ARTICULOS DE LA SAGRADA BIBLIA Y LA VIDA CRISTIANA

domenica 10 maggio 2009

Amó a Dios como sólo una madre puede amar.


Amó a Dios como sólo una madre puede amar.

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Antonio Izquierdo y Florian Rodero


Nacer es tener una madre. Así ha sido y es para todo hombre; así ha sido para el mismo Dios, que se hizo hombre en el seno de una Virgen. Por eso, el título mariano de ’Madre de Dios’ es una de las verdades más consoladoras y más ennoblecedoras de la humanidad. El cristianismo no teme en afirmar que Dios se ha acunado en los brazos de una mujer. Una mujer, María de Nazaret, que es madre en su cuerpo y sobre todo madre en su corazón, como bellamente nos enseña san Agustín.

1. Al ritmo de la vida de Cristo. Entre la vida de Jesús y la de María hay una estupenda sincronía y un paralelismo magnífico de misterio y de donación. Junto a la Encarnación del Verbo está la Inmaculada Concepción; con el nacimiento de Jesús se relaciona inseparablemente la maternidad de María; a los pies de la cruz del Redentor se halla de pie, firme en su dolor, María, la corredentora; la ascensión de Jesús a los cielos tiene su paralelo en la asunción de María en cuerpo y alma a la gloria celestial.
Vivir al ritmo de Cristo es vivir a ritmo de redención. Así vivió y vive en el cielo María. Ella se desvivió por Jesús en su vida terrena y vive con Jesús y por Jesús en el cielo. Ella no se pertenece, sino que es toda de su Hijo. Su misión es su Hijo, en la historia y en el siempre de la eternidad.

2. Múltiples relaciones. María mantiene diversas relaciones con la Iglesia. Es modelo de virtudes para todos los cristianos. Es Madre de la Iglesia, como la proclamó Pablo VI, pues ésta prolonga a Jesucristo místicamente en la historia. Es, al igual que la Iglesia, esposa del Espíritu y virgen fecunda que engendra continuamente hijos para Dios. Es espejo radiante de gracia y santidad, es pastora solícita del rebaño de Cristo, es abogada y protectora de los pecadores. Estas relaciones de María con la Iglesia y con sus hijos son relaciones vivas, ardientes, profundamente enclavadas en el alma cristiana, como se puede ver acudiendo a los santuarios de devoción mariana. ¿Y nuestras relaciones con María?

La Iglesia nos recomienda una veneración profunda hacia María. Una veneración que entraña una mezcla de algo sagrado y filial, cercano y misterioso. Sí, porque María es nuestra madre, pero al mismo tiempo está toda ella envuelta en el misterio de Dios. Una veneración, por ello, que nace de la profundidad de la fe, pero que toca también la superficie de nuestra sensibilidad. Es toda nuestra persona la que venera a María. Veneramos a María pero no la adoramos, solo se adora a Dios.

3. Madre del Hijo de Dios. María es la única mujer a quien Dios puede llamar madre y Jesús es el único Dios a quien una mujer puede llamar Hijo. En su seno Dios se instaló, creció, se hizo bebé. En sus brazos se acunó, en sus ojos se miró, sobre su pecho se durmió. Cogido de su mano comenzó a dar los primeros pasos por el mundo. Con sus besos María lo ungió de cariño y ternura, con sus labios le habló y le enseñó el lenguaje de su pueblo. Con su corazón lo amó, como sólo una madre puede amar.



Catholic.net

Año del Apóstol San Pablo-Predestinados y elegidos. De eternidad a eternidad.





83. Predestinados y elegidos. De eternidad a eternidad.

Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misionero Claretiano

El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente.

En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano.

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La ciencia moderna nos tiene asombrados cuando nos habla hoy del origen del mundo, con eso que los científicos llaman el “Big bang” o gran estallido que originó el Universo. Dicen que se produjo hace unos dieciséis mil millones de años. ¡Como quien no dice nada!... Entonces empezó a existir la materia y comenzó a correr el tiempo: ¡Dieciséis mil millones de años nada más!...

Pues, bien; supongamos que Pablo vive todavía en el mundo, metido en su desierto de Arabia o predicando en la planicie de Galacia, y le damos esta noticia, este descubrimiento de la ciencia. ¿Saben lo que haría y nos contestaría Pablo? No mostraría ninguna extrañeza ni ninguna emoción. Se limitaría a decir:

¿Dieciséis mil millones de años? Si eso no es nada… Porque antes, mucho antes, desde toda la eternidad, ya existía Jesucristo en la mente de Dios. Desde toda la eternidad había ordenado este Universo en orden a Jesucristo. Y no sólo a Jesucristo, sino a nosotros, que nos soñó hijos en su Hijo, a fin de que Jesucristo y nosotros viviéramos después siempre con el mismo Dios en su misma gloria y felicidad.

Para cuando apareció aquel “Gran estallido” del que hablan ustedes, hace tantos miles de millones de años, ya éramos veteranos nosotros en la mente de Dios, y teníamos además por delante una vida que no acabaría jamás, porque la vida posterior sería tan larga, tan eterna, como lo había sido la anterior.

¡Vaya discurso que nos echaría Pablo si le fuéramos con noticia semejante! No se lo hubiera soltado a los sabios griegos en el Areópago de Atenas con más elocuencia que a nosotros ahora.

Muy bien, amigas y amigos, ¿fantaseamos hoy demasiado, al hablar así de lo que nos dice la ciencia moderna sobre la creación, mirado todo a la luz de la revelación de Dios por medio de Pablo?

No, no fantaseamos. Esto es lo que nos dice Pablo sobre nuestra predestinación, nuestra elección y nuestra glorificación nada más abrimos la carta a los de Éfeso. Vemos que ésa es la realidad. Que ése fue el sueño divino alimentado por Dios desde toda la eternidad. Y que, por toda la eternidad que viene, ésa va a ser la dicha sin fin que nos espera.

Empieza Pablo su afirmación categórica con palabras emocionantes, y tantas veces repetidas:

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales en Cristo, por cuanto nos ha elegido en él antes de la creación del mundo, para ser santos e intachables por el amor, eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo”.

Esto es grandioso, sin más.

Un santo y mártir jesuita comentaba estas palabras comparándolas con la ilusión inefable de una madre que espera al niñito que viene.

- ¡Nueve meses! ¡Ya no faltan más que seis meses, tres meses, un mes nada más!... ¿Y cuándo tendré en mis manos al bebé que llega para besarlo, para acariciarlo, cuándo?...

Esos nueve meses inefables de la mamá, en Dios fue toda una eternidad:

- ¿Cuándo tendré a mi Hijo convertido en Jesús, en Jesucristo, y con Él a una multitud más de hijos que serán felices conmigo por siempre?...

Esta es la primera etapa de esa eternidad anterior descrita por Pablo, incluidos en ella los miles de millones de años que pasaron desde la creación hasta la venida de Jesús al mundo.

Se presenta después la segunda etapa, la de Jesucristo entre nosotros, desde la Encarnación a la Ascensión y a su vuelta gloriosa al final de los tiempos. El apóstol San Pablo nos presenta a Jesucristo entre nosotros rescatándonos con su sangre, la cual nos ha merecido “el perdón de los pecados” (1,7)

Para Jesucristo fue esta etapa de su vida en la tierra la de la expiación de la culpa de la Humanidad, realizada por su muerte sufrida en la cruz.

Murió Jesús. Pero vino la respuesta de Dios. La Víctima del Calvario era vivificada por el Espíritu Santo, y asumida por el Padre que la glorificaba en el Cielo, como dice Pablo:

“Dios desplegó toda su potencia en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en los cielos, por encima de cuanto existe en este mundo y en el otro” (1,20-21)

Allá subió Cristo, que ascendía a las alturas llevando consigo a una multitud inmensa de redimidos (2,8)

Seguimos metidos en esta segunda etapa, con el empeño de Dios de hacer que “todas las cosas, lo que está en el cielo y lo que está en la tierra, se vayan centrando en Cristo como cabeza de todo lo creado (1,10), “pues todo fue creado por Él y para Él” (Col 1,16).

Esta es la etapa de la Iglesia, a la que Jesús confió el desarrollo del Reino de Dios, con la proclamación del Evangelio a todo el mundo, hasta que se complete el número de los elegidos.

¿Cuánto durará esta etapa segunda? No lo sabemos. Es un secreto que se ha reservado Dios. Llevamos hasta ahora dos mil años, y no se acabará hasta que haya entrado el último de los predestinados. Dios no tiene ninguna prisa, y pueden faltar aún muchos milenios, hasta que se forme una familia inmensa, digna de la grandeza y del amor de Dios.

Entonces vendrá la tercera y última etapa, cuando Jesucristo vuelva al final de los tiempos, glorioso y triunfador, para reunir a todos los elegidos desde un extremo al otro de la tierra, y ofrecer al Padre el Reino conquistado. Entonces, como expresa Pablo, vencidos todos los enemigos y puestos bajo sus pies, entregará el Reino a Dios Padre, de modo que Dios sea todo en todas las cosas (1Co 15,28)

Esta Carta de Pablo a los de Éfeso nos ofrece en un conjunto maravilloso todo el misterio de Jesucristo y de nosotros como familia de Dios.

Soñados por Dios, no durante miles de millones de años, sino desde toda la eternidad.

Formada esa familia de Dios durante el tiempo de la vida mortal de Jesús en el mundo y a lo largo de los siglos o milenios que Dios tiene determinados.

Y completada y consumada al final de los tiempos, para morar en la casa de Dios -en la Casa del Padre, como nos gusta decir hoy-, por siglos eternos…

¡Grandioso el plan de Dios!

Mas grandioso, desde luego, que ese Big Bang o Gran Estallido de los científicos, que nos pasma con sus miles de millones de años, tan cortitos comparados con nuestra eternidad en la mente y en la gloria de Dios…




84. Santos, inmaculados, amantes. Así nos pensó Dios

Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García misionero Claretiano


El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente.

En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano.

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La carta de Pablo a los Efesios, que vamos conociendo bien a estas horas, es rica de verdad, ¿no es así? Nos habla de Jesucristo y de su “misterio” de modo que embelesa y entusiasma.

Sin embargo, Pablo no se contenta con enseñar doctrinas elevadas, sino que propone también en esta carta, de manera abundante y rica, las directrices de vida cristiana que se desprenden de su altísima enseñanza.

En realidad, nada más empezar y en la primera línea, Pablo expone con tres palabras el ideal de Dios sobre los bautizados, al decir que fueron escogidos desde antes de la creación del mundo para ser ante Dios “santos, inmaculados, amantes” (Ef 1,4)

Como vemos, un programa sugerente por su altura y su grandeza, aunque también estremecedor por sus enormes exigencias. Todas las normas que Pablo dicta en esta segunda parte de la carta se van a reducir a esto nada más y nada menos:

- ¡Cristianos! ¡A ser santos, a ser intachables, a ser incendios de amor!
Es todo lo que Pablo nos quiere decir hoy (Ef 4,17-31)

¡Sean santos ante todo!, grita a todas aquellas Iglesias del Asia Menor a las cuales dirige esta carta circular. “Revístanse del Hombre Nuevo, Jesucristo, creado según Dios en la justicia y santidad”.

Los creyentes del Asia Menor conocían muy bien las costumbres paganas de sus tierras. Habían vivido metidos en ellas, y no se habían distinguido por ser unos angelitos precisamente. Recordándoles esto, empieza por decirles Pablo:

“No vivan ya como viven los paganos, según la vaciedad de su mente, porque obcecada su inteligencia en las tinieblas del pecado, se ven excluidos de la vida de Dios por la ignorancia que hay en ellos y por la dureza de su corazón” (4,17-18)

Los creyentes eran todo lo contrario.
Llevaban dentro por el Bautismo la Vida de Dios, y no querían regresar a una condición moral que ahora les apenaba. Pablo se lo reconoce y les anima:

“Ustedes han aprendido bien a Cristo, pues han oído hablar de él rectamente, y han sido formados conforme a la verdad de Jesús” (4,21)
“Revestidos de Cristo”, y viviendo conforme a la verdad de Cristo, ¡adelante, que ustedes son santos de verdad!

Por la Virgen María - a la que llamamos sin más “La Inmaculada” al haberse visto limpia de toda mancha desde su concepción- sabemos lo que significa esa palabra de Pablo: “Inmaculados”.
Son cristianos intachables, de los que nadie puede burlarse señalándoles con el dedo. Pablo contrapone también ahora a estos cristianos con los paganos, usando palabras fuertes:

“Habiendo perdido los gentiles el sentido moral, se entregaron al libertinaje, hasta practicar con desenfreno toda suerte de impurezas” (4,19)

Eso lo conocían muy bien los creyentes, por lo cual no podían extrañarse de las palabras de Pablo:

“En cuanto a su vida anterior, despójense del hombre viejo, que se corrompe al seguir las concupiscencias y las pasiones que le seducen” (4,22)

Si se dejan arrastrar por ellas, ¿saben lo que hacen?...

-¡Sépanlo! “¡Poner triste al Espíritu Santo, con el cual han sido sellados para el día de la redención final” (4,30)

Pablo no acaba nunca de manera negativa, aunque reprenda los vicios más degradantes.
Mucho menos lo va a hacer ahora con sus queridos efesios, y les da coraje:

¡Venga, amigos, a ser intachables! Todos los de fuera los miran como lo que actualmente son: “Aunque antes fueron tinieblas, ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz” (5,8-9)

Todo lo que les pueda decir Pablo, se resolverá finalmente en el amor. Y ahora empieza por proponer la generosidad de Dios y la figura de Jesucristo:

“Recuerden que Dios los perdonó en Cristo, y sean por lo tanto imitadores de Dios, como hijos queridos” (4,37-5,1)
Además, “vivan en el amor, como Cristo los amó y se entregó a la muerte por nosotros como sacrificio agradabilísimo a Dios” (5,2)

Dios que ama y entrega a su propio Hijo…
Jesucristo que ama y se entrega a Sí mismo a la muerte… ¿Qué le queda al cristiano?... Amar, amar con todas sus fuerzas, amar con todo su ser, amar a Dios, a Jesucristo, a todos… Amar como Jesucristo, amar como el mismo Dios.

Pablo va a tomar ahora una comparación muy gráfica: ¿Qué hace el que se emborracha con vino, ingiriendo alcohol?... Lo sabemos todos. Pablo pasa de esa imagen dolorosa a otra bellísima: “¡Embriáguense de Espíritu Santo!”.

¿Y qué hará el Espíritu divino?
No pudiendo el cristiano aguantar tanto amor como llevará dentro, estallará en “salmos, himnos, cánticos ardientes e inspirados, cantando constantemente al Señor, dando gracias siempre y por todo a Dios Padre, en nombre del Señor Jesucristo” (5,18-20)

Parejo al amor a Dios irá el amor al hermano, ya que el amor a Dios obligará a “conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz” (4,3)

Con cristianos así, “santos, inmaculados, amantes”, será una realidad en la Iglesia de nuestros días aquello que esperaba el Papa Pablo VI al pensar en el Concilio que se había celebrado:.

“Vendrá el descubrimiento de ser cristianos y la alegría de serlo.

Y con la alegría, un vigor nuevo que pone en muchos corazones deseos, esperanzas, propósitos, audacias de nuevas actividades apostólicas.

Vendrán cristianos que se apartan del gregarismo, de la pasividad, de la aquiescencia que hace espiritualmente esclava a tanta gente de nuestro mundo de hoy”.

Si Dios es Santo, el Santísimo, ¿qué mayor ideal cristiano que ser santos como Dios?
Si Dios es Belleza infinita, ¿qué mayor hermosura cristiana que una limpieza sin tacha?
Si Dios es Amor, ¿qué sentimiento cristiano puede superar al amor, qué ocupación más grande que amar, qué actividad más divina que gastar la vida amando siempre más y más?...



Puedes encontrar todas las reflexiones anteriores de San Pablo en esta dirección.
Y en www.evangelicemos.net


85. ¡Ven, Espíritu Santo! El único Espíritu de la Iglesia

Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misionero Claretiano

El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente.

En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano.

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Empezamos hoy con una pregunta: ¿Qué nos dice Pablo sobre el Espíritu Santo? ¿quién era el Espíritu Santo para San Pablo?...
Porque en los Hechos de los Apóstoles, y después en sus cartas, Pablo trata al Espíritu Santo de una manera tal que lo cita continuamente, le atribuye toda la vida de la Iglesia, lo ve mover la existencia entera del cristiano.

Pablo sabe que al Espíritu Santo le debe su misión, desde que en la asamblea de Antioquía se escuchó aquella voz:
“Sepárenme a Saulo y Bernabé para la obra a que los tengo llamados” (Hch 13,1)
A partir de este momento, el Espíritu lo guía o le detiene los pasos, de modo que Pablo no es más que el instrumento dócil que cumple siempre un encargo superior.

En la vida y en las cartas de Pablo, el Espíritu Santo está siempre activo, siempre se mueve, nunca está sentado en su trono de gloria para recibir adoraciones aunque sea Dios.
El Espíritu Santo que conoce Pablo no tiene más preocupación que la Iglesia y cada uno de los hijos e hijas de la Iglesia.
Mientras la Iglesia peregrine en la tierra y haya un cristiano en el mundo, el Espíritu Santo no se tomará el descanso divino que le corresponde en la gloria.

Al hablar así, no lo hacemos con irreverencia a una de las Tres Divina Personas, sino con un cariño grande al Espíritu Santo, el dulce Huésped de las almas.

Pablo ve al Espíritu Santo llenando y animando totalmente a la Iglesia.
La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, el organismo de Cristo, y el Espíritu Santo es el alma que le da vida.
Es lo que Pablo expresa con estas palabras:
“Un solo cuerpo y un solo Espíritu” (Ef 4,4)

El cristiano, cuando se bautizó, se convirtió en hijo de Dios, en un miembro del Cuerpo de Cristo, y quedó a su vez lleno del Espíritu Santo.
Así, el Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, ha venido a ser el alma de todos los miembros de Cristo, de todo el Cuerpo de Cristo, de toda la Iglesia.

¿Y qué quiere Pablo entonces de cada cristiano y de la Iglesia entera?
Pablo ve a la Iglesia, y a cada cristiano en particular, como un templo del Espíritu Santo, conforme a las palabras tantas veces repetidas:
“¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en ustedes?”.

El cristiano no puede destruir en si mismo con la impureza ese templo que es él mismo, ni tampoco destruir con divisiones el templo que es la Iglesia:
“¿No saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo?”. “Y si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es sagrado, ese templo que son ustedes” (1Co 6,19; 3,16-17)

Por eso Pablo dice algo duramente:
“El que no tiene el Espíritu de Cristo, ha dejado de ser un miembro suyo” (Ro 8,9)
¿Y quién es el que no tiene el Espíritu de Cristo?...
Según San Pablo, es aquel que se deja arrastrar de nuevo por aquellas malas tendencias de antes, ya que “los que son de Cristo las tienen clavadas con Cristo en su cruz” (Gal 5,24)

Pablo ve a la Iglesia como la gran testigo de Cristo, del que da testimonio, como dice a los de Corinto (2Co 3,3) con expresión muy bella:
“Ustedes son la carta de Cristo, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo”.
A los que son esta carta, les dicta Pablo tres preciosos textos, que lo resumen todo.

Primero. El Espíritu Santo es don de Dios y prenda de su divina gracia, de su protección, de la vida eterna.
Y así les dice: “Dios nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu Santo en nuestros corazones” (2Co 1,22)

Segundo. El amor cristiano es obra del Espíritu Santo.
Es el Espíritu quien aviva el fuego, desde el momento que se metió dentro de cada uno de los bautizados, conforme a la palabra de Pablo tantas veces repetida:
“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Ro 5,5)

Tercero. Con el Espíritu Santo en los corazones, se gozan anticipadas las alegrías que se esperan para el Cielo, tan diferentes de la felicidad vana que puede ofrecer la tierra.
Lo dice Pablo con palabras fuertes:
“No se emborrachen con vino, causa de libertinaje, sino embriáguense de Espíritu Santo, que les hará estallar en salmos, himnos y cánticos inspirados, para cantar en su corazón al Señor” (Ef 5,18-19)

Cuando se conoce al Espíritu Santo por lo que nos dice Pablo, se aprecia de verdad eso que se ha dicho del Divino Espíritu: que ilumina, que enciente, que empuja.
¡Cómo hace ver los misterios de Dios!
¡Cómo abrasa el corazón!
¡Cómo impulsa a hacer algo por el Señor!...

El Espíritu Santo, que nunca está quieto en la Iglesia, no deja tampoco en paz ociosa al cristiano, que, al dejarse guiar por el Espíritu, tiene siempre en sus labios la consabida plegaria: ¡Ven, Espíritu Santo!...

Entre los himnos de la Liturgia de la Iglesia al Espíritu Santo hay uno precioso por demás.
Cada uno de los versos puede probarse sin esfuerzo alguno con un texto de San Pablo, como si Pablo fuera dictando cada uno de esos versos con palabras propias suyas.
Dice así ese himno tan bello:

“Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.

“Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

“Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.

“Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

“Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno”.

Este himno en latín es muy viejo, y muy moderna su traducción a nuestra lengua. Pero, en latín o español, estemos seguros que merece esta firma: Pablo, apóstol de Jesucristo.




Preguntas o comentarios al autor P. Pedro García Cmf


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venerdì 1 maggio 2009

San José Obrero 01 Mayo




San José Obrero 01 Mayo





El día 1 de Mayo del año 1955, el Papa Pío XII, instituyó la fiesta de San José Obrero. Una fiesta bien distinta que ha de celebrarse desde el punto de partida del amor a Dios y de ahí pasar a la vigilancia por la responsabilidad de todos y de cada uno al amplísimo y complejo mundo de la relación con el prójimo basada en el amor: desde el trabajador al empresario y del trabajo al capital, pasando por poner de relieve y bien manifiesta la dignidad del trabajo -don de Dios- y del trabajador -imagen de Dios-, los derechos a una vivienda digna, a formar familia, al salario justo para alimentarla y a la asistencia social para atenderla, al ocio y a practicar la religión que su conciencia le dicte; además, se recuerda la responsabilidad de los sindicatos para logro de mejoras sociales de los distintos grupos, habida cuenta de las exigencias del bien de toda la colectividad y se aviva también la responsabilidad política del gobernante.

Todo esto incluye ¡y mucho más! la doctrina social de la Iglesia porque se toca al hombre al que ella debe anunciar el Evangelio y llevarle la Salvación; así mantuvo siempre su voz la Iglesia y quien tenga voluntad y ojos limpios lo puede leer sin tapujos ni retoques en Rerum novarum, Mater et magistra, Populorum progressio, Laborem exercens, Solicitudo rei socialis, entre otros documentos. Dar doctrina, enseñar donde está la justicia y señalar los límites de la moral; recordar la prioridad del hombre sobre el trabajo, el derecho a un puesto en el tajo común, animar a la revisión de comportamientos abusivos y atentatorios contra la dignidad humana... es su cometido para bien de toda la humanidad; y son principios aplicables al campo y a la industria, al comercio y a la universidad, a la labor manual y a la alta investigación científica, es decir, a todo el variadísimo campo donde se desarrolle la actividad humana.

Nada más natural que fuera el titular de la nueva fiesta cristiana José, esposo de María y padre en funciones de Jesús, el trabajador que no lo tuvo nada fácil a pesar de la nobilísima misión recibida de Dios para la Salvación definitiva y completa de todo hombre; es uno más del pueblo, el trabajador nato que entendió de carencias, supo de estréchese en su familia y las llevó con dignidad, sufrió emigración forzada, conoció el cansancio del cuerpo por su esfuerzo, sacó adelante su responsabilidad familiar; es decir, vivió como vive cualquier trabajador y probablemente tuvo dificultades laborales mayores que muchos de ellos; se le conoce en su tiempo como José «el artesano» y a Jesús se le da el nombre descriptivo de «el hijo del artesano». Y, por si fuera poco, los designios de Dios cubrían todo su compromiso.

Fiesta sugiere honra a Dios, descanso y regocijo. Pues, ánimo. Honremos a Dios santificando el trabajo diario con el que nos ganamos el pan, descansemos hoy de la labor y disfrutemos la alegría que conlleva compartir lo nuestro con los demás.







Oremos



Dios nuestro, creador del universo, que has establecido que el hombre coopere con su trabajo al perfeccionamiento de tu obra, haz que, guiados por el ejemplo de San José y ayudados por sus plegarias, realicemos las tareas que nos asignas y alcancemos la recompensa que nos prometes. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.










©Evangelizo.org 2001-2009
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venerdì 24 aprile 2009

Creo en la misericordia divina


Creo en la misericordia divina

Fuente: Catholicnet
Autor: P. Fernando Pascual


Los católicos acogemos un conjunto de verdades que nos vienen de Dios. Esas verdades han quedado condensadas en el Credo. Gracias al Credo hacemos presentes, cada domingo y en muchas otras ocasiones, los contenidos más importantes de nuestra fe cristiana.

Podríamos pensar que cada vez que recitamos el Credo estamos diciendo también una especie de frase oculta, compuesta por cinco palabras: “Creo en la misericordia divina”. No se trata aquí de añadir una nueva frase a un Credo que ya tiene muchos siglos de historia, sino de valorar aún más la centralidad del perdón de Dios, de la misericordia divina, como parte de nuestra fe.

Dios es Amor, como nos recuerda san Juan (1Jn 4,8 y 4,16). Por amor creó el universo; por amor suscitó la vida; por amor ha permitido la existencia del hombre; por amor hoy me permite soñar y reír, suspirar y rezar, trabajar y tener un momento de descanso.

El amor, sin embargo, tropezó con el gran misterio del pecado. Un pecado que penetró en el mundo y que fue acompañado por el drama de la muerte (Rm 5,12). Desde entonces, la historia humana quedó herida por dolores casi infinitos: guerras e injusticias, hambres y violaciones, abusos de niños y esclavitud, infidelidades matrimoniales y desprecio a los ancianos, explotación de los obreros y asesinatos masivos por motivos raciales o ideológicos.

Una historia teñida de sangre, de pecado. Una historia que también es (mejor, que es sobre todo) el campo de la acción de un Dios que es capaz de superar el mal con la misericordia, el pecado con el perdón, la caída con la gracia, el fango con la limpieza, la sangre con el vino de bodas.

Sólo Dios puede devolver la dignidad a quienes tienen las manos y el corazón manchados por infinitas miserias, simplemente porque ama, porque su amor es más fuerte que el pecado.

Dios eligió por amor a un pueblo, Israel, como señal de su deseo de salvación universal, movido por una misericordia infinita. Envió profetas y señales de esperanza. Repitió una y otra vez que la misericordia era más fuerte que el pecado. Permitió que en la Cruz de Cristo el mal fuese derrotado, que fuese devuelto al hombre arrepentido el don de la amistad con el Padre de las misericordias.

Descubrimos así que Dios es misericordioso, capaz de olvidar el pecado, de arrojarlo lejos. “Como se alzan los cielos por encima de la tierra, así de grande es su amor para quienes le temen; tan lejos como está el oriente del ocaso aleja Él de nosotros nuestras rebeldías” (Sal 103,11-12).

La experiencia del perdón levanta al hombre herido, limpia sus heridas con aceite y vino, lo monta en su cabalgadura, lo conduce para ser curado en un mesón. Como enseñaban los Santos Padres, Jesús es el buen samaritano que toma sobre sí a la humanidad entera; que me recoge a mí, cuando estoy tirado en el camino, herido por mis faltas, para curarme, para traerme a casa.

Enseñar y predicar la misericordia divina ha sido uno de los legados que nos dejó el Papa Juan Pablo II. Especialmente en la encíclica “Dives in misericordia” (Dios rico en misericordia), donde explicó la relación que existe entre el pecado y la grandeza del perdón divino: “Precisamente porque existe el pecado en el mundo, al que ’Dios amó tanto... que le dio su Hijo unigénito’, Dios, que ’es amor’, no puede revelarse de otro modo si no es como misericordia. Esta corresponde no sólo con la verdad más profunda de ese amor que es Dios, sino también con la verdad interior del hombre y del mundo que es su patria temporal” (Dives in misericordia n. 13).

Además, Juan Pablo II quiso divulgar la devoción a la divina misericordia que fue manifestada a santa Faustina Kowalska. Una devoción que está completamente orientada a descubrir, agradecer y celebrar la infinita misericordia de Dios revelada en Jesucristo. Reconocer ese amor, reconocer esa misericordia, abre el paso al cambio más profundo de cualquier corazón humano, al arrepentimiento sincero, a la confianza en ese Dios que vence el mal (siempre limitado y contingente) con la fuerza del bien y del amor omnipotente.

Creo en la misericordia divina, en el Dios que perdona y que rescata, que desciende a nuestro lado y nos purifica profundamente. Creo en el Dios que nos recuerda su amor: “Era yo, yo mismo el que tenía que limpiar tus rebeldías por amor de mí y no recordar tus pecados” (Is 43,25). Creo en el Dios que dijo en la cruz “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34), y que celebra un banquete infinito cada vez que un hijo vuelve, arrepentido, a casa (Lc 15). Creo en el Dios que, a pesar de la dureza de los hombres, a pesar de los errores de algunos bautizados, sigue presente en su Iglesia, ofrece sin cansarse su perdón, levanta a los caídos, perdona los pecados.

Creo en la misericordia divina, y doy gracias a Dios, porque es eterno su amor (Sal 106,1), porque nos ha regenerado y salvado, porque ha alejado de nosotros el pecado, porque podemos llamarnos, y ser, hijos (1Jn 3,1).

A ese Dios misericordioso le digo, desde lo más profundo de mi corazón, que sea siempre alabado y bendecido, que camine siempre a nuestro lado, que venza con su amor nuestro pecado. “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación, dispuesta ya a ser revelada en el último momento” (1Pe 1,3-5).






Esperanza ante lo difícil

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Fernando Pascual LC


La esperanza “sirve” sobre todo cuando el corazón tiene ante sí dificultades y pruebas de importancia.

Lo fácil no es objeto de esperanza, porque sabemos que está a la mano, que se consigue en seguida, que las puertas están abiertas, que el espíritu y el cuerpo tienen la energía necesaria para alcanzar la meta.

Pero cuando vemos el objetivo rodeado de dificultades, cuando tocamos nuestra propia debilidad, cuando percibimos la acción de personas o de circunstancias que hacen difícil y lejano el triunfo, es cuando más necesitamos la virtud de la esperanza.

En la vida humana miles de deseos están acompañados por una auténtica nube de obstáculos. En ocasiones, el modo de pensar “realista” nos lleva a reconocer que es casi imposible dar un paso adelante, que no vale la pena seguir en la lucha por algo inalcanzable. En otras ocasiones, con un mayor esfuerzo, con un poco (o con un mucho de esperanza) seríamos capaces de reavivar la voluntad y reunir energías para seguir en la lucha por conquistar algo bueno y noble que merece lo mejor de nuestra vida.

La sociedad necesita corazones que no se rindan ante las pruebas, que no se acobarden ante los reproches, que no se hundan entre lamentaciones y “quisieras” sin decisiones concretas. El mundo necesita hombres y mujeres con una esperanza ardiente, llena de luz, llena de valentía, que sepan mirar más allá de las dificultades para renovar la lucha, a pesar de las heridas que la batalla va dejando en la propia carne.

Desde la fe cristiana, sabemos que la meta verdadera y feliz a la que todo ser humano es invitado se llama Dios, que es Padre y Redentor. Y porque reconocemos que el Hijo de Dios quiso pasar por el dolor humano, tomó nuestra carne débil y sufriente, recorrió nuestros caminos polvorientos y sintió la sed tras la larga marcha de la vida, también sabemos que la esperanza cuenta con el mejor de los Amigos, de los aliados, de los compañeros.

No somos peregrinos ilusos que van tras un espejismo de engaños. Somos bautizados tocados por una Cruz que no fue la última página de la historia, sino el culmen del Amor bañado de esperanza.

Tras la tristeza del Gólgota viene la alegría de la Pascua. Esa es la gran esperanza que tenemos los cristianos, por la que caminamos entre luces y sombras, entre obstáculos y caídas.

Los ojos del alma miran hacia el frente, llenos de esperanza. Descubren así un horizonte en el que brilla la aurora que nos invita a dar nuevos pasos en la lucha por el bien, por la verdad, por la justicia, por el amor eterno.




Preguntas o comentarios al autor P. Fernando Pascual LC




Catholic.net

Una lección machacona. La Oración en San Pablo


80. Una lección machacona. La Oración en San Pablo

Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misionero Claretiano

El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente.

En las meditaciones de los lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano.

____________________________


En aquellos días vistió Pablo a los de Colosas y se armó entre ellos una amigable discusión. Los discípulos medio bromeaban con el Maestro:

- Pablo, cuando escribes cartas eres a veces demasiado insistente en algunas de tus recomendaciones. Como si no practicáramos lo que hemos hecho desde siempre…
- ¿A qué se refieren?..., contestó Pablo con extrañeza a los amigos de Colosas, los cuales le replicaron:

- Concretamente a la oración. Mira lo que nos escribiste a nosotros y a los de Éfeso, porque en las dos cartas dices lo mismo: “Sean perseverantes en la oración, velando en ella con acción de gracias… A permanecer siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión”.
Esto nos decías. ¿Es verdad, o no? (Col 4,2; Ef 6,18)

Respondía fríamente Pablo:
- Si ¿y qué?...

Los otros insistían:
- ¿Aún quieres más? Sabes que tus cartas corren muy pronto por todas las Iglesias, y a los de Tesalónica primero, después a los de Roma, les dijiste lo mismo que a nosotros y lo sabíamos todos más que de memoria: “Recen constantemente”. “Dedíquense a orar con asiduidad”...

Pablo, no nos digas que no eres un poco machacón… (1Ts 5,17; Ro 12,12)

Pablo se rinde, aunque sigue en la suya:

- Tienen toda la razón. Como dicen ustedes, soy y seré machacón en lo que debo serlo.
Y en esto de la oración, miren lo que escribió nuestro querido Lucas hace poco en el Evangelio que ya tiene concluido. El Señor Jesús fue más fuerte que yo cuando mandó: “Es necesario orar siempre sin desfallecer nunca” (Lc 18,1)
¿Qué me toca hacer a mí?...

Así pudieron hablar Pablo y los amigos en aquella breve visita que el Apóstol hizo a las Iglesias del Asia Menor antes de ir definitivamente a Roma para su martirio.

Para Pablo, la oración es la respiración del cristiano y de la Iglesia. Si queremos cristianos sanotes y una Iglesia vigorosa, no hay más remedio que orar, rezar siempre, levantar las manos hacia lo alto, desplegar los labios en plegarias continuas y tener fijo el corazón en Dios.

¿Tenía Pablo autoridad para hablar de manera tan repetida sobre la oración?
¡Claro que sí! Era un experimentado de primer orden.

Muchacho judío, y fariseo riguroso, rezaba continuamente, pues los fariseos tenían establecidas oraciones para todo. No había acción del día que no contase con una oración para empezar y otra para concluir.

Cuando vino la conversión de Pablo ante las puertas de Damsco, Dios mandó a Ananías:
- Vete a la calle principal, y en la posada de Judas preguntas por Saulo.
- ¿Por Saulo? ¿Por ese que ha hecho tanto mal a tu Iglesia?...
- Anda, y no temas. Saulo está orando.
Como diciéndole Dios:
- No temas nada de un hombre y para un hombre que ora. El que reza no es capaz de ningún mal.

Pasan algunos años. Pablo se da de tal modo a la oración, que llega a unas alturas místicas inimaginables. Pues nos dice él mismo:
- Yo no sé si corporalmente o fuera de mi cuerpo, pues solo Dios que lo hizo lo sabe, fui arrebatado hasta lo más alto del paraíso, y sentí cosas tan sublimes que al hombre le resulta imposible expresarlas (2Co 12,2-5)

Pablo, experto en oración, sabe muy bien cuando insiste tanto para que el cristiano se consagre a la tarea número UNO, la primera que debe figurar en su agenda. De ahí sus expresiones: orar “asiduamente”, “orar sin cesar”, “orar en todo lugar”.

Si examinamos más detenidamente lo que Pablo nos encarga, vemos que para él la oración tiene unas características muy marcadas.

Ante todo, la oración, más que del hombre o de la mujer, es una acción de Dios dentro de todos los cristianos. El Espíritu Santo está en actividad constante impulsando a cada uno a la oración. Le hace sentirse hijo o hija de Dios, y por lo mismo le empuja a clamar de continuo con palabras amorosas: “¡Padre! ¡Papá!”… (Ro 8,15)

Pablo no ve al Espíritu Santo metido solamente en el corazón del cristiano para hacerle rezar a nivel individual. Contempla al Espíritu metido siempre en las asambleas de la Iglesia suscitando, moviendo e impulsando la oración de todos los fieles:

“Reciten entre ustedes salmos, himnos y cánticos inspirados; canten y entonen salmos en su corazón al Señor, dando gracias y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5,19-20)

La oración comunitaria, las plegarias de las Eucaristías, los cantos en la celebración, las aclamaciones de los carismáticos, el movimiento acompasado catecumenal, los entusiasmos de los grupos juveniles…, no son sino una manifestación jubilosa de la presencia del Espíritu Santo en el seno de la Iglesia.

San Pablo reconoce en ello la acción del Espíritu divino, que embriaga a los fieles, a los que aconseja bellamente:

- No se emborrachan ustedes con vino que lleva a la lujuria, sino que se llenan de Espíritu Santo, el cual les hace hablar y gritar felices en honor del Señor (Ef 5,18-19)

¿Y por qué y por quiénes reza Pablo y quiere que se rece? No deja a nadie ni nada fuera del alcance de la oración.

- ¡No ceso de rezar por ustedes!... ¡Me acuerdo de ustedes y los tengo presentes de continuo en mis oraciones!... (Col 1,9; Ro 1,9-10)
- ¡Y algo que quiero hagan siempre, sin omitirlo nunca! Eleven plegarias, oraciones, súplicas, acciones de gracias por todos los que están constituidos en autoridad, a fin de que podamos llevar una vida tranquila y apacible, con toda piedad y dignidad. Esto es muy agradable a Dios” (1Tm 2,1-2)

¿Por qué Pablo, igual que Jesús, los dos, hacen de la oración la actividad principal del cristiano? Alguna razón tienen que tener… Y la tienen muy clara.

Con la oración se mantiene luminosa la antorcha de la fe. Quien ora es porque cree.
Con la oración no muere la esperanza. Quien ora es porque espera. Con la oración, el corazón está encendido siempre. Quien ora es porque ama.

Y si la oración es la que mantiene y desarrolla la vida divina; si la oración es la que avanza la gloria, en la que no cesaremos un instante de hablar con Dios; si la oración es la acción del Espíritu Santo en las almas…, ¿se puede hacer algo más grande que orar?...




Puedes encontrar todas las reflexiones anteriores de San Pablo en esta dirección.
Y en www.evangelicemos.net


Preguntas o comentarios al autor P. Pedro García Cmf



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mercoledì 15 aprile 2009

Y entre tanto que ellos hablaban estas cosas, él se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz á vosotros


Y entre tanto que ellos hablaban estas cosas, él se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz á vosotros



El Evangelio según Lucas

Capítulo: 22,1-24,53
1
Y ESTABA cerca el día de la fiesta de los ázimos, que se llama la Pascua.
2
Y los príncipes de los sacerdotes y los escribas buscaban cómo le matarían; mas tenían miedo del pueblo.
3
Y entró Satanás en Judas, por sobrenombre Iscariote, el cual era uno del número de los doce;
4
Y fué, y habló con los príncipes de los sacerdotes, y con los magistrados, de cómo se lo entregaría.
5
Los cuales se holgaron, y concertaron de darle dinero.
6
Y prometió, y buscaba oportunidad para entregarle á ellos sin bulla.
7
Y vino el día de los ázimos, en el cual era necesario matar la pascua.
8
Y envió á Pedro y á Juan, diciendo: Id, aparejadnos la pascua para que comamos.
9
Y ellos le dijeron: ¿Dónde quieres que aparejemos?
10
Y él les dijo: He aquí cuando entrareis en la ciudad, os encontrará un hombre que lleva un cántaro de agua: seguidle hasta la casa donde entrare,
11
Y decid al padre de la familia de la casa: El Maestro te dice: ¿Dónde está el aposento donde tengo de comer la pascua con mis discípulos?
12
Entonces él os mostrará un gran cenáculo aderezado; aparejad allí.
13
Fueron pues, y hallaron como les había dicho; y aparejaron la pascua.
14
Y como fué hora, sentóse á la mesa, y con él los apóstoles.
15
Y les dijo: En gran manera he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca;
16
Porque os digo que no comeré más de ella, hasta que se cumpla en el reino de Dios.
17
Y tomando el vaso, habiendo dado gracias, dijo: Tomad esto, y partidlo entre vosotros;
18
Porque os digo, que no beberé más del fruto de la vid, hasta que el reino de Dios venga.
19
Y tomando el pan, habiendo dado gracias, partió, y les dió, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado: haced esto en memoria de mí.
20
Asimismo también el vaso, después que hubo cenado, diciendo: Este vaso es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.
21
Con todo eso, he aquí la mano del que me entrega, conmigo en la mesa.
22
Y á la verdad el Hijo del hombre va, según lo que está determinado; empero ¡ay de aquél hombre por el cual es entregado!
23
Ellos entonces comenzaron á preguntar entre sí, cuál de ellos sería el que había de hacer esto.
24
Y hubo entre ellos una contienda, quién de ellos parecía ser el mayor.
25
Entonces él les dijo: Los reyes de las gentes se enseñorean de ellas; y los que sobre ellas tienen potestad, son llamados bienhechores:
26
Mas vosotros, no así: antes el que es mayor entre vosotros, sea como el más mozo; y el que es príncipe, como el que sirve.
27
Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta á la mesa, ó el que sirve? ¿No es el que se sienta á la mesa? Y yo soy entre vosotros como el que sirve.
28
Empero vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis tentaciones:
29
Yo pues os ordeno un reino, como mi Padre me lo ordenó á mí,
30
Para que comáis y bebáis en mi mesa en mi reino, y os sentéis sobre tronos juzgando á las doce tribus de Israel.
31
Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandaros como á trigo;
32
Mas yo he rogado por ti que tu fe no falte: y tú, una vez vuelto, confirma á tus hermanos.
33
Y él le dijo: Señor, pronto estoy á ir contigo aun á cárcel y á muerte.
34
Y él dijo: Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces.
35
Y á ellos dijo: Cuando os envié sin bolsa, y sin alforja, y sin zapatos, ¿os faltó algo? Y ellos dijeron: Nada.
36
Y les dijo: Pues ahora, el que tiene bolsa, tómela, y también la alforja, y el que no tiene, venda su capa y compre espada.
37
Porque os digo, que es necesario que se cumpla todavía en mí aquello que está escrito: Y con los malos fué contado: porque lo que está escrito de mí, cumplimiento tiene.
38
Entonces ellos dijeron: Señor, he aquí dos espadas. Y él les dijo: Basta.
39
Y saliendo, se fué, como solía, al monte de las Olivas; y sus discípulos también le siguieron.
40
Y como llegó á aquel lugar, les dijo: Orad que no entréis en tentación.
41
Y él se apartó de ellos como un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró,
42
Diciendo: Padre, si quieres, pasa este vaso de mí; empero no se haga mi voluntad, sino la tuya.
43
Y le apareció un ángel del cielo confortándole.
44
Y estando en agonía, oraba más intensamente: y fué su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.
45
Y como se levantó de la oración, y vino á sus discípulos, hallólos durmiendo de tristeza;
46
Y les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos, y orad que no entréis en tentación.
47
Estando él aún hablando, he aquí una turba; y el que se llamaba Judas, uno de los doce, iba delante de ellos; y llegóse á Jesús para besarlo.
48
Entonces Jesús le dijo: Judas, ¿con beso entregas al Hijo del hombre?
49
Y viendo los que estaban con él lo que había de ser, le dijeron: Señor, ¿heriremos á cuchillo?
50
Y uno de ellos hirió á un siervo del príncipe de los sacerdotes, y le quitó la oreja derecha.
51
Entonces respondiendo Jesús, dijo: Dejad hasta aquí. Y tocando su oreja, le sanó.
52
Y Jesús dijo á los que habían venido á él, los príncipes de los sacerdotes, y los magistrados del templo, y los ancianos: ¿Como á ladrón habéis salido con espadas y con palos?
53
Habiendo estado con vosotros cada día en el templo, no extendisteis las manos contra mí; mas ésta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas.
54
Y prendiéndole trajéronle, y metiéronle en casa del príncipe de los sacerdotes. Y Pedro le seguía de lejos.
55
Y habiendo encendido fuego en medio de la sala, y sentándose todos alrededor, se sentó también Pedro entre ellos.
56
Y como una criada le vió que estaba sentado al fuego, fijóse en él, y dijo: Y éste con él estaba.
57
Entonces él lo negó, diciendo: Mujer, no le conozco.
58
Y un poco después, viéndole otro, dijo: Y tú de ellos eras. Y Pedro dijo: Hombre, no soy.
59
Y como una hora pasada otro afirmaba, diciendo: Verdaderamente también éste estaba con él, porque es Galileo.
60
Y Pedro dijo: Hombre, no sé qué dices. Y luego, estando él aún hablando, el gallo cantó.
61
Entonces, vuelto el Señor, miró á Pedro: y Pedro se acordó de la palabra del Señor como le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces.
62
Y saliendo fuera Pedro, lloró amargamente.
63
Y los hombres que tenían á Jesús, se burlaban de él hiriéndole;
64
Y cubriéndole, herían su rostro, y preguntábanle, diciendo: Profetiza quién es el que te hirió.
65
Y decían otras muchas cosas injuriándole.
66
Y cuando fué de día, se juntaron los ancianos del pueblo, y los príncipes de los sacerdotes, y los escribas, y le trajeron á su concilio,
67
Diciendo: ¿Eres tú el Cristo? dínos lo. Y les dijo: Si os lo dijere, no creeréis;
68
Y también si os preguntare, no me responderéis, ni me soltaréis:
69
Mas después de ahora el Hijo del hombre se asentará á la diestra de la potencia de Dios.
70
Y dijeron todos: ¿Luego tú eres Hijo de Dios? Y él les dijo: Vosotros decís que yo soy.
71
Entonces ellos dijeron: ¿Qué más testimonio deseamos? porque nosotros lo hemos oído de su boca.




Capítulo 23
1
LEVANTANDOSE entonces toda la multitud de ellos, lleváronle á Pilato.
2
Y comenzaron á acusarle, diciendo: A éste hemos hallado que pervierte la nación, y que veda dar tributo á César, diciendo que él es el Cristo, el rey.
3
Entonces Pilato le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los Judíos? Y respondiéndo él, dijo: Tú lo dices.
4
Y Pilato dijo á los príncipes de los sacerdotes, y á las gentes: Ninguna culpa hallo en este hombre.
5
Mas ellos porfiaban, diciendo: Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí.
6
Entonces Pilato, oyendo de Galilea, preguntó si el hombre era Galileo.
7
Y como entendió que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió á Herodes, el cual también estaba en Jerusalem en aquellos días.
8
Y Herodes, viendo á Jesús, holgóse mucho, porque hacía mucho que deseaba verle; porque había oído de él muchas cosas, y tenía esperanza que le vería hacer alguna señal.
9
Y le preguntaba con muchas palabras; mas él nada le respondió:
10
Y estaban los príncipes de los sacerdotes y los escribas acusándole con gran porfía.
11
Mas Herodes con su corte le menospreció, y escarneció, vistiéndole de una ropa rica; y volvióle á enviar á Pilato.
12
Y fueron hechos amigos entre sí Pilato y Herodes en el mismo día; porque antes eran enemigos entre sí.
13
Entonces Pilato, convocando los príncipes de los sacerdotes, y los magistrados, y el pueblo,
14
Les dijo: Me habéis presentado á éste por hombre que desvía al pueblo: y he aquí, preguntando yo delante de vosotros, no he hallado culpa alguna en este hombre de aquéllas de que le acusáis.
15
Y ni aun Herodes; porque os remití á él, y he aquí, ninguna cosa digna de muerte ha hecho.
16
Le soltaré, pues, castigado.
17
Y tenía necesidad de soltarles uno en cada fiesta.
18
Mas toda la multitud dió voces á una, diciendo: Quita á éste, y suéltanos á Barrabás:
19
(El cual había sido echado en la cárcel por una sedición hecha en la ciudad, y una muerte.)
20
Y hablóles otra vez Pilato, queriendo soltar á Jesús.
21
Pero ellos volvieron á dar voces, diciendo: Crucifícale, crucifícale.
22
Y él les dijo la tercera vez: ¿Pues qué mal ha hecho éste? Ninguna culpa de muerte he hallado en él: le castigaré, pues, y le soltaré.
23
Mas ellos instaban á grandes voces, pidiendo que fuese crucificado. Y las voces de ellos y de los príncipes de los sacerdotes crecían.
24
Entonces Pilato juzgó que se hiciese lo que ellos pedían;
25
Y les soltó á aquél que había sido echado en la cárcel por sedición y una muerte, al cual habían pedido; y entregó á Jesús á la voluntad de ellos.
26
Y llevándole, tomaron á un Simón Cireneo, que venía del campo, y le pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús.
27
Y le seguía una grande multitud de pueblo, y de mujeres, las cuales le lloraban y lamentaban.
28
Mas Jesús, vuelto á ellas, les dice: Hijas de Jerusalem, no me lloréis á mí, mas llorad por vosotras mismas, y por vuestros hijos.
29
Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no engendraron, y los pechos que no criaron.
30
Entonces comenzarán á decir á los montes: Caed sobre nosotros: y á los collados: Cubridnos.
31
Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué se hará?
32
Y llevaban también con él otros dos, malhechores, á ser muertos.
33
Y como vinieron al lugar que se llama de la Calavera, le crucificaron allí, y á los malhechores, uno á la derecha, y otro á la izquierda.
34
Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y partiendo sus vestidos, echaron suertes.
35
Y el pueblo estaba mirando; y se burlaban de él los príncipes con ellos, diciendo: A otros hizo salvos: sálvese á sí, si éste es el Mesías, el escogido de Dios.
36
Escarnecían de él también los soldados, llegándose y presentándole vinagre,
37
Y diciendo: Si tú eres el Rey de los Judíos, sálvate á ti mismo.
38
Y había también sobre él un título escrito con letras griegas, y latinas, y hebraicas: ESTE ES EL REY DE LOS JUDIOS.
39
Y uno de los malhechores que estaban colgados, le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate á ti mismo y á nosotros.
40
Y respondiendo el otro, reprendióle, diciendo: ¿Ni aun tú temes á Dios, estando en la misma condenación?
41
Y nosotros, á la verdad, justamente padecemos; porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos: mas éste ningún mal hizo.
42
Y dijo á Jesús: Acuérdate de mí cuando vinieres á tu reino.
43
Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso.
44
Y cuando era como la hora de sexta, fueron hechas tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora de nona.
45
Y el sol se obscureció: y el velo del templo se rompió por medio.
46
Entonces Jesús, clamando á gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, espiró.
47
Y como el centurión vió lo que había acontecido, dió gloria á Dios, diciendo: Verdaderamente este hombre era justo.
48
Y toda la multitud de los que estaban presentes á este espectáculo, viendo lo que había acontecido, se volvían hiriendo sus pechos.
49
Mas todos sus conocidos, y las mujeres que le habían seguido desde Galilea, estaban lejos mirando estas cosas.
50
Y he aquí un varón llamado José, el cual era senador, varón bueno y justo,
51
(El cual no había consentido en el consejo ni en los hechos de ellos), de Arimatea, ciudad de la Judea, el cual también esperaba el reino de Dios;
52
Este llegó á Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús.
53
Y quitado, lo envolvió en una sábana, y le puso en un sepulcro abierto en una peña, en el cual ninguno había aún sido puesto.
54
Y era día de la víspera de la Pascua; y estaba para rayar el sábado.
55
Y las mujeres que con él habían venido de Galilea, siguieron también y vieron el sepulcro, y cómo fué puesto su cuerpo.
56
Y vueltas, aparejaron drogas aromáticas y ungüentos; y reposaron el sábado, conforme al mandamiento.




Capítulo 24
1
Y EL primer día de la semana, muy de mañana, vinieron al sepulcro, trayendo las drogas aromáticas que habían aparejado, y algunas otras mujeres con ellas.
2
Y hallaron la piedra revuelta del sepulcro.
3
Y entrando, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.
4
Y aconteció, que estando ellas espantadas de esto, he aquí se pararon junto á ellas dos varones con vestiduras resplandecientes;
5
Y como tuviesen ellas temor, y bajasen el rostro á tierra, les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?
6
No está aquí, mas ha resucitado: acordaos de lo que os habló, cuando aun estaba en Galilea,
7
Diciendo: Es menester que el Hijo del hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día.
8
Entonces ellas se acordaron de sus palabras,
9
Y volviendo del sepulcro, dieron nuevas de todas estas cosas á los once, y á todos los demás.
10
Y eran María Magdalena, y Juana, y María madre de Jacobo, y las demás con ellas, las que dijeron estas cosas á los apóstoles.
11
Mas á ellos les parecían como locura las palabras de ellas, y no las creyeron.
12
Pero levantándose Pedro, corrió al sepulcro: y como miró dentro, vió solos los lienzos echados; y se fué maravillándose de lo que había sucedido.
13
Y he aquí, dos de ellos iban el mismo día á una aldea que estaba de Jerusalem sesenta estadios, llamada Emmaús.
14
E iban hablando entre sí de todas aquellas cosas que habían acaecido.
15
Y aconteció que yendo hablando entre sí, y preguntándose el uno al otro, el mismo Jesús se llegó, é iba con ellos juntamente.
16
Mas los ojos de ellos estaban embargados, para que no le conociesen.
17
Y díjoles: ¿Qué pláticas son estas que tratáis entre vosotros andando, y estáis tristes?
18
Y respondiendo el uno, que se llamaba Cleofas, le dijo: ¿Tú sólo peregrino eres en Jerusalem, y no has sabido las cosas que en ella han acontecido estos días?
19
Entonces él les dijo: ¿Qué cosas? Y ellos le dijeron: De Jesús Nazareno, el cual fué varón profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo;
20
Y cómo le entregaron los príncipes de los sacerdotes y nuestros príncipes á condenación de muerte, y le crucificaron.
21
Mas nosotros esperábamos que él era el que había de redimir á Israel: y ahora sobre todo esto, hoy es el tercer día que esto ha acontecido.
22
Aunque también unas mujeres de los nuestros nos han espantado, las cuales antes del día fueron al sepulcro:
23
Y no hallando su cuerpo, vinieron diciendo que también habían visto visión de ángeles, los cuales dijeron que él vive.
24
Y fueron algunos de los nuestros al sepulcro, y hallaron así como las mujeres habían dicho; más á él no le vieron.
25
Entonces él les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!
26
¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?
27
Y comenzando desde Moisés, y de todos los profetas, declarábales en todas las Escrituras lo que de él decían.
28
Y llegaron á la aldea á donde iban: y él hizo como que iba más lejos.
29
Mas ellos le detuvieron por fuerza, diciendo: Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado. Entró pues á estarse con ellos.
30
Y aconteció, que estando sentado con ellos á la mesa, tomando el pan, bendijo, y partió, y dióles.
31
Entonces fueron abiertos los ojos de ellos, y le conocieron; mas él se desapareció de los ojos de ellos.
32
Y decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?
33
Y levantándose en la misma hora, tornáronse á Jerusalem, y hallaron á los once reunidos, y á los que estaban con ellos.
34
Que decían: Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido á Simón.
35
Entonces ellos contaban las cosas que les habían acontecido en el camino, y cómo había sido conocido de ellos al partir el pan.
36
Y entre tanto que ellos hablaban estas cosas, él se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz á vosotros.
37
Entonces ellos espantados y asombrados, pensaban que veían espíritu.
38
Mas él les dice: ¿Por qué estáis turbados, y suben pensamientos á vuestros corazones?
39
Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy: palpad, y ved; que el espíritu ni tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.
40
Y en diciendo esto, les mostró las manos y los pies.
41
Y no creyéndolo aún ellos de gozo, y maravillados, díjoles: ¿Tenéis aquí algo de comer?
42
Entonces ellos le presentaron parte de un pez asado, y un panal de miel.
43
Y él tomó, y comió delante de ellos.
44
Y él les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliesen todas las cosas que están escritas de mí en la ley de Moisés, y en los profetas, y en los salmos.
45
Entonces les abrió el sentido, para que entendiesen las Escrituras;
46
Y díjoles: Así está escrito, y así fué necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día;
47
Y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y la remisión de pecados en todas las naciones, comenzando de Jerusalem.
48
Y vosotros sois testigos de estas cosas.
49
Y he aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros: mas vosotros asentad en la ciudad de Jerusalem, hasta que seáis investidos de potencia de lo alto.
50
Y sacólos fuera hasta Bethania, y alzando sus manos, los bendijo.
51
Y aconteció que bendiciéndolos, se fué de ellos; y era llevado arriba al cielo.
52
Y ellos, después de haberle adorado, se volvieron á Jerusalem con gran gozo;
53
Y estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo á Dios. Amén.
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Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera todos los que vendían y compraban en el templo,


Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera todos los que vendían y compraban en el templo,




El Evangelio según San Mateo

Capítulo: 21, 1-17
1
Y COMO se acercaron á Jerusalem, y vinieron á Bethfagé, al monte de las Olivas, entonces Jesús envió dos discípulos,
2
Diciéndoles: Id á la aldea que está delante de vosotros, y luego hallaréis una asna atada, y un pollino con ella: desatad la, y traédme los.
3
Y si alguno os dijere algo, decid: El Señor los ha menester. Y luego los dejará.
4
Y todo esto fué hecho, para que se cumpliese lo que fué dicho por el profeta, que dijo:
5
Decid á la hija de Sión: He aquí, tu Rey viene á ti, Manso, y sentado sobre una asna, Y sobre un pollino, hijo de animal de yugo.
6
Y los discípulos fueron, é hicieron como Jesús les mandó;
7
Y trajeron el asna y el pollino, y pusieron sobre ellos sus mantos; y se sentó sobre ellos.
8
Y la compañía, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino: y otros cortaban ramos de los árboles, y los tendían por el camino.
9
Y las gentes que iban delante, y las que iban detrás, aclamaban diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!
10
Y entrando él en Jerusalem, toda la ciudad se alborotó, diciendo. ¿Quién es éste?
11
Y las gentes decían: Este es Jesús, el profeta, de Nazaret de Galilea.
12
Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera todos los que vendían y compraban en el templo, y trastornó las mesas de los cambiadores, y las sillas de los que vendían palomas;
13
Y les dice: Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros cueva de ladrones la habéis hecho.
14
Entonces vinieron á él ciegos y cojos en el templo, y los sanó.
15
Mas los príncipes de los sacerdotes y los escribas, viendo las maravillas que hacía, y á los muchachos aclamando en el templo y diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! se indignaron,
16
Y le dijeron: ¿Oyes lo que éstos dicen? Y Jesús les dice: Sí: ¿nunca leísteis: De la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza?
17
Y dejándolos, se salió fuera de la ciudad, á Bethania; y posó allí.
18
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