durará eternamente es el amor. El amor es lo más grande de todo.






74. Trivialidades de la vida. La virtud cristiana

Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misinonero Claretiano



¿Podemos engañarnos al leer a San Pablo?...
A estas horas estamos acostumbrados a contemplar a Pablo como un ser excepcional, casi como un fenómeno extraterrestre, por tantas cosas de su vida legendaria y por unas doctrinas tan elevadas que nos dejan pasmados.

Si pensáramos así, estaríamos muy equivocados, ciertamente. Pablo, el de las grandes alturas, era un hombre que tenía muy asentados los pies en tierra. Sabía que la vida del cristiano es la normal de todo hombre. Lo único que Pablo quería es que el cristiano fuera extraordinario en lo ordinario de cada día.

Algunos textos de sus cartas son desconcertantes, precisamente por lo sencillo que enseñan y piden.
Pablo nos puede preguntar: ¿Cómo quieren conseguir el Reino de Dios? ¡Es tan fácil!
“Ya sea que coman, que beban, o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios” (1Co 10,31)
“Porque el Reino de Dios es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Pues quien sirve así a Cristo se hace agradable a Dios y es aprobado por los hombres” (Ro 14,17-18).
“Por lo mismo, estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, estén siempre alegres” (Flp 4,4)

Cualquiera que lea estas normas de proceder, podría decirse: ¿A eso se reduce todo?... Pues, sí. Esto es la vida cristiana. Y esto era Pablo, aunque parezca lo contrario. Tanto es así, que se atreve a decir repetidamente:

“Les ruego que sean mis imitadores…, como yo lo soy de Cristo”.
“Porque ya saben cómo deben imitarnos, pues estando entre ustedes no vivimos desordenadamente” (1Co 4,16; 11,1. 2Ts 3,7)

Pablo es capaz de dar semejantes consejos porque tiene conciencia de proceder igual que hacía el Señor Jesús, el Hombre dechado de toda perfección, “el primer caballero del mundo”, como ha sido atinadamente definido.

Modernamente, en cualquier sistema de educación, se le da mucha importancia a la formación en las virtudes humanas, como son la educación, la sinceridad, el culto a la verdad, el sentido de justicia, el respeto a los demás. Eso está magnífico. Por eso, si se quiere tener al cristiano convertido en un santo o una santa, lo mejor es empezar por hacer de él todo un caballero o toda una dama. La gracia de Dios trabaja magníficamente sobre los valores humanos.

Pensando en esto, Pablo tiene un consejo a sus queridos Filipenses que pasa como de lo más fino salido de su pluma, y que se repite tantas veces:

“Tengan en sumo aprecio todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo lo que signifique virtud o valor.
“Pongan por obra todo cuanto han aprendido y recibido y oído de mí. De este modo, el Dios de la paz estará con ustedes” (Flp 4,8-9)

San Pablo, que quiere a los cristianos verlos convertidos en los mejores hombres y en las mujeres más bellas y queridas, sigue dando normas tan simples como prácticas.
“Detesten el mal y apéguense al bien”, “siendo sensatos para todo lo bueno y cautos ante cualquier cosa mala” (Ro 12,9; 16,19)

Y concretiza su pegunta: ¿Quieren hacer siempre el bien y que nunca les domine el mal? Les doy una norma muy sencilla, cara a Dios y cara a los hombres:

“Manténganse fervorosos, sirviendo al Señor; perseveren en la oración; compartan sus bienes con los demás; alégrense con los que están alegres, y acompañen en su dolor a los que lloran” (Ro 12,11-15)
Y en las dificultades, no tengan miedo:
“Manténganse firmes en la fe, ¡sean hombres!, muéstrense firmes” (1Co 16,13)

¿Nos damos cuenta? Todo lo que dicta Pablo son prácticamente virtudes humanas, pero que la gracia y el amor elevan a las alturas de Dios. Como nos ha dicho antes San Pablo, esto era la vida de Jesús, el que ahora se propone como el modelo supremo, y del que Pablo es un gran imitador.

Jesucristo es el tipo de toda perfección, y Dios Padre, dice Pablo, lo ofrece a la Iglesia como el espejo en quien mirarse, lo mismo cara al cielo que cara a la vida humana en la tierra:

“Dios predestinó de antemano a todos los que eligió a salir conformes a la imagen de su Hijo” (Ro 8,29)

Este ideal se ha vivido siempre en la Iglesia con grandes ilusiones y ha producido figuras de santidad excelsas.
Por ejemplo, un Vicente de Paúl, que antes de realizar cualquier cosa, hasta la más simple, se preguntaba:

- ¿Qué haría aquí y ahora Cristo, si estuviera en mi lugar?... Naturalmente, Vicente de Paúl salió un retrato maravilloso de Jesucristo.

Esto es lo que significa esa expresión tan repetida por Pablo: “Revestirse de Cristo”, como cuando escribe a los de Galacia: “Todos cuantos se han bautizado en Cristo se han revestido de Cristo” (Gal 3,27)

Los primeros cristianos sabían muy bien esto de Pablo y se comparaban con los filósofos griegos o romanos, que solían vestirse de toga apropiada a su profesión.
Un escritor cristiano de entonces, lo expresaba con palabras que se han hecho clásicas en la Iglesia:

“Nosotros demostramos nuestra sabiduría cristiana no por la toga ni otro hábito, sino por nuestra fe y doctrina; no peroramos cosas elocuentes, sino que las vivimos” (Minucio Félix)

Hoy Pablo se nos ha puesto a nuestra altura. Se ha quedado en lo trivial de la vida. Pero nos ha dicho, y lo hemos entendido muy bien, que el cristiano es un hombre como los demás, que hace las cosas de los demás, pero que vive y hace todo de manera diferente que los demás. bPorque todo lo hace igual que Jesucristo, y ahí está lo extraordinario de la vida ordinaria del segador de Jesucristo…






75. Filemón. Sembrando la libertad

Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misionero Claretiano.



Pablo, prisionero en la propia casa que tiene alquilada en Roma, y donde recibe a tantos visitantes, un día queda sorprendido:

- ¿Cómo? ¿Así que tú vienes de Colosas? ntonces, conoces a mi amigo Filemón, ¿no es así?

El joven visitante tiembla de pies a cabeza.
- Sí, te conocí en su casa, y ahora vengo con mucho miedo. Me llamo Onésimo. Mi amo Filemón te quería mucho desde que tú le enseñaste tu nueva religión.

- ¿Onésimo? ¿Éste es el nombre que te puso tu amo? ¿Le eras de mucho provecho?... Pablo se da cuenta de lo que es este joven, pues los amos ponían el nombre a los esclavos según se presentaban por sus cualidades. Y Onésimo en griego significa “provechoso”.

- ¿Qué te pasa, pues, Onésimo? Explícamelo todo.

- Mira, Pablo, yo soy un esclavo, le robé a mi amo, me escapé de su casa y he venido huyendo hasta Roma. Mi amo ha debido dar parte a la policía, y seguro que me están buscando. Si caigo en sus manos, ya sabes lo que me espera: me marcarán en la frente con hierro rusiente la F de “fugitivo”, y me condenarán de por vida a la rueda de molino o a trabajar en las minas, si es que no me matan con azotes o en la cruz.
Aunque mi amo a lo mejor no hará esto, porque desde que está en tu religión es muy bueno. Como en Colosas todos saben que estás preso en Roma, te he buscado y por eso vengo.

Pablo adivina toda la tragedia del joven esclavo, ¡y qué le toca hacer! Pues, ayudarlo. Y lo va a hacer con enorme amor y con eficacia sorprendente. Le bastan unas pocas líneas, una carta breve, pues se lee de un tirón en dos o tres minutos.

Esta carta es un escrito genial, y se ha dicho de ella que es “una obra artística de discreción y cortesía…; el principio de la declaración de los derechos del hombre…; una carta con la cual no resiste comparación ningún documento humano de la antigüedad”.

Ante todo, Pablo le dice al esclavo fugitivo:

- Tú te vas a quedar conmigo como si fueras un esclavo mío. Me atiendes en las cosas que puedas, y el pretoriano que me custodia a mí, pensando que eres mi esclavo, no va a sospechar de ti nada. Con Epafras que está aquí en Roma, tan amigo de Filemón tu amo, miraremos de arreglar tu situación.

Así se convino y así se hizo. Pero, ¿qué ocurrió? Pues, lo que tenía que ocurrir.
El joven esclavo, ladrón y fugitivo, no era ningún tonto, servía muy bien a Pablo y, sobre todo, le escuchaba veces y más veces hablar de Jesús con los muchos visitantes que acudían allí. Hasta que el esclavo ladrón y fugitivo, pregunta resuelto:

- Pablo, ¿puedo ser yo también cristiano?...
Por delicadeza, y por respeto a su libertad, nada le había dicho Pablo, el cual esperaba que la fruta cayera del árbol madura por su propio peso.

Ahora Pablo no puede con su alegría. Por el nuevo cristiano, y porque tiene en su mano la solución del problema. “¡Lo he engendrado en las cadenas!”, escribirá gozosamente Pablo a Filemón.

Como estaba Títico para partir hacia Colosas, al mismo tiempo que llevaba a las Iglesias del Asia las dos cartas a los Colosenses y a los Efesios, oye el parecer de Epafras:

- Sí, este es el momento mejor. Devuelve el esclavo a Filemón, que no va a tener más remedio que recibirlo como hermano cristiano.

Al hablar así, Epafras ya había leído la carta, tan breve como densa, que Pablo había escrito toda entera de su puño y letra a Filemón, y que comenzaba cargada de psicología:

“Pablo, prisionero de Cristo Jesús”.

Filemón era rico, con casa magnífica, que servía para iglesia, hacienda grande y muchos esclavos. Pero era sobre todo un cristiano caritativo, de gran corazón, cuya bondad era reconocida por todos, de modo que Pablo puede escribirle con toda verdad:

“Tengo noticia de tu caridad y de tu fe para con el Señor Jesús y para con todos los santos, de modo que la participación de tu fe es eficiente”.

No te quedas en buenas palabras, sino que sabes actuar la fe con el amor. “Por eso tuve gran alegría y consuelo a causa de tu caridad, por el alivio que los corazones de los santos han recibido de ti, hermano querido”.

Cada palabra que viene va a ser una cuña en el corazón de Filemón, el cual no va a poder resistir:
“Aunque tengo en Cristo bastante libertad para mandarte lo que conviene, prefiero más bien rogarte en bien de la caridad, yo, este Pablo ya anciano y ahora preso por Cristo”.

Podemos meternos en la mente de Filemón:
-¡A ver por dónde se va a descolgar este Pablo! ¡A ver qué me querrá pedir!...

Y vino, naturalmente, la petición menos esperada:

- Te ruego a favor de mi hijo, a quien engendré cadenas, Onésimo, que en otro tiempo te fue inútil, pero ahora muy útil para ti y para mí.

Y añade con palabras conmovedoras:

“Te devuelvo a este hijo, que es mi propio corazón. Yo quería detenerlo conmigo, para que me sirviera en tu lugar, en estas cadenas que llevo por el Evangelio. “Pero, sin consultarte, no he querido hacer nada, para que esta acción tuya no fuera forzada sino voluntaria”.

Filemón estaba vencido del todo. ¿Qué remedio le quedaba? Aunque Pablo no ha acabado, pues falta la última estocada:

“Te escribo confiado, seguro que harás más de lo que te pido”.

¡Vaya elegancia la de Pablo para pedir al amo que no retenga más al esclavo, sino que le dé la libertad!... Era lo último que podía pedir. “¡Sí, hermano, hazme este favor, y alivia este mi corazón en Cristo!...

¿Qué ha significado en la Iglesia y en el mundo esta acción de Pablo y de Filemón, cristiano tan ejemplar. La mayor plaga social que se ha conocido en la historia, la esclavitud en el Imperio Romano, con esta carta quedó herida de muerte.

Ni Pablo, ni la Iglesia, ni nadie podía levantar a los esclavos en una revolución armada, al estilo de nuestros guerrilleros en las montañas. Hubiera sido una catástrofe para todos, empezando por los mismos esclavos.

La Iglesia, desde Pablo, empezó por vivir la libertad y la igualdad entre sus hijos.
Había muchos amos y matronas cristianos que dejaban libres a sus esclavos. Los cargos de la Iglesia, hasta el de Papa, eran ocupados lo mismo por el noble Cornelio que por el esclavo Sixto.

Si los historiadores hurgan buscando la raíz de la libertad que hoy impera en el mundo, llegarán hasta Jesucristo. Y darán con el caso especial de un pobre esclavo que topó con un ejemplar dueño cristiano, llamado Filemón, el cual estaba leyendo, con mano temblorosa y emoción que le ahogaba el pecho, una carta enviada desde Roma por un preso llamado Pablo…




76. A los de Colosas. Jesucristo sobre todo



¿Quiénes eran los colosenses?

Pablo dirigió una carta magnífica a esos cristianos a los que nunca había visitado.
Sabemos que Pablo, mientras evangelizaba Éfeso, extendió su radio de acción a las ciudades cercanas, enviando a ellas a sus colaboradores más preparados; y entre todos, trabajando así en equipo, fundaron aquellas iglesias que hicieron del Asia Menor un campo feraz de cristianismo. Entre esas ciudades iba a ser Colosas una de las más significativas.

La ciudad de Colosas había sido en otro tiempo una población grande, y ahora, venida a menos, estaba compuesta de griegos, de judíos y de una gran colonia de indígenas frigios. Toda su riqueza le venía de la industria derivada de la cría de ovejas, con sus numerosos y nutridos rebaños. Ciudad medio campesina medio griega, era con todo muy dada a filosofar y teologizar.

Para saber cómo eran los colosenses y lo bien que se conservaban, basta leer estas palabras del saludo de Pablo:

“Damos gracias sin cesar a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, por ustedes en nuestras oraciones, al tener noticia de su fe en Cristo Jesús y de la caridad que tienen con todos los santos”.

¿A qué venía, pues, esta carta, muy cordial, pero que era un toque de alarma?
¿Y por qué la escribió Pablo, o la hizo escribir por uno de sus colaboradores bajo su propia inspección?

Epafras fue a visitar a Pablo en su prisión de Roma llevándole noticias sobre la situación de la Iglesia en Colosas. Se habían introducido doctrinas erróneas sobre los ángeles y potestades celestes, como dominadores del mundo e intermediarios de Dios.

Estas ideas eran debidas a unas corrientes de pensamiento griegas sobre misterios extraños, mezcladas además con otras apocalípticas judías, y que comprometían la supremacía de Cristo. Aquellos grecojudíos vendedores de novedades iban proclamando:

-¡Sí! Cristo Jesús es uno más de esos ángeles mediadores, pero no es ni él solo ni el más importante. Es uno de tantos espíritus que vagan por los aires, que nos ayudan o nos perdiguen, uno de esos tronos, dominaciones y potestades, los seres superiores de la creación.

¡Bueno estaba Pablo para consentir semejante error!... ¿Alguien superior a Cristo? ¿Cristo uno de tantos? ¡Eso sí que no!... Y Pablo enseña ahora:

¡Todo lo que existe está sometido a Cristo!
¡Jesucristo lo llena todo, porque Él es la “plenitud” de todo el mundo! ¡No existe nada que no sea de Cristo y para Cristo!

Todo esto lo expone Pablo en un párrafo que es de lo más grandioso que contiene la Biblia sobre Jesucristo. Parece un himno de gran orquesta:

“Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz.
“Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.
“Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles.
“Todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
“Él es también cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
“Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo.
“Porque en él quiso Dios reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz” (1,15-20)

Con este himno tan colosal quedaba zanjada toda la cuestión que preocupaba a los de Colosas:

Jesucristo es lo primero;
Jesucristo es lo supremo;
Jesucristo es principio y fin de todo;
Jesucristo es el centro en el que todo converge y todo se apoya;
Jesucristo es el único que tiene la salvación;
Jesucristo es no sólo Cabeza de la Iglesia, sino la plenitud de todas las cosas creadas.
Ni la Iglesia ni el Universo se entienden si no se arranca de Jesucristo y si no se coloca a Jesucristo en el centro de todo.

Ahora bien, si esto es Jesucristo sobre todo para nosotros, miembros de su cuerpo, ¿qué relación hemos de tener con Jesucristo ya en este mundo, aunque Él esté en el Cielo?

Nos lo dice Pablo con otro párrafo también formidable:

“Si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Aspiren a las cosas de arriba, no a las de la tierra.
“Porque han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, que es su vida, entonces aparecerán también ustedes gloriosos con él” (3,1-4)

Pablo discurre sobre esto, y saca las consecuencias debidas. En el orden nuevo establecido por Dios en Cristo, desaparecen las divisiones enojosas que vive la sociedad:

¿los de un color u otro de la piel?...
¿los de una fe u otra, mientras sean sinceros en su conciencia?...
¿los cultos o los analfabetos?...
¿los ricos o los pobres?...
¿los empresarios o los trabajadores?...

Eso era antes en la era del pecado. Ahora, todo ha quedado rehecho y unificado en Cristo Jesús.

Dicen que modernamente tiene mucha aplicación esto de Pablo para los que vienen con asuntos de la Nueva Era, la “New Age” o cosas parecidas. Todo lo que sea salirse de Jesucristo como principio, centro y fin de la Iglesia y del Universo, es una equivocación total.

Por eso Pablo, queriendo centrar toda nuestra vida en Jesucristo, da después consejos de vida cristiana que son de lo más precioso y estimulante.

“Procedan de una manera digna del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios”. “En Cristo reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente, y ustedes alcanzan toda la plenitud en él”.

“Cristo es todo en todos”.

“La palabra de Cristo abunde en ustedes en toda su riqueza”.

“Todo cuanto hagan, de palabra o de obra, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús”.

¡Qué belleza la de esta carta de Pablo a los de Colosas!

Jesucristo llenándolo todo.
Jesucristo nuestro supremo ideal.
Y nuestra vida, escondida con Jesucristo en Dios…

Esto, ya ahora. ¿Qué será esa vida cuando quede al descubierto sin velo alguno, y transformada plenamente en gloria?...





77. Cristo en Colosenses. Grandezas y compromiso

Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misionero Claretiano


Pablo, en su prisión libre de Roma, a la vez que predica a todos los que vienen a visitarle, tiene tiempo de pensar, de estudiar, de escribir. Y es en estos días, probablemente el año 63, cuando redacta la carta a los de Colosas, cargada de enseñanzas sublimes sobre Jesucristo.

Empezamos por preguntar: En esta carta, ¿quién es Jesucristo para Pablo? Y su prisionero de Roma responde con elocuencia sin igual:

“Cristo es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación. “Porque en Él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles: todo fue creado por él y para él. “Él existe con anterioridad a todo, y todo se mantiene en él” (Col 1,13-17)

Escuchando esto, caemos sin más de rodillas ante Jesucristo. Antes de ser Hombre, nacido de María la Virgen, ya era Dios eterno. En Él se miraba complacido el Padre. En Él veía reflejada la creación entera, y el Padre le decía entusiasmado:

-¡Vamos, Hijo! Hagamos todo eso. Todo lo harás conmigo, y todo será después para ti.
Tú estarás en el centro de todo, y todo se mantendrá por ti, que lo sostendrás con tu poder, tan grande como el mío. Aunque te hagas hombre, Tú estarás sobre todas las cosas visibles, y dominarás también la multitud incontable de los ángeles, que se rendirán a tus pies.

No significa otra cosa todo eso que nos ha dicho Pablo:

Después de mirar a Jesucristo en su divinidad, en lo que era desde toda la eternidad, lo mira como Hombre, como el Hijo de María, como el Hermano nuestro, y se desata en alabanzas imponderables, la primera de las cuales es lo máximo que se puede decir y se ha dicho de Jesucristo:
“En él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad” (Col 2,9)
Jesucristo, ese Hombre, es también Dios.
Ante esto, ya no nos va a extrañar nada todo lo que se nos diga de Jesús, el Señor.

Si Jesucristo, Hombre verdadero, es también Dios, ¿quién tan grande como Él? ¿De dónde va a proceder para los hombres la vida sino de Jesucristo, el cual es la Vida infinita de Dios encarnada?

¿Quién va a enseñar a los hombres la verdad, sino Jesucristo que es la Luz de Dios?

¿Hacia quién van a ir los hombres en busca de un destino seguro sino a Jesucristo, que es el Principio y Fin de todas las cosas?

Al mirar Pablo a Jesús como Hombre, lo ve como Redentor, y nos dice de Él esas palabras que ya hemos citado más de una vez:

“Jesucristo es la cabeza del cuerpo, de la Iglesia.
“Él es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que Él sea el primero en todo.
“Pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la plenitud,
“y reconciliar por Él y para Él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, los seres de la tierra y de los cielos” ¿Hacia quién van a ir los hombres en busca de un destino seguro sino a Jesucristo, que es el Principio y Fin de todas las cosas?(Col 1,18-20)

¿Qué significa para Jesucristo el ser Cabeza de la Iglesia? No es un título honorífico. Es algo que compromete a Jesucristo a mirar a la Iglesia como se mira a Sí mismo.

Desde el momento que Jesucristo redimió a todos los hombres y mujeres con su Sangre derramada en la Cruz, y formó con ellos la familia de Dios, Él se constituyó en Cabeza de su Iglesia y tiene que cuidar de ella como de verdadero cuerpo suyo.

Jesucristo unifica a su Iglesia haciendo que sea UNA Iglesia sola. Cuando Pablo se enteró de que los de Corinto habían metido divisiones en su comunidad, les escribió aquella carta con gritos de trueno:

“Me he enterado de que existen discordias entre ustedes. ¿Es que está dividido Cristo?”(1Co 1,11-13)

Efectivamente, dividir a la Iglesia es para Pablo como partir por mitad al mismo Jesucristo, el cual nunca se expresó diciendo “Mis iglesias”, sino “Mi Iglesia”.

A su Iglesia, Jesucristo la vivifica, la llena de la Vida de Dios, esa Vida de la cual está Él lleno a rebosar. Con los Sacramentos, especialmente con la Eucaristía, Jesucristo nutre a todos y cada uno de los miembros de su cuerpo, que es la Iglesia, con una plenitud tal de Vida divina que no podemos ni imaginar.

Jesucristo con su Sangre purificó a su Iglesia, hasta dejarla radiante de hermosura, como Esposa suya queridísima.
Y la sigue limpiando de tantas impurezas contraídas por sus miembros, hasta que llegue día en que la Iglesia, consumada en su perfección, no tendrá una mancha que afee su linda faz.

Jesucristo ha hecho a su Iglesia una familia de hermanos, y por su Sangre está clamando para todo el mundo la paz, el amor, en una fraternidad irrompible.

Todo eso nos ha dicho Pablo con esas palabras tan densas, con las cuales, nos dice, pretende “dar a conocer la riqueza del misterio de Cristo…y la esperanza de la gloria…, a fin de presentarnos a todos perfectos en Cristo” (Col 1,27-28)

A continuación de lo que hemos leído y escuchado, hay en esta carta unas palabras misteriosas que se convierten para todos en un compromiso, cuando Pablo dice de sí mismo:

“Me alegro por los padecimientos que soporto por ustedes, y completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo a favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24)

¿Qué ha leído siempre la Iglesia en estas palabras, que resultan un compromiso, a la par que misteriosas?

Jesucristo con la Cruz pagó de una vez y para siempre por todos los pecados del mundo.

Con esa Sangre divina hay más que suficiente para redimir mil mundos más que hubiera.

Sin embargo, Dios solicita la colaboración de todos los cristianos. Jesucristo ha querido unir a los miembros de su Cuerpo Místico a su Pasión redentora. Y los sufrimientos del cristiano ─el trabajo, una enfermedad, todo lo que signifique cruz─, Jesucristo lo asume, lo une a su propio sacrificio, y continúa con toda su Iglesia la obra de la salvación.

Jesucristo el Hijo del Dios eterno…, Jesucristo el Redentor…, Jesucristo en su Iglesia…
¡Qué grandezas descubre Pablo en Cristo Jesús!
Cuanto más se piensa en ellas, tanto más profundo se hace el Misterio. Pero tanto más también se acrecienta nuestro amor al Divino Redentor.





78. Resucitados con Cristo. Somos seres celestiales

Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misionero Claretiano


Sí, es cierto; Pablo nos habló ya una vez de la resurrección de Jesús en un plan triunfalista. ¿Lo recordamos? Nos decía:

“¡Pero Cristo ha resucitado!”

Era el eco vivo de aquel “¡Ha resucitado, no está aquí!” de los Evangelios.

Hoy nos va a hablar Pablo sobre la resurrección de una manera distinta. Se va a fijar tanto en nosotros como en Jesucristo, y nos va a decir desde el principio:

“¡Somos unos resucitados con Cristo!”. Hemos resucitado con Él, como Él y para Él.
¿Por qué?... Podemos seguir el pensamiento del Apóstol

¿Es cierto que, al resucitar Cristo, hemos resucitado también nosotros?

San Pablo es categórico y no puede hablar más claro de cómo lo hace en esta carta a los de Colosas:

“Ustedes han resucitado con Cristo”, “porque Dios nos resucitó con Cristo y nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús” (Col 3,1. Ef 2,6)

Algo grande se esconde en estas palabras.

Empezamos por el pensamiento básico de San Pablo:

“Cristo fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra santificación” (Ro 4,26)
Muerte y resurrección de Jesucristo están de tal modo íntimamente unidas que no se pueden separar. Jesucristo muere, paga por el pecado, y nos merece la salvación.
Jesucristo resucita y, y por la fe en el Dios que lo ha devuelto a la vida, nos da el Espíritu Santo que nos justifica y hace santos como es Él.

Este pensamiento lo expresa de manera magistral e inolvidable en aquellas palabras dirigidas a los de Roma, y que podrían servir para una arenga enardecedora:

¿Bautizados con Cristo en su muerte?... ¡Pues, también vivos y resucitados por Dios para una vida nueva!
¿Muertos con Cristo?... ¡Pues, también resucitados!
¿Nuestro hombre viejo y pecador crucificado con Cristo?... ¡Pues ahora libres, porque ya no nos sujetan cadenas esclavizantes!

Y vienen las palabras preciosas de Pablo:

“Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte ya no tiene señorío sobre Él, porque su vivir es un vivir por siempre para Dios”
¿Entonces?... ¡A considerarse todos muertos para Satanás y a su condenación por la culpa, y vivos siempre para Dios en Cristo Jesús! (Ro 6,3-11)

Si Pablo es tan jugoso cuando habla de la resurrección de Jesús en sus cartas, hay un pasaje que es clásico más que ningún otro, escrito a los fieles de Colosas:

“Si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios.
“Aspiren a las cosas de allá arriba, no a las de la tierra.
“Porque ustedes han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios.
“Cuando aparezca Cristo, que es su vida, entonces también ustedes aparecerán gloriosos con Él” (Col 3,1-4)

¡Qué pasos los que hace dar Pablo con estas palabras en la vida cristiana y cómo llenan la cabeza de ilusiones!...¿Cómo hay que vivir?... Resucitados, en manera alguna muertos.

¿Hacia dónde hay que mirar?... Hacia arriba siempre, nunca a la tierra ni al abismo.

¿Qué gustos hay que tener?... Los exquisitos del Cielo, no los de abajo que muchas veces hastían.

¿Dónde desarrollar la existencia?... En el seno de Dios, donde Cristo la introdujo y la escondió.

¿Qué esperar al fin de todo?... Aparecer y brillar siempre con la misma gloria de Jesucristo el Resucitado.

Porque todo esto encierran esas palabras grandiosas. La resurrección de Cristo es para el cristiano, en el orden místico y moral, como un programa que debe desarrollarse y se va desenvolviendo hasta llegar a su consumación final.

La resurrección del cristiano con Cristo es algo pasado:

- Ustedes ya resucitaron con el bautismo. De la muerte se pasó a la vida. ¿Qué les queda sino vivir la vida de Dios?...

Si se tiene una vida nueva que es celestial, ¿qué toca hacer?... Pablo, con audacia:

Busquen y gusten las cosas de allá arriba, no las de aquí abajo. Por mucho que se disfrute de la tierra, ¡qué pobre es todo cuando se saborean las cosas celestiales!...

Y viene el punto final de Pablo:

Aguarden lo que les espera. El último día, al final de los tiempos, ¡a revestirse su cuerpo endeble con la misma gloria del Señor Resucitado! Éste será el fin sin fin.

Pablo asegura con otras palabras lo mismo que había dicho Jesús en el Evangelio:

“Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre” (Mt 13,43)

Las palabras de Pablo a los Colosenses nos llevan sin más a citar otras igualmente de bellas a los de Filipos. Vienen a decir lo mismo, pues las dos cartas fueron escritas por los mismos días:

“Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará nuestro pobre cuerpo a imagen de su cuerpo glorioso, con el poder que tiene de someter a sí todas las cosas” (Flp 3,20-21)

Entendamos la comparación bellísima de Pablo con ese “Somos ciudadanos del cielo”. La ciudad de Filipos era una colonia que otorgaba a sus habitantes la ciudadanía romana. ¡Ciudadanos del Imperio por derecho! Era un privilegio envidiable.
Y viene ahora Pablo a decirles:

- ¡Felicitaciones, filipenses, por su ciudadanía romana! Todos les tienen envidia.
Pero no olviden que, como cristianos, llevan en el bolsillo otra cédula mucho mejor: la que les acredita como ciudadanos del Cielo.
Cuando quieran, cuando les llamen, pasarán la frontera sin ningún control, y se les abrirán las puertas sin problema alguno. Se lo garantiza todo el Señor Resucitado.

Pablo es el gran doctor de la doctrina sobre la Resurrección de Jesús.

¡Felices nosotros cuando la llegamos a entender, cuando la llegamos a vivir!
Seguimos en la tierra, pero siempre con un pie metido ya en el Cielo…





79. Cristo x Adán. O uno u otro

Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misionero Claretiano



¿No es cierto que conocemos bien la historia de Adán en el paraíso tal como la cuenta la Biblia?... Adán, el Adán pecador, éramos nosotros, éramos la Humanidad entera.

Y Dios le manda a un ángel:

- Ponte ante la puerta, espada llameante en mano, y cuida de que ese Adán no entre más aquí. No se le ocurra ahora venir de nuevo, coma del fruto del árbol de la vida, y se escape de la sentencia de muerte que pesa sobre él y su mujer… Desde entonces, no hay remedio. Nadie se ha escapado ni se libra de la muerte que nos persigue implacable.

¿Y si volviéramos a comer del árbol de la vida?...

- ¡Sí, coman, coman! -nos grita Pablo-. Que después de aquel Adán vino otro Adán muy diferente y con mucho más poder.

Este nuevo Adán se llama Jesús.

Nos metió a todos en un nuevo paraíso, y en él, como les dice Juan en su Revelación, “les quiere dar a comer del árbol de la vida, que está en el Paraíso de Dios” (Ap 2,7).

Si llevan las vestiduras blancas del Nuevo Adán -les sigue diciendo Juan en su Apocalipsis-, “podrán disponer del árbol de la vida y entrarán por las puertas de la ciudad”, el nuevo Paraíso en el que ya no se muere más (Ap 22,14)

¿Es cierto que Pablo nos puede hablar de esta manera?

Sin duda alguna. Pablo nos habla así.
Es ésta una idea que se me ocurre al abrir la carta a los Colosenses, donde les dice a sus destinatarios:

“Despójense del hombre viejo con sus obras, y revístanse del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar la imagen perfecta ideada por su Creador” (Col 3,10)

Esta doctrina sobre el viejo Adán del paraíso y el Nuevo que es Jesucristo, la desarrolla Pablo especialmente en la carta a los Romanos, donde enfrenta al Adán pecador con el nuevo Adán Jesucristo.
Vino del primero toda la ruina de la Humanidad: el pecado, la muerte, todos los males habidos y por haber.
Pero Dios restituyó todas las cosas en su debido orden merced al Nuevo Adán Jesucristo,
-que nos devolvió la vida de Dios al eliminar la culpa con la sangre de su Cruz;
-venció la muerte con su Resurrección,
-y nos hace entrar en el Paraíso de los cielos donde ya no se podrá morir.

Esta doctrina expuesta por Pablo tiene mucha aplicación en el mundo moderno.
Mientras en la sociedad viva robusto el hombre viejo, el Adán condenado por Dios, no habrá nunca ni honestidad, ni alegría, ni paz.
Mientras que si entra Jesucristo en las almas, en los hogares, en las naciones, surgirán por doquier los bienes que se perdieron por la culpa aquella del principio.

Pero, vaya; no saquemos consecuencias antes de escuchar a Pablo, al que vamos a dejar la palabra.
Y Pablo expone así su idea tan genial:
“Como por un hombre, Adán, entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, así la muerte alcanzó a todos los hombres, ya que todos pecaron”.

Pasa Pablo ahora a enfrentar a Jesucristo con Adán:
“Si por el delito de uno murieron todos, por otro hombre, Jesucristo, la gracia y el don de Dios se desbordan sobre todos” (Ro 5,12-15)
Ante estas palabras de San Pablo, nos preguntamos nosotros, por más que las respuestas nos las va a dar el mismo Pablo: ¿Qué fue más grande, la desgracia que nos trajo Adán o la gracia que nos trajo Jesucristo?

Y Pablo va comparando a uno con otro.
Adán nos trajo el pecado; Jesucristo nos dio la Vida.
Adán nos causó la muerte; Jesucristo nos mereció la Resurrección.
Adán nos hizo perder el árbol de la vida; con Jesucristo recobramos la Vida Eterna.
Adán nos hizo romper con Dios por el pecado y abrió la puerta a la muerte; Jesucristo nos dio acceso a Dios y nos abrió la puerta del Paraíso donde reina vida inmortal.
Adán, con el pecado, nos hizo esclavos de Satanás y candidatos para su misma condenación; Jesucristo nos mereció y dio la Gracia de Dios y con ella la Gloria eterna.

La influencia de un Adán y otro en la historia del mundo es muy diversa, y gana Jesucristo con mucho.
San Pablo lo dice con una de sus sentencias más célebres: “Donde abundó el pecado superabundó la gracia” (Ro 5,20)
¿El mundo inficionado por Adán? ¿Grande el influjo de Adán el rebelde? ¿Muerte segura de todos causada por un criminal loco?...
Dios sabe tomarse la revancha.
Jesucristo inunda el mundo con la gracia de Dios.
Jesucristo el Hombre que todo lo atrae hacia Sí, para entregarlo a Dios su Padre.
Jesucristo es la resurrección segura de todos los que han de morir.
Ante el reino de Satanás que desaparecerá con todos sus secuaces, Jesucristo instaura un Reino que será eterno en paz, felicidad y amor para todos los salvados.

Mirando el plan de Dios a la luz de San Pablo, el cuadro es optimista, esperanzador, lleno de luz.
Pero, de momento, vemos que continúan sobre el mundo las sombras, y muy densas todavía.
Hoy siguen enfrentados los dos reinos, el de Satanás iniciado con el Adán del paraíso, y el instituido por Jesucristo con su Cruz y su Resurrección.
No digamos que el reino de Satanás no tiene fuerza, aunque sabemos con certeza absoluta que será plenamente vencido.
Son muchos los que engrosan sus filas, y nos causan preocupación seria a los creyentes, pues queremos la salvación de todos.
Los individuos, las personas concretas, han de optar por Jesucristo. Esto, desde luego.
Pero les incumbe lo mismo a las familias, a las instituciones sociales, a las naciones con su legislación, que, manteniendo su secularidad, no pueden enfrentarse con la norma suprema que les dicta Dios.
La sociedad también ha de optar por el Adán del paraíso o el Jesucristo Restaurador de todo.

Dios expulsó del paraíso a Adán a fin de que no comiera del árbol de la vida, que le hubiera hecho vivir para siempre.

El fruto de aquel árbol imaginario lo sustituyó Jesucristo en su Iglesia por el Pan de Vida, la Eucaristía, el Cuerpo mismo de Jesucristo, el cual asegura con aplomo divino:
“El que coma de este pan vivirá eternamente, porque yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54)

El odio de Satanás no iba a triunfar sobre el amor del Dios Creador y Padre de los hombres.
El orgulloso vencedor del paraíso se convirtió en el miserable vencido por una Cruz que aparece desnuda y un Sepulcro que sigue vacío…



Puedes encontrar todas las reflexiones anteriores de San Pablo en esta dirección.
Y en www.evangelicemos.net


Preguntas o comentarios al autor P. Pedro García Cmf

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Catholic.net

Año del Apóstol San Pablo- ¡Por fin, en Roma! El sueño más acariciado




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69. ¡Por fin, en Roma! El sueño más acariciado

Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misionero Claretiano

El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente.

En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano.

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Dejamos ya Malta atrás. Ahora nos toca proseguir el viaje hasta Roma (Hch 28,11-23)
Por lo demás, no era difícil la salida. El centurión imperial contrató una nave alejandrina cargada de trigo y en ella hizo subir a todos los prisioneros que le habían encomendado.

Era el mes de Febrero, y con viento favorable el barco enfiló la proa hacia Sicilia. Al cabo de dos días atracaban en Pozzuoli, o Puttéoli, el puerto de Nápoles sobre la isla de Capri.

¡Qué emociones! Al principio de la primavera, después del espacio forzoso del invierno en que no desembarcaba ningún barco, las primeras naves que llegaban eran recibidas por una verdadera multitud, que daba la bienvenida a pasajeros anunciados, al trigo que llegaba para la población, y - aunque sea doloroso decirlo -, con el cargamento de fieras de África y de criminales comunes o guerrilleros destinados a las diversiones del circo.

Pronto supo la comunidad cristiana que en la embarcación venía el conocidísimo Pablo.
Vienen a buscar a Pablo hasta el puerto, y el centurión Julio, totalmente a favor de Pablo, no tiene inconveniente en dejarlo con los suyos:

- Quédate con ellos estos días hasta que marchemos a Roma.

Aunque, al darle el permiso, era obligación del centurión encargarle a un soldado que lo tuviera sujeto a la cadena; pero esto para Pablo no era inconveniente mayor.

Los hermanos, apenas visto Pablo, mandaron por la posta una carta a los hermanos de Roma comunicándoles la fausta noticia. Como el viaje ya no se hizo por mar, sino por tierra vía Apia arriba, al llegar la caravana a Tres Tabernas y al Foro Apio, unos treinta kilómetros al sur de la Urbe, ya estaba allí la comisión venida de la Iglesia romana para recibir a Pablo.

Es inexplicable la emoción de este encuentro. Besos, abrazos, lágrimas, y gritar nombres uno tras otro:

- ¡Áquila, Priscila!..., ¡Ampliato! ¡Epéneto!... ¡María, Julia!... ¡Alejandro y Rufo, los dichosos hijos de Simón de Cirene que ayudó al Señor a llevar la cruz!...

Iban saliendo los nombres y presentaciones de tantos como Pablo había mencionado en su carta a los Romanos.

¡Y ahora estaban todos aquí!

Con los ojos arrasados en lágrimas, y con los brazos extendidos al cielo en acción de gracias, como nos dice Lucas, exclamando jubilosos:

- ¡Cómo te esperan todos en Roma, Pablo!...

El centurión Julio observaba todo, y se preguntaba:
-¿Pero, ¿quién es este Pablo?...

Había que seguir adelante. Un día más…, los montes Albanos…, ¡y Roma a la vista!

Ya en la Capital del Imperio, el centurión Julio se dirige directamente, como primerísima obligación suya, hacia Castro Pretorio donde tiene su sede la Policía Imperial, y entrega los presos al prefecto del campamento.

Pero a Pablo lo lleva directamente al Jefe supremo, Afranio Burro, hombre honrado, íntegro, que junto con el filósofo Séneca habían sido los instructores del Emperador Nerón, aunque tanto Séneca como Burro serían matados después por Nerón, loco y desagradecido.

El “elogium” - o documento del Procurador Festo que debía entregar el centurión , había desparecido en el naufragio con todo lo demás del barco. Pero el centurión tenía a su favor el ser un militar conspicuo de la “cohorte augusta”, y se aceptó sin más su testimonio sobre el naufragio y la condición y la conducta ejemplarísima de Pablo.

Por eso Burro determinó sin más:
-¡Custodia libre!…

Esto resultaba formidable para Pablo. Nada de cárcel. Hasta celebrarse el juicio, el detenido podía alquilar casa propia, en la que recibía a quien quisiera llegar.

La “custodia libre” exigía únicamente que el preso debía tener consigo un soldado responsable de su seguridad, el cual lo tenía siempre a la vista. La cadena colgaba de la pared. Pero si el preso salía de casa, llevaba sujeta la cadena por una punta al brazo derecho, y la otra atada a la muñeca izquierda del soldado guardián.

Pablo y los hermanos se apresuraron a alquilar una casa, probablemente no lejos del Pretorio, lo cual traía una gran ventaja para su custodia y por la misma libertad del detenido.

O tal vez la escogieron en la parte izquierda del río Tíber que atraviesa la ciudad, en la calle llamada hoy San Pablo a la Régola, cerca de la actual Sinagoga judía.

Pedro, si es que estaba en Roma por estos días, se hallaba casi seguro en la otra parte del Tíber, dentro de un barrio pobre lleno de judíos, por la ladera y a las plantas del Janículum.

Pablo, una vez instalado en su casa, no perdió para nada el tiempo. A los tres días ya tenía en ella a los principales de los judíos, a los que había convocado. Este encuentro primero se desarrolló con gran cortesía. Pablo comenzó con delicadeza:

Hermanos, yo no hice nada contra nuestro pueblo o las costumbres de nuestros padres; pero los de Jerusalén me entregaron a los romanos, los cuales, al examinarme, me declararon libre al no hallar en mí ningún delito. Pero al oponerse los judíos, me vi obligado a apelar al Emperador, aunque no quiero acusar para nada a nuestra nación. Por esto les he llamado a ustedes, para verlos y hablarles. Sólo por la esperanza de Israel me encuentro encadenado.

A semejante finura de lenguaje, los judíos respondieron en igual tono:

- Nosotros no hemos recibido de Judea cartas ni ningún hermano nos ha traído noticias contra ti. Con todo, nos gustaría escuchar lo que piensas, porque estamos informados de que por todas partes se habla de esa secta.

Muy cortés y muy diplomático este modo de hablar. Con la cortesía de este primer encuentro, se pudieron poner de acuerdo y señalaron fecha para la próxima e importante visita, que se va a celebrar dentro de pocos días.

Nosotros también vamos a asistir a ella. El amor que tenemos a Pablo y el interés que nos inspira el pueblo elegido nos hacen esperar impacientes. Lucas, como siempre, el cronista fiel, nos va a poner al tanto de todo.

Acabada esa visita, ya no saldremos de Roma sino esporádicamente para acompañar a Pablo en algún viaje rápido. En adelante, sólo en Roma quedarán fijos nuestra mente y nuestro corazón de cristianos.



70. Procesado y absuelto. Apóstol entre las cadenas


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- ¡Pablo, nosotros no sabemos nada de eso que dices!...

Esto es lo que dijeron los principales de los judíos en la entrevista de saludo a Pablo llegado a Roma (Hch 28, 23-30)Naturalmente, que nadie les podría creer. Pero, delicados y corteses, no iban a empezar peleando, aunque tampoco tuvieran ganas de ello. Asistamos también nosotros a esta primera reunión.

Es lo más probable que los judíos ya estuvieran enterados, por cartas llegadas desde Jerusalén, de quién era Pablo, aunque los de Roma no tuvieran nada personal contra él. Era mucho más difícil de creer eso de que no tuvieran noticia de Jesús, y no sólo alguna que otra noticia vaga, sino bien concreta.

¿Por qué? El emperador Claudio había expulsado de Roma a los judíos y hubieron de marchar bastantes, cristianos y no cristianaos, por las peleas tan graves que se suscitaron por causa de “Cresto”, como lo llama un historiador pagano, es decir, por Jesús, proclamado por los nuevos convertidos como el “Cristo” que esperaba Israel.

En el día convenido por Pablo y los dirigentes judíos, nos dice Lucas, acudieron muchos a la cita en el alojamiento de Pablo, y no por simple curiosidad, sino por verdadero interés.

- A ver, Pablo, ¿qué nos dices de Jesús?... Si es el Cristo esperado, ¿cuál es la suerte nuestra?... Tú escribiste a los tuyos de Roma una carta -pues sabemos algo de ella-, en la que expresas tu opinión sobre nuestro pueblo. ¿Podríamos hablar claramente sobre todo esto?...

- Para esto los he llamado. La esperanza de Israel está colmada en Jesús. Miren la Ley de Moisés y a todos los profetas. Yo no tengo que inventarme nada.

Los judíos, que se sabían la Biblia de memoria, comprobaban todo con las Escrituras y, ahora venía la discusión entre ellos:

Unos:
-Pablo tiene razón. La cosa está bien clara.

Y otros:
-Pero, ¿cómo un maldito que pende del madero puede ser el Mesías? Esto está en contradicción con la Escritura. Jesús no puede ser el Cristo.

Pablo insiste:
- ¿Cómo es entonces que Dios resucitó a Jesús? La resurrección indicaba que Dios aceptaba el sacrificio de la cruz. Y eso de que el Crucificado resucitó está atestiguado por muchos testigos, los Doce, además de muchos a los que se les apareció juntos, pues eran más de quinientos, muchos de los cuales viven todavía.

Algunos judíos más consienten:
-¡Claro! Ateniéndonos a la Ley, el testimonio de dos o más es válido…

Pablo se reafirma:
-¿Y vale algo mi testimonio? A mí se me apareció el Señor ante las puertas de Damasco -¡a mí, su perseguidor!-, el que encarcelaba a sus discípulos para que los llevaran a la muerte, en la que yo consentía como consentí en la de Esteban mientras lo mataban a pedradas...

Algunos judíos creyeron:
-Pablo merece crédito, y las Escrituras dan la razón a todo lo que dice.

Otros, se obstinaron en su negativa:
-¡No! No podemos aceptar a Jesús como el Cristo. ¡Un crucificado! ¡Un maldito colgado en el madero!... Este Pablo además… Este Pablo que no quiere ni la circuncisión ni la Ley de Moisés…

Así todo el día, nos dice Lucas, “desde la mañana hasta el atardecer”.

¡Dichosos y benditos los que creyeron!... ¿Y los otros? Hubieron de oír a Pablo:
- Sepan entonces que esta salvación de Dios, destinada primero a ustedes, que la rechazan, va a ser desde ahora anunciada a los paganos y ellos la escucharán.

Aquí acaba Lucas su libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito lo más probable en los años 63 ó 64. ¡Lástima que no siga un poco más! Porque se contenta con esta nota final, bellísima, es cierto:

“Pablo vivió dos años enteros por sus propios medios. Recibía a todos los que acudían a él, proclamando el Reino de Dios, y enseñaba con toda libertad y sin estorbo lo concerniente al Señor Jesucristo”.
Lo que sabemos de estos dos años es por las cartas de Pablo escritas en la prisión.

Pablo seguía detenido. Pero, ¿resultaba perdido este tiempo? ¡Oh, no! Pocas veces había trabajado Pablo con más eficacia que durante el tiempo de su prisión en Roma.
Lucas nos ha dicho que “enseñaba con toda libertad y sin estorbo”.

No trabajaba como tejedor de lonas para ganarse la vida, pero le proveyeron los hermanos de Roma y de las Iglesias de Macedonia y de Asia, que le enviaban recursos, cosa que hicieron los de Filipos de manera especial.

Eran ininterrumpidas las visitas que recibía en su casa. Escribió cartas preciosas, hondas de doctrina y de ardiente amor a Jesucristo, que siguen hoy nutriendo nuestra fe y nuestra piedad cristiana.

El nombre de Jesús era cada vez más conocido entre soldados y jefes del Pretorio. El mismo palacio imperial en el Palatino contaba con cristianos fervientes.
La fe de la Iglesia romana se afianzó mucho con la presencia de Pablo. Crecían las comunidades de Roma, con algunos judíos convertidos, pero sobre todo con paganos que abrazaban con ilusión grande la fe del Señor Jesús.

¿Cuándo le llegó a Pablo la libertad?

Para el proceso, aunque no viniera de Cesarea copia auténtica del “dictamen”, en este caso fue suficiente el testimonio del centurión Julio. Además, se requería que los acusadores judíos de Jerusalén se presentaran en Roma, para lo que tenían un plazo de año y medio, según un decreto emitido por el Emperador Nerón. Pasado ese tiempo, el juicio se anulaba.

Pero los acusadores, por lo visto, no se presentaron, pues sabían de antemano que no había nada que hacer. ¿Qué les importaban en Roma las cuestiones sobre Moisés y el Templo, si no había crimen alguno contra Roma ni contra el Emperador, como atestiguaba el Procurador de Cesarea?...

Por lo mismo, terminado, o anulado el proceso ante el tribunal del Emperador, Pablo fue declarado “no culpable” y “absuelto”. Era a principios del año 63. ¡Por fin, libre del todo!

Preso, ha escrito varias cartas magníficas.
Ahora, a realizar los planes exteriorizados en sus cartas e insinuados por Lucas en los Hechos. Durante cuatro años más vamos a seguir -aunque metidos en densa niebla-, la vida Pablo, que se consumará con un glorioso martirio.




71. La carta a los Filipenses. Corazón de punta a punta

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Nos resulta imposible olvidarnos de la Iglesia de Filipos, la primera de Europa que acogió el Evangelio, la más entrañada en el corazón de Pablo, al cual le gritó de noche aquel desconocido: ¡Pasa a Macedonia, y ven a ayudarnos!...

Recordamos muy bien cómo fue su fundación.

¡Qué acogida la que tuvieron los misioneros a la vera del río!
¡Qué escena la de Pablo y Silas metidos en la cárcel!
¡Qué recuerdo tan agradecido el de aquellos cristianos!
¡Qué simpática tozudez la de Lidia, la negociante de telas de púrpura: Se han de hospedar en mi casa quieran que no quieran!... Esa Lidia que por lo visto era el alma de todos estos socorros a Pablo.
En fin, una Iglesia modelo y llena de encantos.

Y ahora, ¡qué carta la que Pablo dirige a los buenos filipenses!

Nos gustaría saber con exactitud cuándo la escribió Pablo. Ciertamente, cuando se hallaba preso, y lo más probable que fue durante la cautividad de Roma, a donde los queridos filipenses, enterados del paradero de Pablo, le envían socorros:

¡No pases tantos apuros!
¡No trabajes en Roma con tus tejidos de lonas!
¡En las manos de Epafrodito, mira los corazones de todos nosotros!
¡Toma esto para que pagues el alquiler de la casa!
¡Dedícate a evangelizar sin estorbos!...

Pablo se conmueve, y hace estampar con plumas de oca en los papiros la carta más afectuosa que tenemos del Apóstol. Pero no lo hizo de momento. Los filipenses habían enviado su ayuda a Pablo apenas supieron que estaba preso en Roma, y lo hicieron por medio de Epafrodito, el cual cayó enfermo de gravedad al llegar y estuvo a punto de morir.

Pablo cuidó de él con enorme cariño, y, restablecido en su salud, lo devolvió a Filipos con esta carta en la mano. Era hacia el final de la prisión romana, quizá poco antes, como pudo ser algo después de que Pablo escribiera a los de Éfeso y Colosas.

Con la ayuda generosa de los de Filipos y con lo que le van trayendo los fieles de Roma, Pablo puede dedicarse a evangelizar como no lo ha hecho nunca y con éxito redondo:

“Pues el arresto y la prisión han contribuido mucho a la difusión del Evangelio, de tal manera que se ha hecho público entre todo el personal del Pretorio del César, y entre todos los demás, que me hallo en cadenas por Cristo”

¿Y se han acobardado los compañeros porque Pablo esté preso en su propia casa? ¡No, todo lo contrario! Pues sigue escribiendo gozoso:

“Y la mayor parte de los hermanos, alentados en el Señor por mis cadenas, predican con más valentía la palabra” (1,12-14)

Esta carta acabará dando ánimos como ninguna otra:

“Estén alegres en el Señor, se lo repito, estén alegres” (4,4)Pablo es el primero en estar contento por demás.

¿A qué se debe su alegría?... A que la Iglesia de Filipos se mantenía muy bien en su fidelidad al Señor. La carta lo demuestra desde el principio hasta el fin.

Por lo visto, habían llegado también a Filipos los judaizantes de siempre, emperrados en que todos los bautizados venidos del paganismo recibieran también la circuncisión. Como los de Filipos no les hicieron caso, a Pablo esta vez no le preocuparon nada, y se contenta con decirles:

“Los verdaderos circuncisos somos nosotros, los que damos culto en el Espíritu a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús sin poner nuestra confianza en la carne” (3,2-3)

Las noticias contra la caridad y la unión estrecha entre toda la comunidad eran para Pablo muy importantes. Y ante algo que le ha comunicado Epafrodito, reacciona con cariño y con firmeza:

¿Qué ocurre por ahí? Evodia y Síntique, mis queridas hermanas, ¿qué es eso de que discuten mucho y que no se entienden?... No debe ser así entre dos cristianas. ¡Por favor, tengan las dos un mismo sentir en el Señor! (4,2)

Pablo acababa de escribir para todos:

“Si algo puede una exhortación en nombre de Cristo, si algo vale el consuelo afectuoso, o la comunión en el Espíritu, o la ternura del cariño, les pido que hagan perfecta mi alegría permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo espíritu, un mismo sentir”.

Repite palabras y expresiones que significan todas igual: ¡amor! ¡cariño! ¡unión!”… Hasta que aterriza en la palabra que Pablo quiere:

¡Tengan todos los mismos sentimientos que Cristo Jesús! (2,1-5)

Y esto lleva a Pablo a entonar un himno cristológico sin igual. ¿Le salió espontáneamente ahora? ¿Lo cantaban ya las comunidades? Nos es igual. Pablo nos lo dicta como totalmente suyo, ¡y hay que ver cómo lo seguimos repitiendo nosotros!

“Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.
“Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, ¡y una muerte de cruz!
“Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (2,6-11)

¿Qué decimos?... Lo mejor: callar, meditar, orar, amar, entusiasmarse ante el Jesús que Dios nos dio y que llevamos en nuestro corazón…

Esta carta no es doctrinal. Pero un himno como éste la convierte en la lección más grande, profunda y enardecedora sobre la Persona adorable de Jesús:


Sí, Jesucristo es Dios;

Sí, Jesucristo es hombre;

Sí, Jesucristo es Señor, el Rey de la gloria, al que están sujetos los ángeles del Cielo, los hombres de la tierra, los demonios del infierno.

Ante este Jesús, no es extraño que Pablo diga a los de Filipos:

Mi vivir es Cristo, y el morir me resultaría una enorme ganancia, pues me llevaría a estar con Cristo para siempre (1,21-23)

¿Lo que yo era en el judaísmo?:

Aquello que era para mí una ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Más aún: juzgo todas las cosas, y las tengo por pura basura a fin de ganar a Cristo y ser hallado en él (3,7-9)

¿Para qué seguir? Cuando queremos pasar ratos deliciosos con Pablo, leemos esta carta de punta a punta, y no nos equivocamos. Porque nos dice y nos hace sentir que “somos ciudadanos del cielo”, ya que en la billetera o en el bolso llevamos la cédula o el carnet de la Patria celestial…




72. ¿Nuestra mística? ¡Jesucristo! Invariable en Pablo

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El Papa Pío XII cayó gravemente enfermo el año 1954. Todo el mundo estaba pendiente de la última noticia. Contra todo pronóstico, curó y se supo la causa. ¿Un milagro?... Probablemente. A un Cardenal, y algún otro de los que le asistían, les dijo confidencialmente el enfermo casi moribundo: “¡He visto al Señor!”. Se coló la noticia por algún imprudente, pero todo el mundo quedó edificadísimo, aunque nada extrañado, porque Pío XII era un gigante de la santidad. El caso es que, visto el Señor en aparición personal, el Papa pudo seguir cuatro años más asombrando al mundo con su saber y su virtud excepcional.

¿A qué viene el comenzar hoy con este recuerdo? ¿Puede darnos envidia, aunque sea envidia santa, un hecho semejante?
¿Nos gustaría ver al Señor?... No nos hace ninguna falta. Además, aunque se vea al Señor que se aparece, no es capaz de verlo y distinguirlo sino quien ya lo lleva dentro por la fe y el amor.

Para lo que hoy queremos decir, arrancamos de las palabras de Pablo cuando nos dice:
“Mi vivir es Cristo”. O de estas otras:
“Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”. Y si nos parece poco, acudimos a otras igual de bellas y profundas:

“Cristo habita por la fe en sus corazones”. “Cristo está en ustedes”. “Porque están muertos y su vida está escondida con Cristo en Dios, pues Cristo es su vida” (Flp 1,21. Gal 2,20. Ef 3,17. Ro 8,10. Col 3,3-4)

¡Vaya lujo de expresiones, a cual más sublime, con que Pablo nos habla de la mística cristiana!... Todas ellas se reducen a una misma y única verdad:

-¡Cristo es mi vida! ¡Yo vivo sólo y exclusivamente por Cristo! ¡Cristo y yo no somos más que UNO! ¡Y no me busquen a mí, porque no me encontrarán, pues en mi lugar darán con Cristo y con nadie más!...

Nadie diga que esto son exageraciones. Al revés: son maneras pobres de hablar ante la realidad de lo que nos quiere decir Pablo, pues él mismo es incapaz de expresarse como querría hacerlo.

Empecemos por lo de los Filipenses: “Mi vivir es Cristo”. Si lo analizamos, habremos de traducirlo así:

- Mi pensar, mi sentir, mi querer, mi trabajar, mi respirar, mi comer, mi dormir, mi descansar, mi actuar desde la mañana hasta la noche, es Cristo y sólo Cristo, porque no tengo más que una vida, que es la de Cristo Jesús.

Y sigue diciendo Pablo:

-El morir va a ser para mí la enorme ganancia, pues al no tener otra vida que la de Cristo, con Cristo y metido en Él voy a estar siempre en su misma dicha y gloria…

No menos atrevida es la expresión a los Gálatas:

“Vivo yo; pero ya no soy yo quien vive, pues es Cristo quien vive en mí”.
Pablo se refería al Pablo judío y fariseo, esclavo de la Ley de Moisés y ufano de la trasnochada circuncisión. Todo aquello quedó atrás después de su bautismo.
Ahora, ya no vivía en Pablo más que Cristo.
El Pablo anterior al bautismo había desaparecido para siempre.

Sólo que Pablo no se queda en esta realidad. Avanza mucho más, y, con el “yo” que emplea ahora, mira al “yo” de todo cristiano, al “yo” universal de todo bautizado. Por eso añade:

“Esta vida de ahora la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo a la muerte por mí”.

Al decir Pablo “esta vida de ahora”, se refiere a la vida natural, la física sobre la tierra, la de este tiempo, la de cada día. Y con ello nos traza un programa de grandeza sin igual:

- Fe, fe inmensa en Jesucristo. Fe que lleva a hacer todo por Jesucristo y con Jesucristo.

Con el bautismo, el cristiano se ha entregado del todo a Cristo, a quien cree y confiesa como Hijo verdadero de Dios.
Y su fe no es una fe muerta. Es una fe tan generosa que quiere corresponder a la donación que Cristo hizo por él.

El cristiano se dice, con la pregunta comprometedora de Ignacio de Loyola:

-¿Así me amó Cristo, hasta entregarse a la muerte de cruz por mí?... Entonces, ¿qué he hecho yo por Cristo? ¿qué hago yo por Cristo? ¿qué he de hacer yo por Cristo?...

La generosidad para con Cristo va a ser una característica del cristiano, que se dice asombrado delante de Cristo clavado en la cruz:
-¡Todo esto por mí, todo esto por mí!...

Un paso más, y analizamos lo de Efesios:
“Cristo habita por la fe en sus corazones, para que arraigados en el amor, puedan comprender con todos los santos la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento”.

Aquí nos perdemos. A ese Cristo no lo vemos allá arriba en las alturas, sino que lo llevamos dentro, invadiendo lo más profundo de nuestro ser, hecho una cosa con el bautizado.

Para alcanzar este conocimiento de Cristo no bastan ni valen estudios académicos.
Es el Espíritu Santo solo quien da a conocer el misterio insondable que se encierra en el alma del bautizado.
Aquella niñita de Primera Comunión, con la mano en su pechito, lo expresaba mejor que un doctor de universidad:
-A Jesús lo tengo aquí, ¡y lo quiero tanto, tanto, tanto!…

En Cristo Jesús se da un amor inimaginable a Dios su Padre en el Espíritu Santo, y un amor inimaginable también a todos los hombres sus hermanos.
El amor inmenso de Cristo abarca límites imposibles de medir, dice Pablo a los efesios.

¿Más alto que el amor del Cristo? Nada.
¿Más profundo que el amor de Cristo? Nada.
¿Más ancho que el amor de Cristo? Nada.
¿Más largo que el amor de Cristo? Nada…

Quien llega a conocer este amor de Cristo y a corresponder a tanto amor ha llegado a la perfección más grande a que puede aspirar un cristiano.
Teresa de Lisieux -Teresa del Niño Jesús- lo expresaba con el rostro encendido:

-Quiero amar a Jesús con locura, como no lo ha amado nunca nadie...

Hoy se habla mucho de la “mística”. Todas las ideologías del mundo se basan en una mística más o menos valedera.
Entendemos por mística una ideología, una ilusión, algo que arrastra impetuosamente a arrostrarlo todo, hasta lo más arriesgado, hasta la vida, a fin de alcanzar un ideal.

Pero, por clases de mística que se den en el mundo, no ha habido mística comparable con la que suscita Jesucristo, por el que tantos hombres y tantas mujeres se han abrazado con toda clase de heroísmos.
¿Qué tiene de especial Jesucristo?... Todos los sabemos muy bien.




73. El amor fraterno. Insistencia continua


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La carta de Pablo a los Filipenses -encantadora de principio a fin-, tiene un párrafo sobre el amor como encontraremos pocos en toda la Biblia del Nuevo Testamento.

Pablo está preso en Roma. Y a pesar de sus cadenas, puede escribir como en años atrás a los de Corinto: “Sobreabundo de gozo en medio de todas mis tribulaciones” (2Co 7,4) Lo demuestra palpablemente esta carta a los de Filipos.

Sin embargo, algo le falta a Pablo para que su alegría sea total, y es el estar seguro de que sus queridos filipenses se aman ardientemente unos a otros. Y así, les escribe:

“Si me pueden dar algún consuelo en Cristo, si algún refrigerio de amor, si alguna comunicación del Espíritu, si alguna ternura y misericordia, colmen mi alegría” (Flp 2,1)

Leída esta introducción, pudieron prensar los lectores de la carta cuando la recibieron:

- ¿A dónde irá Pablo con estas palabras? ¿Qué nos querrá pedir? Acabamos de enviarle dinero para que se alivie. ¿Qué más necesitará, y que no se atreve a decirlo?

Se les aclara el misterio cuando siguen leyendo:

“Quieren de veras colmar mi alegría? Pues, cólmenla teniendo un mismo sentir, un mismo amor, un mismo ánimo, y buscando todos lo mismo. No busquen el propio interés, sino el de los demás” (2,2-4)

Los filipenses pudieron exclamar:

- ¡Al fin se descuelga Pablo, y vemos adónde va! A lo de siempre, a que nos amemos los unos a los otros. Por algo nos ha dicho unas líneas antes:

“Le pido a Dios en mis oraciones que ese amor que ya se tienen crezca cada vez más en conocimiento y en toda experiencia”, siendo cada vez más efectivo (1,9)

Los lectores habían escuchado al principio cómo Pablo les amaba a ellos entrañablemente, pues les decía:

“Testigo me es Dios de cuánto los quiero a todos ustedes, con afecto entrañable en Cristo Jesús” (1,8)

Sin embargo, a Pablo le faltaba decir algo más:
- No me tomen a mí como el mejor modelo, pues hay alguien que me gana con mucho. ¿Quieren amarse entre ustedes tan entrañablemente como los amo yo? Piensen en el Señor Jesús. Y para eso les digo: “Tengan en ustedes los mismos sentimientos que Cristo” (2,5)

Era la última palabra que Pablo podía decir sobre el amor. Amar con el mismo amor de Cristo, y con los mismos sentimientos con que Cristo ama a todos, es fundamentar el amor en un terreno inamovible.

Aunque Pablo tampoco se inventaba nada nuevo, pues mucho antes que él lo había dicho el mismo Jesús en aquella sobremesa inolvidable:
“Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15,12) En el amor y los sentimientos de Cristo está la norma suprema del amor cristiano.

Cuando escribió Pablo todo esto a los de Filipos, hacía varios años ya que había escrito aquel himno insuperable a la caridad del capítulo trece en la primera a los de Corinto. Esto nos hace ver que el amor entre los hermanos es no sólo importante en el cristianismo, sino que toca la misma esencia de nuestra fe.

Quien ama, es cristiano.
Quien no ama, de cristiano verdadero no tiene nada.

A lo largo de todas sus cartas -de todas sin excepción-, Pablo va sembrando semillas que hacen germinar el amor en todas las Iglesias. Unas veces se mete en doctrina profunda, como la del Cuerpo Místico de Cristo.

Otras veces baja a detalles concretos de la vida, al parecer mínimos, pero que hacen de la caridad algo vivo -“existencial”, que decimos hoy-, de modo que nadie pueda llevarse a ilusiones tontas. Al considerar esos detalles, uno se llega a decir lo del refrán: “Realmente, que obras son amores, y no buenas razones”.

Entre los principios doctrinales del amor fraterno señalados por Pablo, cabe citar como primero la paternidad de Dios.
-¿Es Dios nuestro Padre? ¿Es Padre de todos?

Indudable, pues escribe Pablo:
“No tenemos más que un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos” (Ef 4,6)

Con Padre semejante, es inconcebible que sus hijos, hermanos todos, no se tengan amor, pues destrozarían el corazón del Padre y sería imposible formar la familia de Dios. Luego todos nos tenemos que amar.

Jesucristo, por otra parte, ha formado con todos los bautizados su Cuerpo Místico. Cristo es la Cabeza, y todos los cristianos sus miembros, hasta poder escribir Pablo:
“Todos los bautizados en Cristo, ustedes, ya no son sino uno en Cristo Jesús”, “pues todos somos miembros los unos de los otros” (Gal 3,27-28. Ef 4,25)

Siendo el Espíritu Santo el alma del Cuerpo Místico, al amarnos colaboramos con el Espíritu a la formación de todo el Cuerpo; si dejáramos de amarnos, destruiríamos la obra del Espíritu.

En lógica rigurosa, mirando a Padre, a Jesucristo, y al Espíritu Santo, quien no ama a un hermano deja de amar a Cristo, y deja de amarse a sí mismo.
Sin amor fraterno, por riguroso que parezca, no puede haber ni salvación.
Por el contrario, quien ama está y estará siempre en el seno y en el corazón de Dios.

Pablo no se cansa de cantar bellezas incomparables del amor:

“¡Dios mismo les ha enseñado a amarse mutuamente!”, dice a los de Tesalónica (1ª,4,9)
“¡Caminen siempre en el amor, igual que Cristo nos ha amado a todos!”, encarga a los de Éfeso (5,2)
“¡Vivan el amor, que es fruto del Espíritu!” (Gal 5, 22)

“¡Ámense hondamente los unos a los otros!”, les insiste a los de Roma. “Con ello habrán cumplido toda la ley” (12,10; 13.8)

Aunque lo mayor del amor nos lo dijo Pablo de aquella manera inolvidable al acabar el sin igual capítulo trece de los Corintios:

Todo pasará. Lo único que durará eternamente es el amor. El amor es lo más grande de todo.




76. A los de Colosas. Jesucristo sobre todo


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¿Quiénes eran los colosenses?

Pablo dirigió una carta magnífica a esos cristianos a los que nunca había visitado.
Sabemos que Pablo, mientras evangelizaba Éfeso, extendió su radio de acción a las ciudades cercanas, enviando a ellas a sus colaboradores más preparados; y entre todos, trabajando así en equipo, fundaron aquellas iglesias que hicieron del Asia Menor un campo feraz de cristianismo. Entre esas ciudades iba a ser Colosas una de las más significativas.

La ciudad de Colosas había sido en otro tiempo una población grande, y ahora, venida a menos, estaba compuesta de griegos, de judíos y de una gran colonia de indígenas frigios. Toda su riqueza le venía de la industria derivada de la cría de ovejas, con sus numerosos y nutridos rebaños. Ciudad medio campesina medio griega, era con todo muy dada a filosofar y teologizar.

Para saber cómo eran los colosenses y lo bien que se conservaban, basta leer estas palabras del saludo de Pablo:

“Damos gracias sin cesar a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, por ustedes en nuestras oraciones, al tener noticia de su fe en Cristo Jesús y de la caridad que tienen con todos los santos”.

¿A qué venía, pues, esta carta, muy cordial, pero que era un toque de alarma?
¿Y por qué la escribió Pablo, o la hizo escribir por uno de sus colaboradores bajo su propia inspección?

Epafras fue a visitar a Pablo en su prisión de Roma llevándole noticias sobre la situación de la Iglesia en Colosas. Se habían introducido doctrinas erróneas sobre los ángeles y potestades celestes, como dominadores del mundo e intermediarios de Dios.

Estas ideas eran debidas a unas corrientes de pensamiento griegas sobre misterios extraños, mezcladas además con otras apocalípticas judías, y que comprometían la supremacía de Cristo. Aquellos grecojudíos vendedores de novedades iban proclamando:

-¡Sí! Cristo Jesús es uno más de esos ángeles mediadores, pero no es ni él solo ni el más importante. Es uno de tantos espíritus que vagan por los aires, que nos ayudan o nos perdiguen, uno de esos tronos, dominaciones y potestades, los seres superiores de la creación.

¡Bueno estaba Pablo para consentir semejante error!... ¿Alguien superior a Cristo? ¿Cristo uno de tantos? ¡Eso sí que no!... Y Pablo enseña ahora:

¡Todo lo que existe está sometido a Cristo!
¡Jesucristo lo llena todo, porque Él es la “plenitud” de todo el mundo! ¡No existe nada que no sea de Cristo y para Cristo!

Todo esto lo expone Pablo en un párrafo que es de lo más grandioso que contiene la Biblia sobre Jesucristo. Parece un himno de gran orquesta:

“Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz.
“Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.
“Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles.
“Todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
“Él es también cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
“Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo.
“Porque en él quiso Dios reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz” (1,15-20)

Con este himno tan colosal quedaba zanjada toda la cuestión que preocupaba a los de Colosas:

Jesucristo es lo primero;
Jesucristo es lo supremo;
Jesucristo es principio y fin de todo;
Jesucristo es el centro en el que todo converge y todo se apoya;
Jesucristo es el único que tiene la salvación;
Jesucristo es no sólo Cabeza de la Iglesia, sino la plenitud de todas las cosas creadas.
Ni la Iglesia ni el Universo se entienden si no se arranca de Jesucristo y si no se coloca a Jesucristo en el centro de todo.

Ahora bien, si esto es Jesucristo sobre todo para nosotros, miembros de su cuerpo, ¿qué relación hemos de tener con Jesucristo ya en este mundo, aunque Él esté en el Cielo?

Nos lo dice Pablo con otro párrafo también formidable:

“Si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Aspiren a las cosas de arriba, no a las de la tierra.
“Porque han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, que es su vida, entonces aparecerán también ustedes gloriosos con él” (3,1-4)

Pablo discurre sobre esto, y saca las consecuencias debidas. En el orden nuevo establecido por Dios en Cristo, desaparecen las divisiones enojosas que vive la sociedad:

¿los de un color u otro de la piel?...
¿los de una fe u otra, mientras sean sinceros en su conciencia?...
¿los cultos o los analfabetos?...
¿los ricos o los pobres?...
¿los empresarios o los trabajadores?...

Eso era antes en la era del pecado. Ahora, todo ha quedado rehecho y unificado en Cristo Jesús.

Dicen que modernamente tiene mucha aplicación esto de Pablo para los que vienen con asuntos de la Nueva Era, la “New Age” o cosas parecidas. Todo lo que sea salirse de Jesucristo como principio, centro y fin de la Iglesia y del Universo, es una equivocación total.

Por eso Pablo, queriendo centrar toda nuestra vida en Jesucristo, da después consejos de vida cristiana que son de lo más precioso y estimulante.

“Procedan de una manera digna del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios”. “En Cristo reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente, y ustedes alcanzan toda la plenitud en él”.

“Cristo es todo en todos”.

“La palabra de Cristo abunde en ustedes en toda su riqueza”.

“Todo cuanto hagan, de palabra o de obra, háganlo todo en el nombre del Señor Jesús”.

¡Qué belleza la de esta carta de Pablo a los de Colosas!

Jesucristo llenándolo todo.
Jesucristo nuestro supremo ideal.
Y nuestra vida, escondida con Jesucristo en Dios…

Esto, ya ahora. ¿Qué será esa vida cuando quede al descubierto sin velo alguno, y transformada plenamente en gloria?...



Puedes encontrar todas las reflexiones anteriores de San Pablo en esta dirección.
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Preguntas o comentarios al autor P. Pedro García Cmf

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lunedì 23 febbraio 2009

Los apóstoles laicos. Pablo, animador y maestro

62. Los apóstoles laicos. Pablo, animador y maestro

Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misiopnero Claretiano

El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente.

En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano.


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Recordemos una anécdota interesante:

Rodeado un día el Papa San Pío X con algunos Cardenales y colaboradores del Vaticano, les preguntó medio en broma medio en serio, como hablaba tantas veces él:

- ¿Qué creen ustedes que es lo más importante para la reforma de la Iglesia?... Y los interrogados, sabiendo las aficiones y preferencias del Papa, iban respondiendo:

- La enseñanza de la Doctrina…, la renovación litúrgica…, la devoción a la Eucaristía…
El Papa movía la cabeza negativamente a cada respuesta: -¡No!..., ¡No!...

Y al fin él, serio en medio de su buen humor:
- ¿Saben ustedes qué es lo más importante? Reunir en torno a cada párroco un grupo de seglares, que tomen responsabilidad de la Iglesia, que trabajen bajo la dirección de los Pastores, y pronto tendremos una Iglesia totalmente renovada.


¿Tenía razón aquel Papa tan providencial, San Pío X?...
Era cuestión de que la Iglesia dejase de considerarse tan clerical, a la vez de que los seglares o laicos tomaran conciencia de su responsabilidad de cristianos, los cuales tienen el derecho y el deber de trabajar por el Reino de Dios, por la Iglesia de Jesucristo, por la salvación de sus hermanos.

Todo ello, con los Pastores como dirigentes, pero también con la autonomía y libertad que les confiere su condición de laicos metidos en el corazón del mundo.

Llegó el Concilio, y, con su Decreto sobre el Apostolado de los Seglares, dio el espaldarazo a tantos laicos como hoy trabajan -vamos a usar palabras de San Pablo- como verdaderos apóstoles de las Iglesias y gloria de Jesucristo (2Co 8,23)

¿Ha inventado la Iglesia algo con esto del apostolado de los laicos?

¡No, ni mucho menos! La cosa viene desde al principio.

Si miramos los Hechos de los Apóstoles, y sobre todo las cartas de San Pablo, vemos que la actividad apostólica de los seglares es tan antigua como la misma Iglesia.

Comunidades eclesiales como Antioquía -y probablemente también la de Roma-, fueron fundadas por laicos, que llevaron desde Jerusalén la Buena Nueva del Señor Jesús.
Después, enterados los Apóstoles, mandaban sus delegados, o iban ellos mismos, para confirmar lo que el Espíritu Santo se había adelantado a hacer. Los apóstoles establecían presbíteros, organizaban y daban institución a una Iglesia iniciada por seglares.

En las cartas de San Pablo tenemos ejemplos admirables de apóstoles laicos, admirados, tan queridos y elogiados por Pablo. Los vemos en todas las cartas, pero el final de los Romanos es sumamente aleccionador.
Miremos a quiénes saluda:

Les recomiendo a Febe. Recíbanla en el Señor. Asístanla en todo lo que necesite, pues ella ha sido protectora de muchos, incluso de mí mismo.
Saluden a Priscila y Áquila, colaboradores míos en Cristo Jesús, que expusieron sus cabezas por salvarme, y saluden también a la iglesia que se reúne en su casa.
Saluden a María, que ha trabajado tanto por ustedes.
Saluden a Urbano, nuestro colaborador en Cristo.
Saluden a Trifena, Trifosa y Pérside, que tanto se fatigaron y trabajaron mucho en el Señor (Ro 16,1-12).

¿Nos damos cuenta? Todos eran laicos. Y tal vez más mujeres que hombres.

El mero hecho de ser cristianos los autorizaba a colaborar con los apóstoles, obispos y presbíteros, e incluso a tomar ellos iniciativas importantes para el desarrollo de la Iglesia.

Pablo, al buscar y aceptar colaboradores, les dictaba la razón que los debía estimular:

- Miren que son miembros del Cuerpo de Cristo. Y cada miembro debe trabajar “según su actividad propia, para el crecimiento y edificación en el amor” (Ef 4,16)

Comentando esta razón de San Pablo, les dice el Concilio a los seglares:

“El que no contribuye según su propia capacidad al aumento del cuerpo debe considerarse como inútil para la iglesia y para sí mismo” (AA 2)
Pero, junto a la amenaza, el Concilio sabe animar:
“Insertos los seglares por el bautismo en el Cuerpo místico de Cristo y robustecidos por la confirmación, es el mismo Señor quien los destina al apostolado” (AA 3)

Aunque nos podemos preguntar: ¿Con qué auxilios cuenta el laico para el apostolado? ¿Qué gracia les da Dios?

Aquí vienen ahora los “carismas” del Espíritu Santo, el cual los reparte abundantes entre los laicos, hijos de la Iglesia, para que se entreguen a ella con generosidad, competencia, celo apostólico, y puedan hacer las maravillas que tantas veces nos toca contemplar.

El apóstol San Pablo es en esto el gran maestro. En las cartas a los Romanos (12,6-8), a los de Corinto (1ª, 12 y 14) y a los de Éfeso (4,11), enumera unas listas de carismas o dones del Espíritu Santo que nos dejan pasmados.
No todos los laicos valen para todos los apostolados, pero todos, hasta los más humildes, pueden ejercer ministerios valiosísimos. Pablo viene a decir a cada uno:

Tú, que sabes hablar, exhorta, predica, consuela. Haz de profeta.
Tú, que sabes instruir, trabaja como catequista.
Tú, doctor que dominas la doctrina del Señor, enseña con competencia.
Tú, que tienes tan buen corazón, dedícate a obras de misericordia con los necesitados.
Tú, tan diestro en oficios, sirve a la Iglesia en cosas materiales, a veces muy humildes.
Tú, inquieto siempre, propaga el Evangelio, habla, no te calles.
Tú, escritor y propagandista, difunde la Fe por “los medios”.
Tú, que eres líder por naturaleza, ponte al frente de los jóvenes inquietos y llévalos a todos al Señor.

Pablo puede seguir señalando con el dedo a cada uno y diciéndole lo que es capaz de hacer por el Señor en su Iglesia. Sus palabras son estimulantes:

“Teniendo dones diferentes, según la gracia que nos ha sido dada, los hemos de ejercitar en la medida de nuestra fe”

Entre las grandes gracias de Dios a su Iglesia en los tiempos modernos, resalta como ninguna la conciencia despertada en los laicos sobre su responsabilidad en el apostolado, conforme a la intuición de aquel Papa tan clarividente.

Sabemos lo que San Pablo hizo en Éfeso por medio de sus colaboradores -laicos en su inmensa mayoría-, con los cuales llenó del Evangelio toda la Provincia romana del Asia.
Y nos podemos preguntar: ¿Pensamos que los católicos seglares de hoy no pueden realizar maravillas semejantes?... Las pueden hacer, y las están haciendo.




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